4 de Abril de 2025
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Colección: INTERAMER
Número: 36
Autor: David Lagmanovich
Título: Oficio Crítico: Notas de Introducción a la Literatura Hispanoamericana

CUESTIONES DE MÉTODO

 

VII. Un dominio: La literatura latinoamericana

Para muchos de los que asumen con rigor el estudio de las literaturas de lengua española —o castellana—, el dominio mayor, el campo de interés predominante, es sin duda la literatura de Hispanoamérica. La llamamos hoy, quizá con escasa exactitud, pero con mayor resonancia pública, literatura latinoamericana.

Contra el diagnóstico

Como este capítulo quiere escribirse teniendo en cuenta una realidad concreta, la de un país latinoamericano específico (digamos la Argentina, Perú o Guatemala) podría haberlo titulado, como se acostumbra en casos parecidos, “El estudio de la literatura hispanoamericana en ...”. Sería una formulación más del agrado de los pedagogos; casi tendría asegurada su publicación en una revista profesional. ¿Quién no quiere enterarse de cuáles son los defectos de la instrucción pública en San Mateo, la mítica república de O. Henry? ¿Quién reprimirá un movimiento de satisfacción al verificar que la situación local no es, después de todo, tan atrasada como la de Macondo?

Si lo hubiere hecho así —si hubiera usado la fórmula “El estudio de X en Y”— habría creado la impresión del “diagnóstico”, del “cuadro de situación”. Estas son las palabras que se usan en la política y la administración pública cuando se trata de describir algo que anda mal para que, después de mucho hablar, quede exactamente como está o comience a andar peor.

Así el diagnóstico de la situación de nuestros estudios implicaría reseñar qué se ha hecho, qué queda por hacer, cuáles son las instituciones que no funcionan (nada más fácil), qué revistas necesitamos (ídem), qué pasos debemos recomendar a los poderes públicos —Universidad, organismos de investigación— y tópicos por el estilo. Todo ello pormenorizado y cuantificado, con abundancia de cuadros estadísticos y, como suele hacerse, prestando mayor atención a los porcentajes que a las cifras mismas.

No es ese mi propósito: ¿para qué formular diagnósticos de lo que ya está suficientemente diagnosticado? Porque, ante todo, no es cierto que el estudio de la literatura latinoamericana en la Argentina, el Perú o Guatemala sufra de mal alguno.

Si el estudio de esta literatura, en los países citados y en otros, no alcanza un nivel floreciente, es ante todo porque nada alcanza ese nivel en el orden de la cultura: primun vivere... Y hay otra razón, y de no poca importancia, para tales falencias: la inquina que manifestaron contra nuestros estudios (y, desde luego, contra toda manifestación de la cultura) los regímenes militares, y otras formas de regresión y atraso, que sufrieron los países citados y otros varios, en esta segunda mitad del siglo XX.

Todo esto ha dejado en muchas actividades culturales, en las décadas de 1980 y 1990 (¡valiente fin de siglo hemos sabido construir!), las marcas típicas de una “cultura de sobrevivientes”: dispersión, esporadicidad, continuidad insuficiente, debilidad de la infraestructura, escasez de instrumentos para la investigación. Pero nada de eso afecta lo principal que hay que tener, sin lo cual nada de lo anterior vale: a saber, la inteligencia de un grupo de seres humanos que desean aplicarse a un determinado dominio del saber, adquirir lo que ya se sabe, y acrecentar ese conocimiento.

Por todo ello, no estableceré ningún diagnóstico. Formularé en cambio algunas reflexiones que sin pudor pueden calificarse de elementales: síntesis de observaciones propias y, seguramente, de opiniones que quienes nos dedicamos a estas cosas hemos examinado en alguna oportunidad.

Si en estas líneas no existe el mérito de la originalidad, deseo al menos que ellas ayuden a verbalizar justificadas inquietudes. Sobre esa base se creará la posibilidad de seguir adelante en la tarea, a pesar de las muchas demoras y contrariedades sufridas.

Adoptaré una forma simplemente enumerativa. Creo que a pesar de su simplicidad, los conceptos que iré consignando tienen importancia para fijar caminos básicos, rutas para organizar el conocimiento: racionalizaciones mínimas, en suma, para hacer más provechosos el aprendizaje y el trabajo. En ese espíritu los ofrezco aquí.

Alcance

En primer lugar, y una vez más (porque esta pregunta se repite con frecuencia): ¿qué entendemos por “literatura latinoamericana”? O mejor dicho, para disimular la inevitable carga retórica: ¿hasta cuándo vamos a hablar de “literatura latinoamericana” sin incluir en ella, y considerar activamente, la literatura del Brasil?

Hay en lo dicho algo más que formulaciones de cortesía geopolítica. La literatura brasileña acompaña siempre, y a veces completa magistralmente, la marcha de las literaturas nacionales de lengua española. ¿Acaso hay, en todas nuestras literaturas nacionales del siglo XIX, un novelista tan eminente como Machado de Assis? Piénsese también en la íntima vinculación del “modernismo” de ellos con la vanguardia nuestra, y repárese en la conveniencia de estudiarlos conjuntamente. Y no nos dejemos asustar por la cuestión del idioma: es más importante conocer el portugués que cualquiera de los dialectos sajones que tanto encandilaron a los admiradores incondicionales de Borges. En la mesa familiar ya hace demasiado tiempo que falta el primo del Brasil.

