4 de Abril de 2025
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Colección: INTERAMER
Número: 36
Autor: David Lagmanovich
Título: Oficio Crítico: Notas de Introducción a la Literatura Hispanoamericana

APÉNDICE

GUÍA DE LECTURAS

Agrego al texto precedente esta «Guía de lecturas», que —de acuerdo con criterios ya expuestos— quisiera hacer todo lo concisa y todo lo clara que me sea posible. Teniendo eso en cuenta, no he adoptado las convenciones de la bibliotecología y de la bibliografía. Antes que formular «asientos bibliográficos», hablo de ciertos autores y ciertos títulos; sólo cuando parece indispensable agrego una mención del lugar de edición, y aun más raramente, una fecha. Como en el resto del libro, me interesa más preservar el tono de la conversación que imitar el rigor académico. Por otra parte, muchas veces la multiplicidad de ediciones aconseja no ser prolijo.

Como se verá, se trata de dos series de referencias. La primera sección, «Textos», pretende señalar un cierto número de autores y obras de Hispanoamérica que una persona razonablemente culta pudiera, también razonablemente, aspirar a leer a fin de adquirir un conocimiento básico en ese campo. La segunda, «Historia y crítica», aspira a dar, en porciones manejables, algo de lo que su título indica; no registra bibliografías (ni bibliografías de bibliografías, que también las hay) y por motivos de espacio excluye también estudios sobre autores individuales; esto último, con pesar, pues los hay positivamente brillantes.

En suma, ambas listas quisieran representar algo así como lo que se sabe antes de concurrir a la biblioteca o de abrir la compilación bibliográfica. Eso sí: representan también el punto de vista de una persona que tiene sus preferencias personales y en manera alguna desea renunciar a ellas. No las propongo, pues, como modelo de bibliografía, sino como testimonios de una posición personal.

I. Textos

1) Las obras iniciales. Hay literatura hispanoamericana desde los primeros momentos en que los conquistadores españoles, al penetrar en un mundo totalmente desconocido, comenzaron a dejar testimonios escritos de sus experiencias en el Nuevo Mundo. Las «crónicas de Indias», las «relaciones» y los relatos de viajes son las formas de esta literatura. De la misma, merecen leerse ante todo las Cartas de relación que Hernán Cortés envió a su soberano, el emperador Carlos V; la segunda de ellas presenta una vívida descripción de lo que fue Tenochtitlán, la ciudad capital de los aztecas, emplazada en el sitio que hoy ocupa la ciudad de México. También relata la conquista de México, pero desde el punto de vista del soldado común, la vivaz obra de Bernal Díaz del Castillo, Historia verdadera de la conquista de la Nueva España. Una fuerte defensa de los indios es la de Fray Bartolomé de las Casas en su Brevísima relación de la destrucción de las Indias; al paso que Alvar Núñez Cabeza de Vaca, en sus Naufragios (título asignado por la posteridad) cuenta otras aventuras indianas: el naufragio, el extravío, la prisión a manos de los indios, la miseria de una América real muy distinta de la imaginada por muchos europeos. En el otro extremo del continente, la conquista de Chile y la resistencia de sus bravíos habitantes indígenas queda plasmada en La Araucana, de Alonso de Ercilla, cuyo defecto mayor para el lector moderno es su adhesión a las fórmulas de la poesía épica renacentista (pero hay que advertir que no todos los textos narrativos se vierten en prosa). Por último, cuando la conquista del Perú ya se ha consumado, el hijo de un capitán español y una india de la casa antes reinante, Garcilaso de la Vega, llamado el Inca, reconstruye en los Comentarios reales de los Incas la historia y aun la vida cotidiana de los antiguos habitantes de esa tierra, con disciplina de historiador moderno y elegancia de escritor.

