4 de Abril de 2025
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Colección: INTERAMER
Número: 22
Año: 1993
Autor: Adriana Rodríguez Pérsico
Título: Un Huracán Llamado Progreso: Utopía y Autobiografía en Sarmiento y Alberdi

INTRODUCCIÓN

“Me parece que lo que vemos aparecer en el texto de Kant es la cuestión del presente como evento filosófico al cual pertenece el filósofo que habla. Si se considera la filosofía como una práctica discursiva que tiene su propia historia, me parece que con el texto sobre la Aufklarung vemos a la filosofía (...) problematizando su propia contemporaneidad discursiva (...)”.

Este prólogo podría caber íntegro en el fragmento de Foucault. Lejos de la imagen segura de un sujeto todo pensamiento que reflexiona aislado del mundo, el sujeto que escribe involucra en la práctica discursiva su actualidad —su intimidad— más inmediata. Ese sujeto interesado y pasional apuesta a un trabajo minucioso capaz de atar los hilos que configuren entramados significantes mientras ejerce modos de acción posibles en la articulación que la literatura mantiene con la política.

Aunque las declaraciones de principios resulten a menudo sospechosas, creo que el presente impone temas y, más aún, se impone como tema. En este sentido mi reflexión conecta con un momento particular de la vida argentina. El reencuentro con la democracia reveló que la utopía de la libertad estaba al alcance de la mano. Cuando el sueño encarnó en la historia, la recuperación de la dignidad abrió una época de esperanzas angostadas luego por actos políticos —como las leyes de punto final, de obediencia debida y, posteriormente, los indultos— que legalizaron la impunidad y ratificaron la injusticia.

Casi de modo borgeano reconocimos en lo efímero nuestro destino sudamericano. En mi caso, volver al pasado y rastrear allí los proyectos de los antecesores significó acompañar una trayectoria intelectual que se inició con imágenes luminosas de la nación futura, para desembocar en el crispado escepticismo del discurso xenófobo cuando los sueños se concretaron en una realidad muy distante de la imaginada.

Utopía, identidad, nación, nacionalismos, modernización, son cuestiones del tiempo que nos ha tocado vivir. En América Latina, la historia de estos conceptos se remonta al siglo XIX, cuando las colonias, después de liberadas, necesitan darse una identidad, arraigar un sentimiento de pertenencia que las diferencie del poder central. La prioridad fue entonces, fundar la nación.

La élite intelectual del 37 apretó al país en la metáfora del desierto e intentó llenar ese espacio vacío con lenguaje. El imaginario geográfico —a la vez cultural, político e histórico—  adquirió la forma de un cuerpo original (pura tierra) sobre el que debían escribirse los signos de la cultura. Si los guerreros de la independencia habían forjado la patria con las armas, los jóvenes aspiraron a instaurar la república de las leyes y de las letras. En otras palabras, darle cultura a la naturaleza.

Como fundadores, Sarmiento y Alberdi nos legaron una herencia que consiste en dos lenguas: una literaria, la otra jurídica. Paradójicamente, esas lenguas acuñadas en el exilio han consolidado paradigmas interpretativos con los que las generaciones posteriores leyeron: la literatura, el derecho y hasta la vida cotidiana.

El exilio marca los modos de pensar el país y los modos de pensar la subjetividad, tanto en su interioridad como en la inserción en el grupo. El exiliado ocupa un lugar descentrado, marginal respecto del centro —una especie de zona sin límites claros— que como el utopos de la isla de Tomás Moro despliega sentidos contradictorios y complementarios. Ese espacio ubicado fuera de las fronteras de la patria es el elegido para moldear otros espacios que perfilan identidades personales y nacionales por medio de una operación de recorte que delinea los territorios de lo público y lo privado.

Argentinos en el exilio: un estereotipo que incluye algunos ingredientes en dosis precisas. Dos imágenes concurren para su construcción: al exiliado político se adhiere la figura del intelectual exiliado. Si desandamos el tiempo, la encontramos encarnada en cuerpos y nombres ilustres porque los proscritos de la generación romántica son también los padres de la patria, santificados por la historia oficial y la institución escolar.

Se dice que la condición del exilio destruye la conciencia temporal; que lejos de la escena de los acontecimientos, el presente permanece congelado, custodiado por un pasado que la memoria frecuenta porque conserva intactos los objetos y los rostros perdidos y un futuro que se entrevé dichoso, liberado de toda opresión. Sin embargo, las producciones de estos argentinos muestran que sólo más allá de las fronteras geográficas propias, la imaginación puede configurar los espacios internos. En otras palabras, la exterioridad es condición para construir una interioridad, sea ésta física, política, social, individual o colectiva. En ese espacio exterior y periférico, la práctica literaria se hace cargo de llenar los vacíos, constituyendo identidades y lugares donde asentarlas. Así, la escritura se convierte en máquina de producción de sentidos que densifican los espacios: son los sentidos de la nacionalidad y de la nación.

Los intelectuales cultivan líneas utópicas. Poderoso antídoto contra el desamparo del exilio, este tipo de pensamiento se define como forma privilegiada de conciencia colectiva al tiempo que ofrece una manera particular de supervivencia en el momento en que el sujeto está privado de casi todo: suelo, historia y, muchas veces, despojado hasta de su lengua. Realidad política, esperanzas colectivas y memorias individuales son los materiales que se entrelazan para originar las matrices de las prácticas discursivas.