Otras voces

Ya que hemos hablado de los primos, recordemos también a la familia más inmediata. Si en el ámbito geográfico citado se selecciona, para comenzar (y por orden alfabético), el caso de la Argentina, ¿será preciso hacer notar que la literatura de aquel país forma parte también de la literatura latinoamericana, mal que les pese a los cultores de ciertas posiciones nostálgicamente europeístas? Hace años, solían atribuirse tales puntos de vista al grupo de la revista Sur. Posiblemente había bastante injusticia en tal afirmación; de todos modos, algo de ello subsiste a través de los años, disfrazado tras otras formas, otras palabras clave, otras consignas.

En los colegios, en las cátedras universitarias, en los llamados a concurso y otras ficciones cultivadas por el ordenamiento administrativo de la realidad, se cultiva una distinción entre, por una parte, “literatura argentina”, o “peruana”, o “guatemalteca”, y por la otra, la “literatura hispanoamericana” (o “iberoamericana”, o “latinoamericana”). Claro está que, en lo sustancial, esa distinción es falaz.

Intento decir que la Argentina y Bolivia, el Perú y Nicaragua, Guatemala y Venezuela, forman parte de la misma realidad. Si ello no se percibe con justeza a orillas del Plata o del Carcarañá, en cambio se advierte con claridad extrema desde las riberas del Danubio o del Charles. Decir, como dicen algunos, “en la Argentina y también en Latinoamérica” (sin intercalar “el resto de”) es tan absurdo como decir “en Francia y también en Europa”.

Nuestras preferencias personales pueden llevarnos —y está bien que así sea— hacia el cuento chileno, la novela colombiana o el ensayo en el Uruguay. Pero en esta época en que tanto se habla de polifonía ¿cómo no reconocer dos voces por lo menos en el concierto de la literatura continental? Comencemos a distinguir, no sólo el esquematismo de la bella melodía, sino la textura misma del cuerpo musical.

El ámbito colonial

Pensemos ahora en los antepasados. Si nos remontamos en el tiempo, muy pronto sobrepasamos la fecha mágica de nuestras independencias nacionales. Nos encontramos entonces con una América en la que todos los que escriben, donde quiera que lo hagan, son, además de limeños, porteños o habaneros, “españoles de América”.

La conciencia de esa unidad subyacente fue sin duda lo que hizo que algunos de nuestros más ilustres eruditos del siglo XIX —por ejemplo Juan María Gutiérrez, Andrés Bello, José Toribio Medina— volcaran su atención al estudio de las letras coloniales. Había también un legítimo interés por explotar las raíces ideológicas de nuestras nacionalidades, la criolledad que parece agazaparse en líneas de Sor Juana o de Rodríguez Freyle, el costumbrismo de un Terralla y Landa, el retintín independentista en una sátira anónima del siglo XVIII...

Esos intereses —y tantos otros— parecen haber desaparecido del horizonte mental de quienes se ocupan hoy de estas literaturas. (Si exceptuamos, claro está, las actitudes conmemorativas: ya veremos cuántos interesados quedan, una vez que los infinitos congresos y simposios sobre los 500 años del Descubrimiento hayan quedado atrás...). Lástima grande, en verdad: ¡hay tanto que leer y que aprender en esos tres nutridos siglos que van, en la frase de Mariano Picón Salas, “de la Conquista a la Independencia”!

Es cierto: muchos de esos textos son hoy de lectura relativamente difícil (aunque no tanto como algunos textos medievales españoles, que no requieren glosa y comento, sino llana y simple traducción). Pero esa lectura puede rendir dividendos imprevistos en cuanto a la mejor comprensión de todo el desarrollo de nuestras letras, sin excluir la labor de las últimas promociones.

En última instancia, ¿por qué pensar en divisiones cronológicas rígidas? ¿Por qué no leer, por ejemplo, a Sor Juana y a Rosario Castellanos; a José María Arguedas en relación con el Inca Garcilaso; a Rodríguez Freyle como antecedente, quizá, de Cepeda Zamudio? Hace justamente un siglo, el extraordinario José Martí dijo que “la historia de América, de los Incas a acá, ha de enseñarse al dedillo, aunque no se enseñe la de los arcontes de Grecia. Nuestra Grecia es preferible a la Grecia que no es nuestra”. También nuestra Edad Media es preferible a la Edad Media que no es nuestra: recuperemos nuestra literatura colonial.

Poesía

Otro problema es la distribución de nuestros estudios en función de los grupos textuales, o géneros del discurso. Cuando se examinan los trabajos presentados a un congreso o simposio, y se analiza su significado, esa distribución puede preocupar.