2) El barroco. Si el siglo XVI hispanoamericano es el de las crónicas de Indias, el XVII es el del barroco. La figura mayor de este momento es la monja mexicana Sor Juana Inés de la Cruz. Del primer volumen de sus poesías, publicadas después de su muerte, hay edición moderna, bajo el título muy de época de Inundación castálida; pero todo lo que se lea de ella —su prosa elegante y atrevida, su teatro profano y sagrado, otras poesías— será tiempo bien empleado. Junto a Sor Juana, su coetáneo y amigo, Carlos de Sigüenza y Góngora, prototipo —como lo vio Irving A. Leonard— del «savant» barroco en el México virreinal: sus Infortunios de Alonso Ramírez, presuntamente una crónica escrita por encargo, son una breve e interesante novela de aventuras por los mares del mundo (el protagonista es un mozo puertorriqueño que cae en poder de piratas ingleses). Sigüenza escribió también poemas en los que emula a su lejano pariente, Don Luis de Góngora, y textos históricos de interés. Además de Luis de Tejeda, de la Córdoba argentina, cuyo poema autobiográfico El peregrino en Babilonia merece ser nuevamente estudiado, quisiera mencionar a un poeta que muestra la otra cara del barroco, la propensión satírica: me refiero al peruano Juan del Valle y Caviedes, de quien quedó inédito su libro Diente del Parnaso, que constituye una parte importante de sus poesías completas, con las que hoy contamos en adecuada edición.

3) La Ilustración y la Independencia. Por una parte, lo más rescatable de la literatura del siglo XVIII hispanoamericano parecen ser algunos libros de viajes que, en una época nuevamente abierta a la investigación científica, proponen una suerte de redescubrimiento o nueva descripción de las tierras de Indias; interesante, en ese sentido, es el Lazarillo de ciegos caminantes, de Alonso Carrió de la Vandera, antes publicado a veces bajo la presunta autoría de «Concolorcorvo». Por la otra, durante la segunda mitad del siglo XVIII, así como en las primeras décadas del XIX, hay una poesía lírica que sigue los principios neoclásicos. Citemos en primer lugar, en modalidades que van desde lo religioso hasta lo sentimental, la poesía del mexicano Fray José Manuel Martínez de Navarrete (sus Poesías profanas, las más interesantes, fueron publicadas por Francisco Monterde en 1937). Pero luego vienen los poetas neoclásicos cuya obra se relaciona con el momento de las luchas por la independencia americana: el cubano José María de Heredia («En el teocalli de Cholula», «Al Niágara»); el ecuatoriano José Joaquín de Olmedo («La victoria de Junín»); el venezolano Andrés Bello («Alocución a la poesía», «Oda a la agricultura de la zona tórrida»); y el argentino Juan Cruz Varela.

Antes de dejar este período, conviene marcar la aparición de nuevos géneros. Uno es la novela (algo de novela había habido durante la época colonial, pero sin llegar a formar un conjunto homogéneo): el mexicano José Joaquín Fernández de Lizardi publica El periquillo sarniento, por muchos considerada como la primera novela hispanoamericana moderna, en 1816. El otro género que se abre por los mismos años es el del ensayo: considero en esta categoría los escritos del eminente patriota americano Simón Bolívar, cuya «Carta de Jamaica», extraordinaria toma de posición sobre los problemas de una América Hispánica que aún no ha terminado de independizarse, es de 1815.

4) Las letras románticas. Aunque, en Europa, el liberalismo político y el romanticismo artístico son fenómenos simultáneos y hasta relacionados, tal no es la situación en la América Latina, donde el romanticismo llega con cierto retraso. Hay que esperar hasta la década de 1830 para leer textos en los que, con logros literarios de importancia o no, se advierte la presencia operativa de principios románticos; luego, la estética de esta poderosa escuela va a ocupar, de una manera u otra, la mayor parte de lo que resta del siglo.

El grupo de escritores que muestra mayor cohesión, en ese momento de afloración romántica, es el argentino, sobre todo por la presencia de un importante líder generacional. Me refiero a Esteban Echeverría, cuyas Rimas, 1837 (dentro de las cuales figura el famoso poema narrativo y descriptivo «La cautiva») son plenamente románticas; y que también nos da, en su relato «El matadero», un ejemplo vívido de romanticismo costumbrista y de crítica social. En el mismo grupo argentino figuran: José Mármol, con sus byronianos Cantos del peregrino, pero también con su novela política Amalia; Juan María Gutiérrez, poeta, ensayista, erudito, y uno de los fundadores de la crítica literaria argentina; Juan Bautista Alberdi, primero costumbrista a la manera de Larra, luego ensayista político. Y la figura mayor: Domingo Faustino Sarmiento, cuyo Facundo (libro también llamado, programáticamente, Civilización y barbarie), de 1845, inaugura el ensayo «de interpretación nacional», además de presentar elementos históricos, sociológicos y aun novelescos de mucho interés.