La vinculación estrecha entre las esferas privada y pública, entre la política y la estética, determina el cultivo de géneros como las utopías y los relatos de vida, géneros que por marcas internas, por contextos determinados o por convenciones sociales y artísticas, imponen protocolos especiales de lectura en la medida en que no se leen como ficción pura, sino en un vaivén entre el texto y lo extratextual. Así, el uso de estos géneros limítrofes posibilita la construcción discursiva de sistemas alternativos que atenten contra el sistema central.

En Sarmiento y Alberdi, la razón legítima al mismo tiempo los proyectos de estado y los modelos de hombres. Las identidades personales se constituyen en un entramado de posiciones que enfrentan espacios propios y ajenos. Cada elemento para plasmar, necesita de la presencia del contrario; si el enemigo político representado en la literatura como un otro impone los rasgos y los límites de la identidad del patriota, de modo paralelo el sujeto de la enunciación traza perfiles estereotípicos para capturar esa identidad otra. Los espacios consagrados del yo y de los miembros de la élite pensante comparten las fronteras con los recintos malditos del otro. En las autobiografías, los letrados insisten en un modelo único, en la vida ejemplar del patriota, que destaca en drásticos contrastes la figura del traidor.

Pero las relaciones conflictivas que circulan en los textos moldeando subjetividades no permanecen en lo discursivo; se dan también en las existencias individuales: la tensión entre el lugar imaginario y el lugar real de cada escritor determina posiciones de locución y modos discursivos. Alberdi se coloca como ideólogo más allá y más arriba de las coyunturas, tanto en los momentos de persecución como en el instante en que opta por la exclusión. El espacio en que se inscriben los sentidos de la identidad subjetiva corresponde, entonces, al ámbito abstracto de la filosofía. Y porque se consideraba un filósofo, buceó en las preguntas de su época acerca del origen y fundamento de las leyes, e indagó las relaciones entre razón, bien y verdad. Estos conceptos están en la base de la escritura; el espacio colectivo diseñado por los textos diagraman el espacio universal de la ley.

La posición de Sarmiento es más cambiante. Porque el imaginario individual recala en la figura del líder político, el sujeto se coloca en el centro de la contienda y da batalla. La suerte le deparó todos los lugares posibles, desde la falta de reconocimiento hasta el ejercicio de los máximos cargos públicos. Sarmiento distinguía la literatura de la pedagogía; amaba apasionadamente el oficio de escribir al igual que las luchas políticas; y como la literatura y la vida constituían un único frente, el discurso revela a cada paso las coyunturas históricas y las circunstancias biográficas.

Orientada por una función pragmática, la prosa encarna las ideas en cuerpos y representa los conceptos en microrrelatos. Los sentidos de los espacios textuales se definen en torno al uso puntual que se hace de ellos; Sarmiento prefiere los espacios limítrofes entre los que el cuerpo adquiere relieve particular al constituirse en espacio pleno donde convergen la pasión, el coraje y la ley gaucha.

Para resumir, los espacios colectivos imaginados por los discursos utópicos se acoplan como dos caras de una moneda. Si Alberdi escribe la ley para la nación, Sarmiento condensa el futuro comunitario en el principio de la educación. Los letrados comparten el imaginario del patriota que sostiene los espacios individuales creados en los relatos de vida. Cabe agregar que, en el género de la biografía, Sarmiento diseña la subjetividad rechazada, es decir, la identidad gaucha que debe excluirse del proyecto nacional.

Podría concluirse que la primera condición para producir un contrasistema discursivo que enfrente al sistema político existente está unida a las circunstancias biográficas. Y que la segunda condición consiste en un tipo de práctica específica que, mediante ciertas representaciones, se revela capaz de fundar las bases para el consenso, al tiempo que desenvuelve un conjunto de estrategias textuales que trabajan por la subordinación de un grupo con poder político real. De este modo, el imaginario utópico y el imaginario subjetivo logran internalizar modelos de país y modelos de hombres cuando realizan el encuentro entre lo íntimo y lo público y traman armonías entre el sujeto y la comunidad.

En la década del 60, en una conversación con Adorno, Bloch redefine el concepto de utopía; sostiene que los contenidos son históricos y, por consiguiente, niega la existencia de una idea clave que sintetice el espíritu utópico. Propone en su lugar un entramado de categorías insertas en un contexto preciso. Es también Bloch quien otorga al arte una función utópica al describirlo como un espacio donde la sociedad elabora sus problemáticas, localiza sus sueños y concreta planes futuros. El arte toma a cargo esta función en tanto plasma imágenes que arrojan luz sobre las posibilidades de reorganizar las relaciones sociales y políticas.

Entonces, si la utopía nace de la historia, puede pensarse que la literatura corrige la historia, o simplemente la reescribe. Quizás las discusiones recurrentes en torno al apogeo o la decadencia de las utopías puedan conectarse con esta función primera que coincide con la que señala Foucault para la filosofía: la crítica del presente. Y aquí concurre también la literatura.