Año tras año, a partir de una gran explosión ocurrida alrededor de 1970, se registra un predominio desmesurado de estudios sobre la narrativa, y más específicamente, sobre la narrativa contemporánea. Desde luego, cada uno tiene derecho a trabajar en lo que más le atraiga. Pero  uno se pregunta si  en esas  elecciones un tanto  asimétricas no hay algo de ignorancia: un manejo insuficiente del corpus de nuestra literatura.

El caso más flagrante de esta asimetría es la escasa consideración crítica que en estas últimas décadas se viene prestando a la poesía. Esto produce dos efectos altamente perniciosos: la desmemoria de nuestra rica y variada tradición poética, y una percepción disminuida de la activa producción contemporánea.

Doy dos ejemplos. Si digo, en clase universitaria o en conversación de amigos, que “a la elegante línea de Guillermo Valencia y de ‘Cornelio Hispano’ prefiero la otra, más arriesgada y zigzagueante, representada por Luis Carlos López, Porfirio Barba-Jacob y León de Greiff”, ¿se advertirá que acabo de mencionar a cinco eminentes poetas colombianos? Es más: ¿se reconocerá, para apoyarlo o refutarlo, el argumento enunciado, en su dirección general? Y, como pregunta incidental o accesoria: ¿recordará alguien la referencia desvalorativa contra Luis Carlos López que aparece en uno de los artículos de Jorge Luis Borges en la revista Proa, en la década de 1920, y sacará de ello las conclusiones pertinentes? Me temo que la respuesta a las tres preguntas será uniformemente negativa.

Mi segundo ejemplo. Ubiquémonos en Montevideo y preguntemos lo siguiente: ¿cuántos nombres de los que voy a enumerar evocan una imagen mental suficientemente nítida de entre éstos: Javier Sologuren, Jorge Enrique Adoum, Pedro Shimose, Antonio Cisneros? Todos ellos aparecen, con buenas selecciones de su obra, en un instrumento de trabajo sumamente accesible, a saber, la Antología de poesía hispanoamericana, 1915-1980, preparada por Jorge Rodríguez Padrón y publicada por Selecciones Austral de Espasa-Calpe en 1984. En el momento de publicarse la antología, esos poetas (dos peruanos, un ecuatoriano, un boliviano) estaban, por lo menos, promediando la década de sus cuarenta años. O sea, su edad era comparable a la que tenía Rubén Darío en 1912, prácticamente al final de su vida y de su obra.

¿Qué significan estos datos? Para mí, significan que ya es hora de leerlos y conocerlos, pues todos ellos son poetas importantes. Me parece que no es necesario que arrime más argumentos sobre este punto. Permítaseme decir una vez más que, sin su poesía, la literatura latinoamericana se empobrece y limita, como se limita y empobrece el crítico o investigador que prescinde de su conocimiento.

El ensayo

El otro empobrecimiento, la otra limitación, tiene que ver con el campo del ensayo. Este cuerpo de escritos, fundamentales para comprender la visión que los americanos tienen de su propia realidad —en todos los órdenes, desde la realidad física hasta la etnográfica y cultural— es el gran ausente en la mayoría de los proyectos de estudio e investigación que se proponen en los organismos académicos.

Sobre todo: pocas instancias hay de un estudio del ensayo que presuponga, o que elabore, un marco teórico adecuado. Y en los pocos casos en que en efecto se trata el género, suele comenzarse con una falacia: la de aseverar que sobre el ensayo como género “hay muy poco escrito”.

Nada más alejado de la verdad. Sobre el ensayo como género literario se viene publicando, por lo menos, desde Montaigne en adelante. En cuanto al caso de Hispanoamérica, las bibliografías de Sabine Horst en Alemania, de José Luis Gómez-Martínez en los Estados Unidos, de Clara Rey de Guido en Venezuela, demuestran con la elocuencia de la acumulación de fichas no sólo la posibilidad, sino sobre todo el interés, de un renovado estudio de nuestro ensayo.

Si lo hiciéramos, abandonaríamos definitivamente una visión triádica de la literatura (narrativa, lírica, teatro) para integrar el cosmos de los estudios literarios en cuatro territorios o géneros modernos (narrativa, lírica, teatro, ensayo): nueva visión que permite un estudio más matizado y abre perspectivas de otras conexiones interdisciplinarias.

Aclaro que estudiar el ensayo como género, dentro de un marco conceptual preciso, no es lo mismo que dedicarse a la llamada “historia de las ideas” ni tampoco al estudio de la “prosa”, aunque para la mejor comprensión de los textos ensayísticos hagamos bien en no ignorar que existen tales dominios del conocimiento.

Libertad

Podría seguir. Pero los cinco puntos señalados (valor de la literatura brasileña en el campo latinoamericano, integración de la literatura nacional con la del resto de Hispanoamérica, importancia de las letras coloniales, revaloración de la poesía, redescubrimiento del ensayo) bastan, creo, para acotar algunos ámbitos de reflexión.

Por otra parte, no es del caso coartar la libertad de nadie para elegir sus temas de trabajo. El investigador tan sólo pretende señalar campos que, a primera vista, parecen haber sido explorados insuficientemente.