Otros escritores románticos importantes, de otras regiones de América: el colombiano Jorge Isaacs, autor de la prototípica novela romántica sentimental, María, de 1867; el dominicano Manuel de Jesús Galván, autor de la novela histórica —modalidad indianista— Enriquillo; el cubano Cirilo Villaverde, cuya novela Cecilia Valdés es un cautivador cuadro de época; y también Ignacio Manuel Altamirano, quien fija la imagen de un México de bandidos y amores igualmente románticos en El Zarco (1901).

Es también dentro de un marco general influido por las ideas románticas donde debemos estudiar la aparición de la llamada literatura gauchesca, cuyos nombres principales son los de Bartolomé Hidalgo, Hilario Ascasubi, Estanislao del Campo y, sobre todo, José Hernández: de este último, el poema narrativo Martín Fierro (publicado originalmente en dos partes, El gaucho Martín Fierro en 1872 y La vuelta de Martín Fierro en 1879) es unánimemente considerado la culminación del género.

En gran parte de la producción narrativa mencionada —como es natural, tratándose del siglo XIX— tiene importante papel la historia. Hay novelas históricas que siguen al pie de la letra las fórmulas europeas, desde Walter Scott hasta Alexandre Dumas: una de las más literales en el manejo de esos códigos es La novia del hereje, o La inquisición en Lima, escrita en Chile por el argentino Vicente Fidel López, compañero de exilio de Sarmiento. En el tránsito del romanticismo al realismo, aparece (en 1862) la interesante novela Martín Rivas, del chileno Alberto Blest Gana; y más adelante otros relatos —mitad reales, mitad imaginados— tales como los de los argentinos Lucio Vicente López, La gran aldea, y Lucio Victorio Mansilla, Una excursión a los indios ranqueles. Pero hay, sobre todo, un gran escritor hispanoamericano cuyos textos surgen casi invariablemente de fuentes históricas, cubriendo desde la época prehispánica hasta el siglo XIX mismo: es el peruano Ricardo Palma, quien en sus varias series de Tradiciones peruanas crea un modelo de texto narrativo destinado a tener enorme influencia, que hoy se puede seguir leyendo con similar placer que en el momento de su aparición.

5) El Modernismo. La renovación de la literatura del continente en habla española, que se realiza a partir de la década de 1880, tiene un nombre que —por su relativismo— fue significativo en su momento, pero hoy se presta a confusiones: Modernismo. Contra lo que todavía afirman algunos manuales, no se restringió a la expresión en verso, sino que abarcó prosa y verso por igual. El cubano José Martí (de quien basta leer textos tales como «Nuestra América», «Julián del Casal» o «El terremoto de Charleston» para advertir en qué medida es responsable por una profunda renovación de la prosa) es también un excelente poeta modernista, atento a los menores matices del ritmo y el color, en la engañosa sencillez de sus Versos sencillos (1891). Similarmente, en el mexicano Manuel Gutiérrez Nájera, el colombiano José Asunción Silva, el peruano Manuel González Prada, el boliviano Ricardo Jaimes Freyre y el argentino Leopoldo Lugones —y hasta en el hoy relativamente olvidado Amado Nervo, de México— vemos pareja dedicación al verso y la prosa, trabajados con paciencia de artífice y dedos de músico. Pero indudablemente la gran figura, capaz por sí sola de inaugurar y mantener la modernidad, es la del nicaragüense Rubén Darío (1867-1916): aspectos parciales de su dicción han sufrido el paso del tiempo, pero en conjunto su obra admirable es un verdadero monumento de la literatura en lengua española, que ejerció importante influencia a ambos lados del Atlántico. Cualquier libro de poemas suyo mostrará la riqueza de significados que anida en su obra; pero cualquiera que sea el que se aborde (Cantos de vida y esperanza, de 1905, es quizá el más profundo) no hay que dejar de leer sus cuentos, en donde está —como también en muchas de sus crónicas periodísticas— lo mejor de su prosa.