Que esto sea así, que existan numerosos tópicos y hasta vastos territorios de la literatura hispanoamericana necesitados de renovado estudio, es hasta cierto punto inevitable. Lo justifica la extraordinaria riqueza de nuestra expresión escrita: para no hablar aquí de otros estudios que son todo un mundo, el de la poesía y los relatos orales, que a su vez vienen requiriendo mayor atención y trabajo.

Nació esta literatura en el resplandor de los ideales de libertad —para leer, pensar, escribir, trabajar y vivir en paz— que desde hace siglos identifican lo mejor y más válido de la experiencia americana. Los estudios referidos a esta realidad que nos ampara y define, para ser válidos, han de asentarse también en el concepto y la práctica de la libertad.

VIII.  Sobre la especialización

Mis alumnos universitarios norteamericanos solían alzar expresivas cejas cuando, a propósito de la reacción antimodernista de nuestras vanguardias de la década del 20, recordaba yo la revolución culterana de finales del siglo XVI y comienzos del XVII, y las inacabables pullas de Lope de Vega y otros contra Góngora y sus seguidores. No dudaban de mis conocimientos, pues los norteamericanos (como los alemanes) nunca dudan de quien está en una posición de autoridad (Nixon, Reagan o Bush, por ejemplo): pero les parecía incomprensible, o tal vez un caso de excentricidad personal, el que aparecieran escritores españoles del Siglo de Oro en un seminario que, según el catálogo de cursos, era sobre “literatura hispanoamericana contemporánea”.

Por otra parte, en el otro extremo del Continente, mis alumnos universitarios latinoamericanos ponían cara de aburridos cuando, a propósito de las innovaciones expresivas de los mismos vanguardistas nuestros —Huidobro, Vallejo, Girondo— aducía el versolibrismo de Ungaretti, la búsqueda de un nuevo ritmo versal por William Carlos Williams, el virtuosismo de Raymond Queneau, o el desparramo tipográfico (y auditivo) de Cummings. Me imagino que tampoco ellos dudaban de mi información; pero les parecía insólito que aparecieran “extranjeros” (como quien dice, indocumentados) en un curso de algo titulado, con administrativa elegancia, “Literatura latinoamericana II”.

Un último ejemplo, del natural también. Hablo, tiempo atrás, con un joven colega capitalino sobre un congreso que por entonces se estaba organizando, dedicado (según su título) a la literatura latinoamericana. Se excusa: “Hace mucho que no hago nada en literatura latinoamericana; ahora sólo me ocupo de literatura argentina”. Otro que cree que los argentinos proliferan a orillas del Báltico, digo para mis adentros.

Pasemos en limpio. ¿Es irrelevante el conocimiento de la literatura española, si se trabaja en la literatura de América Latina escrita en español? ¿Es superfluo el conocimiento de la literatura francesa, o de la inglesa o alemana, para comprender el desarrollo de nuestros movimientos literarios? ¿Son “ajenas” las literaturas de México o del Perú, si nos interesan los autores y obras de la Argentina? Tal vez no necesite explicar que, en los tres casos, mi respuesta es enfáticamente negativa.

No es sólo la generalizada ignorancia lo que me preocupa: el avance del desconocimiento humano parece incontenible. El problema, me parece, está en que los interlocutores que recuerdo no son, técnicamente hablando, ignorantes de toda ignorancia: algo saben (aunque mal) y algo les falta saber (aunque mucho). Pero su conducta intelectual es deplorable y, mucho me temo, contagiosa. Pocas cosas, en efecto, son más contagiosas que la pasividad intelectual.

Además, las tendencias reveladas por los ejemplos que cito son relativamente recientes: se vienen intensificando en los últimos años, quizá en los más recientes veinte o treinta. Para hablar de esto hoy, déjenme volver atrás.

Tres maestros

¿Por qué hablo de las últimas décadas? Bueno, ante todo porque las actitudes del tipo que he esquematizado no eran tan frecuentes antes, en la época de mi formación.

De haberse dado, hubiera horrorizado a mis maestros. En mis años formativos, en una ciudad argentina llamada Tucumán, tuve tres (y no dejaré que la sombra de rencillas de aldea me impida recordar lo que les debo). Cada uno de ellos puede tomarse como modelo de actitudes e incitaciones que neutralizarían enérgicamente estas tendencias negativas —o al menos limitativas— de hoy.

Marcos A. Morínigo, por ejemplo, era un experto —al menos cuando lo conocí, todavía en los comienzos de su carrera, aún bajo la tutela intelectual de Amado Alonso— en las relaciones entre la lengua guaraní y el castellano. Pero enseñaba literatura española, conocía muy bien la francesa, y con parecida competencia hubiera podido enseñar literatura hispanoamericana, en general, o más específicamente la de la Argentina.

Emilio Carilla fue mi profesor en cursos en los que, con erudición y sentido común, trataba de la literatura clásica española y de todo el mundo de la América Hispánica, desde México hasta la Argentina, sin excluir el Brasil. Todos aprendimos muchísimo de él (todos los que quisimos aprender, claro); y quienes fuimos sus alumnos sabemos que nunca hizo distinciones arbitrarias entre los diversos campos de su saber.

Y de Alfredo A. Roggiano, el tercero de los maestros que quiero recordar aquí, seguí clases cuyos recuerdos y apuntes me sirvieron durante  buen número de años, en mis primeros tiempos de profesor. En ellas, los movimientos y escuelas literarias se explicaban con referencia a  diversas  liter aturas —especialmenteeuropeas— y  no  sólo  en función de aquellas surgidas en nuestro entorno. También de él, como de Morínigo y de Carilla, aprendimos mucho todos los que quisimos aprender.

¿Significa esto que tales maestros no eran suficientemente “especializados”? De ninguna manera: cada uno en lo suyo, los tres —y otros como ellos— se distinguieron en las investigaciones y otras tareas a que se dedicaron a lo largo de sus vidas. Más bien creo que lo que esto quiere decir es otra cosa: a saber, que ellos resolvieron mejor que nosotros la cuestión del complejo equilibrio entre el ser generalistas y el cultivar, sobre todo a los efectos de sus investigaciones, una parcela más limitada del conocimiento. Cuestión que, si mucho no me equivoco, es una de las más delicadas entre las que se le presentan al intelectual de hoy.

Contextos

En otro momento hablaré de las “maneras de leer”. Sin entrar ahora en mayores detalles, quisiera decir que el saber literario (o sea el conjunto de habilidades o capacidades que adquiere, y requiere, el buen lector de literatura) es un saber altamente contextualizado. Daré un par de ejemplos.

1) Supongamos que estamos tratando de “entender” la contextura de cierto personaje novelístico en una obra reciente: el torturado X, protagonista de la novela Y, que acaba de publicar el conocido escritor Z. Nos impresiona el carácter meditabundo y dubitativo de X; creemos que, al retratarlo, Z ha conseguido plasmar en Y algunas de las preocupaciones mayores del hombre contemporáneo.

Ante este cuadro, difícil será que no lo relacionemos de alguna manera con los máximos ejemplos que conocemos de un vivir problematizado: con Hamlet, con Segismundo. Igualmente natural será pensar en la posible influencia de Dostoievski, mirar hacia Unamuno y, de nuevo entre nosotros, olvidar el caso quizá similar de Roberto Arlt.

Para mejorar nuestro conocimiento de la literatura que escribe Z (quien, además, vive aquí a la vuelta) nuestra lectura nos ha llevado a la literatura española y a la inglesa, a la rusa y de nuevo a la argentina. Y no hemos mencionado nombres por mero gusto, ni por vanidad. Hemos establecido o tratado de establecer un contexto: un marco de referencia.

Si conseguimos percibir ese contexto, comprenderemos mejor los sufrimientos de X, el sentido de Y, la intención de Z. Si no lo poseemos o no lo podemos armar, sólo presenciaremos lo que ocurre en la superficie de la novela. No abandonaremos, en tal caso, esa lectura de la cual lo mejor que puede decirse es que ayuda a pasar el tiempo.

2) También es superficial (y este es el ejemplo contrario, que prueba lo mismo), necesariamente superficial, nuestra lectura de determinadas obras literarias, frente a las cuales carecemos casi totalmente de un contexto previo o de la posibilidad de organizarlo. Un caso eminente es el de la literatura clásica oriental.

Leo una antología de poesía china en traducción, y observo que con pausada regularidad aparecen en esos poemas garzas y otras aves que se posan sobre pagodas, colinas y otros lugares elevados, o que levantan el vuelo a partir de ellos. Bien: con todo respeto por quienes se hacen la ilusión de “entender” todo lo que leen (es decir, lo que descifran mecánicamente al pasar la vista sobre el papel), debo declarar que esas garzas, grullas y ánades (que no podría identificar correctamente si los viera volar sobre mi patio, por cierto) me dicen mucho menos que las perennes golondrinas de Bécquer.

El problema no es ornitológico. Conozca o no de pájaros, me falta, para descifrar aquellos aleteos, un contexto que, en cambio, sí tengo para identificar el sentido de la romántica imagen becqueriana. Por más oscuras que sean estas golondrinas, sus movimientos me resultan transparentes; pero el revolotear de las grullas orientales (si son grullas) apenas cumple una función vagamente simbólica. Me falta (y es defecto mío, no de los textos) una segunda “traducción”: la del contexto cultural.

Conexiones

Una noción que hoy se acepta como un dictum, pero que no se aplica suficientemente, es la de que un texto está ligado a todos los otros textos que existen: hay entre ellos conexiones que característicamente consisten en analogías y diferencias, en modulaciones diversas, en simpatías y rechazos, en subtextos y contextos; hay, en suma, un confluir de voces que se elevan en una inacabable polifonía textual.

Como lectores, no quitemos a esa polifonía voz alguna. Dejemos que todas resuenen, que cada una encuentre su lugar en el coro. Distingamos esas voces; respetémoslas. Puede ocurrir así que una obra que aparentaba ser muy original resulte estar relacionada con muchos otros textos del mundo: ser apenas una manchita de color en el gran palimpsesto.

Aceptemos eso, si el caso se da, como una característica del mundo de la cultura: mundo inagotablemente rico, mundo que siempre puede sorprendernos con un hecho más, con una conexión más.