Los períodos históricos a veces no son sucesivos, sino que en parte se superponen; anotemos, pues, que antes de que el modernismo termine su vigencia hay otras direcciones literarias dignas de mención. Por una parte, existe un relativo auge de la novela naturalista en Hispanoamérica, en donde Santa (1903), del mexicano Federico Gamboa, aparece como la obra más representativa. Por otra, hay una discreta producción de obras teatrales, por lo general de matriz realista y en consecuencia ajenas al Modernismo, que se manifiesta en casos tales como el uruguayo Florencio Sánchez (M’hijo el dotor, La gringa, Barranca abajo) y el argentino Gregorio de Laferrere (Locos de verano).

6) La poesía después del Modernismo. Al parecer, la propia estética del Modernismo llevaba dentro de sí los gérmenes de una renovación total de la expresión poética, que es la que se produce con los movimientos de vanguardia. Antes de que éstos se impongan, sin embargo, hay actitudes poéticas que conocen cierto auge: por ejemplo, el sencillismo o coloquialismo de un Baldomero Fernández Moreno, de la Argentina, o de un Luis Carlos López, de Colombia. También es interesante la aparición casi simultánea de numerosas mujeres poetas, las más importantes de las cuales son las uruguayas María Eugenia Vaz Ferreira y Juana de Ibarbourou, la argentina Alfonsina Storni, y la chilena Gabriela Mistral, quien obtiene el primer Premio Nobel de Literatura otorgado a un creador literario de Hispanoamérica.

Pero la verdadera revolución poética —con consecuencias también en la prosa de la época, así como en la poesía y la prosa que se escriben hasta nuestros días— es la que protagonizan ciertos poetas que, influidos por algunos de los ismos surgidos en Europa hacia el final de la Primera Guerra Mundial, encuentran su manera especial de ser, al propio tiempo, notablemente innovadores y profundamente latinoamericanos. Sería imposible citarlos a todos. Los mayores,en mi opinión, son los chilenos Vicente Huidobro (Altazor, 1931) y Pablo Neruda (Residencia en la tierra, 1935); el peruano César Vallejo (Trilce, 1922); los argentinos Jorge Luis Borges (Fervor de Buenos Aires, 1923) y Oliverio Girondo (Veinte poemas para ser leídos en el tranvía, 1925); y los mexicanos Salvador Novo (XX poemas, 1925) y Xavier Villaurrutia (Nostalgia de la muerte, 1938). Una especial versión de esta nueva poesía la dan, en las Antillas, poetas que intentan reflejar la problemática del colonialismo y la tradición cultural africana: la figura mayor de esta tendencia es sin duda el cubano Nicolás Guillén (Sóngoro cosongo, 1931).

7) Otras formas de la novela. También posteriores al Modernismo son algunas formas novelísticas hispanoamericanas que muestran la persistencia de módulos expresivos de raíz realista, tal cual vez con algún influjo del naturalismo. Cronológicamente, la primera de esas formas es la llamada «novela de la Revolución Mexicana»: un ciclo novelístico que se inicia en 1916, con Los de abajo de Mariano Azuela, imagen definitiva de ese momento político. Luego sigue una larga serie de obras derivadas de la misma vertiente, entre las cuales ocupan un lugar digno las de Martín Luis Guzmán (El águila y la serpiente, 1928).

Pero el impulso regionalista y costumbrista, decidido a representar literariamente franjas relativamente autónomas de la realidad latinoamericana, no se agota con lo dicho. Un importante rebrote es el que se manifiesta añadiendo a la fórmula costumbrista básica un importante componente de opinión política y social, muchas veces de raíz reformista liberal. Se ha llamado a las obras narrativas de esta tendencia «novelas de la tierra»; y aunque ahora, sobre el filo del nuevo siglo, no gocen mayormente del favor (o del capricho) de los críticos, no se debe disminuir su importancia. Las más características novelas de este tipo son la del colombiano José Eustacio Rivera, La vorágine (1924), y varias del venezolano Rómulo Gallegos, comenzando por Doña Bárbara (1929); aunque la falta de intención social la aparta de ellas, en otros aspectos se advierte una visión semejante en la obra más conocida del argentino Ricardo Güiraldes, Don Segundo Sombra (1926).