IX. Notas sobre periodización

Las “historias de la literatura” son un fenómeno moderno, ligado al gran desarrollo de la ciencia histórica —y al historicismo— del siglo XIX. Antes había “vidas de escritores ilustres”, es decir, colecciones de biografías.

Primeros intentos

A partir del Romanticismo se comienzan a discutir los principios del arte literario, es decir, la teoría. Por ejemplo, los postulados del Romanticismo mismo tal como se habían dado en Alemania se difunden (a pesar de la oposición política de las autoridades napoleónicas, que suprimen la edición francesa de 1811) en la obra de Mme. de Staël, De l’Allemagne (Londres, 1813).

Después surge la idea de que puede haber una “historia de la literatura”, como franja relativamente autónoma de la cultura. Es importante en este sentido la Histoire de la littérature anglaise (1864), de Hyppolite Taine, obra valiosa y llena de información, al tiempo que “muy siglo XIX”: democrático-liberal, basada en la tríada “race, milieu, et moment”, positivista con inclinaciones naturalistas.  Es posible que la obra de Taine no sea la primera historia de una literatura nacional; en todo caso está entre las primeras, y también entre las mejores de su época.

Debido a este desarrollo bastante tardío de la disciplina misma de la “historia de la literatura”, la literatura hispanoamericana carece por mucho tiempo de intentos de sistematización. (Esto, además, alcanza tanto a las posibles obras de conjunto como a las historias de las literaturas nacionales. Un ejemplo: La literatura argentina de Ricardo Rojas —serie de estudios monográficos, antes que una historia de la literatura— se publica, en sus primeras ediciones, en 1917-1922 primero y luego en 1924-1925, y es la primera exploración de ese tipo). Cuando comienzan a aparecer tales obras, se manifiesta en forma aguda el problema de la periodización.

Tal problema no es distinto del que se le presenta a la historia general. El fluir de la historia es un continuum, y para hacerlo inteligible es preciso establecer algunos puntos de referencia, “desde” y “hasta” fechas determinadas. Así, el siglo XIX europeo inventa la división básica en edades: antigua, media, moderna, contenporánea, con hitos tales como la caída de Bizancio en poder de los turcos en 1453, que marcaría el fin de la Edad Media, y la Revolución Francesa de 1789, que daría comienzo a la Edad Contemporánea. (La preocupación por la periodización histórica se manifiesta con fuerza en la Encyclopédie, 1751-1780, pero el esquema se completa después de la Revolución).

Los criterios que se manejan están en sí mismos sujetos al cambio histórico; además —y creo que no podía ocurrir de otra manera— sólo se entienden en un contexto europeo. Por ejemplo: ¿qué sentido puede tener el concepto de “medioevo” para un historiador de Etiopía o de Malasia? Y en nuestra propia cultura, ahora que han pasado dos siglos de la Revolución Francesa, ¿seguimos en la misma Edad Contemporánea?

De todos modos, el hecho es que esos grandes períodos (épocas o edades) comienzan a usarse como instrumentos de ordenamiento del conocimiento histórico, y dentro de ellos, a aparecer otros menores: el Segundo Imperio, la Tercera República (Francia); la Reforma (México); la dictadura de Rosas, el Ochenta (Argentina); del New Deal a Pearl Harbor (Estados Unidos), y así sucesivamente.

Otras perspectivas

Los ejemplos dados hasta ahora corresponden fundamentalmente a la “historia general”. En la concepción básica de esta disciplina que los hombres del siglo XX hemos heredado del siglo anterior, los puntos de referencia que se manejan son políticos (la Revolución independentista antiespañola, el stalinismo), militares (las guerras napoleónicas, la Segunda Guerra Mundial) e institucionales (la Tercera República francesa, la dictadura argentina llamada del Proceso). Los tres se relacionan, puesto que los movimientos políticos desencadenan acciones militares que cambian la configuración institucional de países y continentes.

No es de extrañar, entonces, que éste sea el tipo más tradicional de periodización de la historia, y también, por analogía, del especial ordenamiento de los textos que llamamos historia literaria. (Este ordenamiento es uno de los aspectos del estudio de la literatura, aunque de ninguna manera el único.) Del concepto de “la literatura hispanoamericana durante la época de la Colonia” es fácil pasar al de “la literatura hispanoamericana colonial”, y de éste al de “las letras coloniales”. Se ha completado así una transferencia de conceptos, del estudio de la historia al estudio de la literatura.

Pero hay por lo menos dos modelos más: la periodización por movimientos literarios o estéticos, y el método generacional. Voy a tratar de quedarme ahora exclusivamente en la historia literaria; intentaré esquematizar ventajas y desventajas para cada uno de los tres modelos, con especial referencia a la literatura hispanoamericana.

Lo político-institucional

1. Primer modelo: la periodización procedente de la historia tradicional, sobre todo en su versión del siglo XIX.

Descripción. Se trabaja, como ya se ha dicho, sobre una base político-institucional.

Ejemplos. Juan María Gutiérrez, “La literatura de Mayo”; Ricardo Rojas, “Los proscriptos”, parte de su libro mayor La literatura argentina.