Al lado o junto con las «novelas de la tierra» se va produciendo, especialmente en los países del Pacífico, otro tipo de novela que es también de raíz realista. En ella constituye una preocupación fundamental el problema social de los indígenas, para el que se proponen cambios a veces revolucionarios y no meramente reformistas. Se llama «indigenismo» esta corriente, para diferenciarla del idealizado «indianismo» romántico. Citemos al ecuatoriano Jorge Icaza (Huasipungo), el peruano Ciro Alegría (El mundo es ancho y ajeno) y, sin ignorar las diferencias —en profundidad y estilo— con los anteriores, al peruano José María Arguedas (Los ríos profundos).

Vale la pena añadir, antes de pasar a otro punto, que junto a todas estas novelas «de la tierra» se va desarrollando también una narrativa «de la ciudad», explicable en virtud del acelerado proceso de urbanización que caracteriza a la América Latina del siglo XX: obras así ambientadas, aunque de disímiles características, son las del chileno Manuel Rojas (Hijo de ladrón, 1951) y las del argentino Eduardo Mallea (La bahía del silencio, 1940; Los enemigos del alma, 1948).

8) Literatura fantástica, «realismo mágico», «nueva narrativa». Además de ciertas valiosas experiencias poéticas (como en los casos de César Vallejo, Pablo Neruda y Octavio Paz), los textos hispanoamericanos que más se han proyectado a la celebridad mundial constituyen un compacto grupo de obras narrativas en prosa. En primer término figuran las que pueden incluirse en la denominación de «literatura fantástica». Es frecuente que sus autores cultiven el relato breve. El maestro indiscutido de esta concepción literaria —y también, según los escritores mismos, el ejemplo más brillante de manejo de una prosa española «moderna»— es el argentino Jorge Luis Borges (1899-1896): su colección de relatos de 1944, Ficciones, contiene un conjunto de piezas magistrales y, hoy, ampliamente conocidas tanto en español como en otras lenguas. En una atmósfera bastante cercana a la de Borges se sitúan las narraciones del uruguayo Felisberto Hernández (1902-64) y del argentino Adolfo Bioy Casares (n. en 1914). Otro gran escritor argentino dentro de esta tendencia —aunque es fácil marcar sus diferencias con Borges— fue Julio Cortázar (1914-84): cualquiera de sus colecciones de cuentos (como Final del juego, 1964) puede tomarse como ejemplo.

La crítica aplicó, a otro grupo de escritores (a veces con inclusión de los anteriormente citados), la imprecisa denominación de «realismo mágico»; sus novelas transmiten una visión de Hispanoamérica que va más allá de la descripción física y sociológica, para reflejar en cambio realidades profundas, muchas veces sin posible explicación racional (por lo cual diferenciar entre «literatura fantástica» y «realismo mágico» parece un problema casi insoluble). En frase del escritor cubano Alejo Carpentier, son novelas de «lo real maravilloso americano»; y el propio Carpentier (Los pasos perdidos, Concierto barroco), así como el guatemalteco Miguel Angel Asturias (Hombres de maíz), y quizá también el mexicano Juan Rulfo (Pedro Páramo), pueden representar muy bien esta tendencia, si es que se acepta el concepto definidor. En todo caso, hemos nombrado a tres creadores de excepcional calidad. Son también extraordinarios escritores aquellos que, con sus obras de ficción, ocupan el espacio que la crítica ha llamado «nueva novela hispanoamericana», y que enumeramos consignando su nacionalidad y el título de sólo una obra representativa en cada caso: el ya mencionado Julio Cortázar, Argentina (Rayuela); Gabriel García Márquez, Colombia (Cien años de soledad); Carlos Fuentes, México (La muerte de Artemio Cruz); Mario Vargas Llosa, Perú (La casa verde); José Donoso, Chile (El obsceno pájaro de la noche). ¿Entrarán también aquí Juan Carlos Onetti, Uruguay (La vida breve); Ernesto Sábato, Argentina (Sobre héroes y tumbas); José Lezama Lima, Cuba (Paradiso); Augusto Roa Bastos, Paraguay (Yo, el Supremo), y, entre los que siguieron poco después, Manuel Puig, Argentina (El beso de la Mujer Araña)? Puede ser, pero en todo caso no importa demasiado. Ciertas denominaciones críticas llevan ínsito una suerte de mecanismo de autonegación: el Modernismo hace mucho que ya no es lo «moderno», la «nueva narrativa» ha dejado de ser «nueva» desde hace un par de décadas, y así por el estilo. En todo caso, repito lo dicho más arriba: se trata de brillantes escritores, y quien no los lea no ha descubierto aún en qué consiste la más valiosa narrativa hispanoamericana del siglo XX.