Ventajas. Fácil correlación con la historia general, de alguna manera ya adquirida por toda persona culta; fácil comprensión de la ubicación temporal del fenómeno literario.

Desventajas. a) La literatura aparece así como “ilustración” de ciertas categorías históricas, es decir, sin suficiente especificidad. b) Lo que es más importante, los cambios literarios y los de la sociedad en su conjunto pueden o no ser más o menos sincrónicos; por ejemplo (como es bien sabido) el movimiento independentista americano no interrumpe la vigencia del neoclasicismo; a la inversa, y a pesar de sus conexiones con el liberalismo político, el romanticismo (salvo en los casos de las últimas posesiones coloniales españolas, Cuba y Puerto Rico) estalla cuando ya está sobradamente consolidada la independencia de los países en que se disgrega el antiguo imperio español.

Movimientos literarios

2. Segundo modelo: periodización por movimientos literarios.

Descripción. Se abandona la “historia general” y se abraza la estética. Ahora se periodiza con base en conceptos tales como el Romanticismo, el Modernismo, el Surrealismo, etc.

Ejemplos. El método se presta para obras individuales sobre movimientos, escuelas o grupos, como las obras de Arthur Symons, The Symbolist Movement in Literature (1899), de tanta importancia para la difusión de esa posición estética fuera de Francia; de Emilio Carilla, El romanticismo en la América hispánica (1958), completo y útil relevamiento de esa modalidad central de nuestras letras decimonónicas; y la igualmente fundamental de Max Henríquez Ureña, Breve historia del modernismo (1954), como otras del mismo tipo.

Ventajas. Gran especificidad, pues el historiador selecciona autores y obras que se correspondan con la categoría preestablecida (Symons, por ejemplo, no trata a ningún autor de la época escogida que no se adhiera a los principios del simbolismo). También, al no haber fronteras político-institucionales estrictas, el método se presta para comparar libremente autores y obras de literaturas diversas; de hecho este enfoque del problema, aunque se use dentro de los límites de una literatura, parece hecho a propósito para los especialistas en literatura comparada.

Desventajas. a) Se desdibuja algo el marco histórico más amplio, aunque algunos datos del mismo puedan entrar en el cuadro general que traza el crítico. b) Similarmente, se adelgaza casi hasta desaparecer la relación literatura/sociedad: la obra tiende a aparecer —a ser descrita— como generada por una doctrina estética, y ésta por un cambio de perspectiva ideológica, sin que se perciba muy claramente la interacción entre las diversas categorías que tienen que ver con la emisión y recepción del hecho literario.

En definitiva, la utilidad mayor de una “historia del modernismo”, por ejemplo, estriba en mostrar con toda claridad las características de las obras literarias que llamamos “modernistas”; es improbable que, aparte de informarnos sobre la producción literaria y los criterios de los escritores de esa orientación, nos ayude mucho a comprender la sociedad dentro de la cual existieron y actuaron. (Pero —y es un pero importante— la erudición más reciente ha tratado de salvar estas dificultades: de ahí un libro como el de Ángel Rama, Las máscaras democráticas del modernismo, publicación póstuma, 1985.)

Las generaciones

3. Tercer modelo: el método generacional.

Descripción. En principio, es creación de algunos teóricos alemanes de la primera mitad de este siglo. Fundamental resulta Julius Petersen; su monografía de 1930 (58 p.) lleva por título, adecuadamente, Die literarische Generationen (se incluye también en el libro compilado por Emil Ermatinger, Philosophie der Literaturwissenschaft, del mismo año y en la misma editorial berlinesa, del cual hay traducción castellana de 1946). Puede verse el claro resumen de Pedro Salinas, “El concepto de generación literaria aplicado a la del 98”, en su Literatura española: siglo XX, de 1948. Quien verdaderamente difundió en español (por ejemplo, en su En torno a Galileo) el método histórico de las generaciones fue José Ortega y Gasset. Anotemos que, de los tres modelos principales, es el único originado en el siglo XX, y dentro de la atmósfera intelectual de la primera posguerra (muy cerca de las preocupaciones del pensador germano Oswald Spengler, autor de La decadencia de Occidente —1918-1922 en la edición alemana— libro leído también con mucha atención por Ortega).

Es, ante todo, una concepción de cómo se produce el devenir histórico: qué es lo que causa el cambio. La tesis principal es que el cambio histórico, la transformación de una sociedad, se produce siempre debido al accionar de una generación que reacciona contra el predominio de la generación anterior. De ahí que exista un “módulo generacional”, frecuentemente definido en períodos de 30 años (en otras versiones, se ha usado también uno de 15 años). Otros detalles son la definición de un clima generacional, una experiencia generacional común o acontecimiento desencadenante y sobre todo (y es uno de los aspectos más resistidos por los que miran el problema desde otros ángulos ideológicos) la asignación de la función de “líder generacional”.

Ejemplos. Si como ejemplo de las letras hispanoamericanas tomamos la literatura rioplatense, nos encontramos con que la llamada “Generación del 37” o, por su autodenominación, “Generación de Mayo” (es decir, de la Asociación de Mayo) parece cumplir con los requisitos para ser considerada una generación desde el punto de vista de esta teoría: reacciona contra la generación neoclásica que tuvo su apogeo en la época rivadaviana, el ideario común está estructurado por el romanticismo, tiene su líder generacional claro (Echeverría), etc. En cambio, el concepto de “generación del ochenta” es más dudoso: hay cierta sincronía en las edades, pero es difícil percibir en qué consiste la rebelión generacional, como también es difícil encontrar un líder entre varios escritores de importancia más o menos equivalente (¿Mansilla, Cané, Lucio V. López, Estrada?), etc. Y lo que es peor, es prácticamente imposible hacer entrar a la vez a la “generación del 37” y a la “generación del 80” en un esquema generacional: no dan las sumas, ni de treinta en treinta ni siquiera de quince en quince años.

Hay atisbos (asistemáticos) del método generacional en Pedro Henríquez Ureña, Las corrientes literarias en la América Hispánica, 1949 (la fecha es para la edición en español, póstuma; el texto proviene de las conferencias dadas en Harvard en 1940-41, reelaboradas en el texto inglés de 1945). También los hay en Enrique Anderson Imbert, Historia de la literatura hispanoamericana, 1954, con revisiones a partir de la segunda edición, 1957; asimismo, en Emilio Carilla, Literatura argentina; esquema generacional, 1954. Pero ninguna de estas obras lleva la teoría hasta sus últimas consecuencias y, por ejemplo, los siglos coloniales suelen resolverse mediante amplios períodos, antes que por generaciones. En cambio, es rigurosa (aunque en cada caso distinta) la aplicación de las teorías generacionales que hacen Cedomil Goic en su Historia de la novela hispanoamericana, 1972, y José Juan Arrom, Esquema generacional de las letras hispanoamericanas, 1977 (que citamos por su segunda edición). El capítulo I del libro de Arrom trae un útil resumen crítico de los trabajos de orientación generacional referidos a la literatura hispanoamericana hasta ese momento.

Como los anteriores, el método generacional tiene ventajas y desventajas.

Ventajas. Permite establecer una retícula general (por ejemplo, desde 1492 hasta hoy) para toda una historia literaria; ilumina relaciones —agrupaciones ad hoc de escritores— que no quedan en evidencia en los otros modelos (la recíproca, desde luego, también se da); va mostrando las diferencias, o sea la evolución, a través de unidades pequeñas (generaciones) que luego se pueden articular en otras mayores (períodos, épocas).

Desventajas. Hilando un poco más fino, el método generacional aparece basado en una concepción determinista de la historia (el hijo ya tiene asignado su lugar en una generación que inevitablemente reaccionará contra la anterior); parece también sobrevalorar el lugar del líder generacional, lo que suena a mesianismo: ¿fue Hitler un lider generacional? (Tampoco ayuda, en este último sentido, la imprevista resonancia del nombre original en alemán para esta función de liderazgo: Führertum.) En cuanto al trabajo concreto: no parece fácil manejar los casos de quienes realizan su obra muy temprano en la vida (Mozart, Rimbaud) ni la de quienes tienen una existencia muy dilatada y cruzan límites generacionales (Picasso, Macedonio Fernández); hasta la regularidad de los períodos generacionales, en fin, puede concebirse como una mecánica falsificación de la realidad.

Por último, el método generacional resulta inaceptable para toda filosofía de la historia que acentúe los factores sociológicos (muy especialmente, el marxismo): su explicación de qué es lo que produce el cambio choca frontalmente con nociones tales como la lucha de clases concebida como motor de la historia, con sus avances y retrocesos, y ciertamente sin postular “a priori” regularidad cronológica alguna.

Un problema complejo

Hasta aquí nuestra reseña, que no ha pretendido más que dar una idea del tipo de problemas que se plantean en el campo de la periodización o, más genéricamente, de la historicidad de la literatura latinoamericana. (Se encontrarán mayores detalles y renovados puntos de vista en los trabajos reunidos por Ana Pizarro en el volumen La literatura latinoamericana como proceso, 1985; también en el volumen correspondiente al año XXII,  2 (1987) de la revista Filología,  de Buenos Aires. Este último, significativamente, se titula “La(s) historia(s) de la literatura”).

La complejidad del problema depende fundamentalmente de dos factores. El primero es el volumen, multiplicidad y disimilitud de los materiales que es preciso ordenar para confeccionar una historia de la literatura, aunque se refiera sólo a un país y a una porción limitada de su experiencia nacional.

El segundo problema, más general y más grave, nos está diciendo que la confección de historias de la literatura —sean éstas regionales, nacionales, continentales o de una lengua— es una tarea que contiene e implica una filosofía de la historia. Es posible que algunos estudiosos de nuestras letras, al acometer empresas como las aquí reseñadas, crean no tener ninguna; quizá piensen que ella (la filosofía de la historia) está fuera de los límites de su disciplina. Pero a este problema, como a tantos otros, alcanza la argumentación general referida al cultivo o ignorancia de la filosofía: aun el afirmar “no tengo ninguna posición filosófica” es, mal que nos pese, un aserto filosófico.