9) Algunos nombres actuales. No es fácil determinar dónde concluye una lista como ésta. Pero como hay que concluir, permítaseme que consigne algunos nombres más. Una gran figura de la literatura hispanoamericana contemporánea —poesía y ensayo— es el mexicano Octavio Paz. Unos cuantos poetas: de México, José Emilio Pacheco; de Nicaragua, Ernesto Cardenal, Pablo Antonio Cuadra; de Cuba, Cintio Vitier, Roberto Fernández Retamar; de Colombia, Alvaro Mutis; del Perú, Carlos Germán Belli; de Chile, Nicanor Parra, Gonzalo Rojas, Enrique Lihn; de la Argentina, Alejandra Pizarnik, Alberto Girri, Juan Gelman. Y, para terminar, tres ensayistas que reflexionan, desde distintos ángulos ideológicos, sobre el significado y el destino de América Latina: el cubano Roberto Fernández Retamar (Calibán), el venezolano Carlos Rangel (Del buen salvaje al buen revolucionario) y el uruguayo Eduardo Galeano (Las venas abiertas de América Latina).

La nómina debe finalizar aquí, y lo ideal sería que fuera sustituida por otras nóminas, que cada lector hará y deshará según sus intereses, para que los textos elegidos le acompañen a lo largo de los años.

II. Historia y crítica

La cuestión de los textos —su pureza, su confiabilidad, la necesaria anotación en ciertos casos— es tan importante en el caso de la literatura hispanoamericana como en cualquier otro capítulo de los estudios literarios. Durante muchos años la mala calidad de las ediciones asequibles creó numerosos problemas a los investigadores. En la actualidad contamos con dos colecciones de textos hispanoamericanos de alta calidad: la Biblioteca Ayacucho, de Caracas, y la colección Archivos, que surge en relación con la UNESCO y que ahora cuenta con el soporte editorial del Fondo de Cultura Económica, de México. También son confiables las ediciones que llevan el sello de las editoriales españolas Castalia y Cátedra.

La mejor obra de conjunto sobre la problemática de la literatura latinoamericana (con inclusión del Brasil) es el volumen coordinado por César Fernández Moreno, y escrito en capítulos individuales por más de veinte especialistas, América Latina en su literatura; fue un proyecto de la UNESCO, publicado en forma conjunta por esta entidad y la editorial Siglo XXI, de México, en 1972. De especial interés son las secciones o grupos de capítulos «La ruptura de la tradición» (Emir Rodríguez Monegal, Severo Sarduy, Ramón Xirau, Jorge Enrique Adoum) y «La literatura como experimentación» (Noé Jitrik, Fernando Alegría, Guillermo Sucre).

En materia de historias generales de la literatura hispanoamericana el panorama no se presenta tan homogéneo. Citaré tres o cuatro títulos básicos. Una obra clásica, y hasta hoy la mejor exposición en un volumen del desarrollo de esta literatura, es el libro de Pedro Henríquez Ureña, Las corrientes literarias en la América Hispánica (de publicación póstuma, México, 1949); claro está que su último capítulo sólo llega hasta alrededor de 1940, pero de todos modos las perspectivas abiertas por el gran crítico dominicano siguen siendo dignas de atención. Una segunda historia general, en forma comprimida pero llena de datos, es la de Enrique Anderson Imbert, Historia de la literatura hispanoamericana (varias ediciones, con sucesivas actualizaciones, a partir de 1954). Y una tercera, en dimensiones bastante mayores, es la de Luis Alberto Sánchez, Historia comparada de las literaturas americanas, 4 volúmenes (Buenos Aires, 1973-76). Un enfoque distinto, basado estrictamente en criterios generacionales, es el que intenta José Juan Arrom, Esquema generacional de las letras hispanoamericanas: ensayo de un método (Bogotá, 2a ed., 1977).

Otras historias literarias se construyen sobre la base de colaboraciones individuales, dentro de un plan general. Dos de ellas me parecen merecer especial mención, por los criterios organizativos del compilador y la calidad de los colaboradores. La primera es la dirigida por Luis Iñigo Madrigal, Historia de la literatura hispanoamericana (Madrid: Cátedra), de la cual han aparecido dos volúmenes, el primero sobre la «Epoca colonial» (1982) y el segundo titulado «Del neoclasicismo al modernismo» (1987). La segunda, que selecciona para cada tema lo más pertinente de trabajos críticos anteriormente publicados, fue dirigida por Cedomil Goic y se titula Historia y crítica de la literatura hispanoamericana (Barcelona: Editorial Crítica). Sus tres volúmenes (de los cuales el primero y el tercero aparecieron en 1988, y el segundo en 1991) se titulan «Epoca colonial», «Del romanticismo al modernismo», y «Epoca contemporánea».

Una segunda posibilidad consiste en estudiar, en libros individuales, períodos, épocas o movimientos literarios. Llamamos la atención sobre los siguientes títulos: Mario Hernández Sánchez-Barba, Historia y literatura en Hispanoamérica (1492-1820); Emilio Carilla, El romanticismo en la América Hispánica; Max Henríquez Ureña, Breve historia del modernismo; y los varios trabajos sobre las vanguardias debidos a Merlin H. Forster, Nelson Osorio, Hugo J. Verani, Saúl Yurkievich, así como la compilación de Oscar Collazos, Los vanguardismos en América Latina (Barcelona: Península, 1977).

Por último, también se ha intentado el estudio de esta literatura por géneros literarios separados. Así, contamos con dos libros titulados de la misma manera, Historia de la novela hispanoamericana, debidos el uno a Cedomil Goic (1972) y el otro a Fernando Alegría (1974). Similarmente, Luis Leal ha estudiado el cuento hispanoamericano (y también hay que recordar aquí la muy útil compilación dirigida por Enrique Pupo-Walker, El cuento hispanoamericano ante la crítica); Robert Mead Jr. y Peter Earle, el ensayo; José Juan Arrom, el teatro colonial, y Frank Dauster, el de la época independiente; Carlos Solórzano, el teatro latinoamericano del siglo XX, etc. Al establecer como objeto de estudio estas series de textos del mismo tipo, hay algo que se gana (nitidez, por ejemplo) y algo que se pierde: sobre todo, la perspectiva de la forma en que, en el mundo de la literatura, todos los fenómenos están correlacionados. Un profesional (y no es el caso de los autores citados) que sólo conociera un género literario, aunque fuera tan importante como la novela, estaría muy lejos de conocer «la literatura hispanoamericana» en la increíble extensión de su riqueza y variedad.

En última instancia, la cuestión de la crítica tiene que ver con la confianza que inspiren ciertos nombres de primera línea. Cuando se penetra en el laberinto de los textos históricos y críticos publicados, el lector puede apoyarse en algunos nombres que son verdaderos faros capaces de guiar las más arriesgadas aproximaciones a la tierra literaria: por ejemplo, Alfonso Reyes, el ya citado Pedro Henríquez Ureña, Amado Alonso en la parte relativamente menor de su obra consagrada a tópicos hispanoamericanos, Ana María Barrenechea, Emilio Carilla, Angel Rama, Octavio Paz... La que precede es la más imperfecta y menos completa de las listas, pero quiere señalar una cosa que pocas veces se dice: que, así como el lector de literatura entabla una relación afectiva con «sus» poetas, «sus» narradores, «sus» dramaturgos, de la misma manera el estudioso de la literatura va encontrando, en la frecuentación de los textos críticos, aquellas afinidades de pensamiento y punto de vista que le permitirán aprovechar las enseñanzas de los maestros, y tal vez superarlos. Pues así crece el conocimiento de la realidad de la literatura hispanoamericana: por actos de conocimiento y de amor.