4 de Abril de 2025
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Colección: INTERAMER
Número: 36
Autor: David Lagmanovich
Título: Oficio Crítico: Notas de Introducción a la Literatura Hispanoamericana

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XXII. Un oficio indescifrable

Toda una vida dedicada a trabajar con la literatura: profesor, crítico periodístico, conferencista, autor de libros sobre temas literarios. Tantos años dedicados a esto, tanto esfuerzo, y resulta que mi trabajo es indescifrable para los miembros de mi comunidad, para los hombres y mujeres con quienes hablo todos los días.

No digo “indescifrable” en el sentido de que no se entiendan los textos que produzco, aunque (además) bien pueda ser ese el caso. Lo digo en relación con el reconocimiento de los otros; con la comprensión, por parte de los demás, de lo que uno hace. Esa comprensión, ese reconocimiento que no le faltan al médico ni al albañil, al zapatero ni al contador público nacional.

El hombre invisible

Se piense bien o mal de ellos, estan allí y todo el mundo sabe (o cree saber) lo que hacen. El médico, personas saludables de las que antes estaban enfermas (o viceversa, porque desde siempre es materia opinable); el albañil, paredes; remiendos en nuestro calzado agotado de andanzas, el zapatero; balances y estudios, el contador, en pro de la salud económica de una empresa o negocio.

Por supuesto, no hablo de la esencia última de lo que cada uno hace, de su significación, digamos así, platónica. Me refiero a su repercusión pública, su imagen para quienes no comparten la misma tarea. Cada una de las actividades que he citado tiene una determinada imagen. En cambio la mía, como el hombre invisible de Wells, no tiene imagen alguna. De cada una de las otras las gentes saben, o creen saber, lo que puede esperarse, para qué sirven o no sirven. De la mía, no.

Frente a los que desempeñan las tareas que el saber convencional asigna a los demás, todos tienen una seguridad absoluta. Se llama al contador para investigar un desfalco de caja, no para asistir a un enfermo en sus últimas boqueadas. El cura es convocado en las ocasiones solemnes de bautizos, bodas y extremaunciones, mas no se le encomienda que en su tiempo libre repare las goteras del techo. Al comerciante se le pide una rebaja en el precio de las zapatillas, no una reducción del colesterol. Y todo esto, por modesto u obvio que sea, ocurre porque esos oficios o profesiones tienen una imagen pública: porque ninguno de ellos resulta enigmático para el corredor de bolsa o el corredor de maratones, para el futbolista o el empleado municipal.

Pero el trabajo con la literatura, ¿qué reconocimiento público tiene?

Preguntas

Permítaseme que formule (que me formule) dos preguntas.

La primera: ¿quién espera o desea que me dedique a mi tarea, quién me pide que haga cosa alguna en el campo de la literatura?

Respuesta inmediata: francamente, nadie. Si persisto en esta tarea es por una motivación interior, no porque yo produzca algo que la gente quiere consumir. Los encofrados del constructor, las emplomaduras del dentista o los dictámenes del magistrado tienen un destinatario, que los espera y de una manera u otra paga por ellos. En lo mío, no: nadie me pide que estudie a Updike o a Cortázar, a Borges o a Cummings. A nadie le importará, luego, que lo haya hecho o no. O que lo haya hecho bien o mal.

Excepto, quizá, para preparar mi nota necrológica, en la cual un amigo que no habrá leído mis trabajos escribirá con tanta buena fe como ignorancia: “general congoja ha causado la desaparición de uno de nuestros más destacados críticos literarios”.

Y luego, la segunda pregunta, trivial si se quiere pero absolutamente real: ¿qué tengo que decir cuando alguien me pregunta de qué me ocupo, cuál es mi profesión u oficio, de qué manera quiero ser recordado, qué soy?

Respuestas

Antes, cuando debido a las estrecheces económicas que son parte de la profesión (de ambas profesiones) tenía que simultanear la literatura con el periodismo, la salida era más fácil.

A la pregunta temida, “¿En qué trabaja usted?” solía contestar: “En el diario”. No faltaba a la verdad, y la conversación seguía cauces previsibles. Por ejemplo, “Qué bien, yo siempre quise ser un periodista de combate”, o “Qué lástima, seguro que usted llega a dormir a su casa a cualquier hora de la madrugada”. Esas reacciones simbolizaban exactamente los dos preconceptos básicos que la gente tiene respecto del periodismo: su relación con otros elementos de la sociedad y su supuesta condición de oficio para gente bohemia o desordenada. Repito: que ello sea así o no, poco importa; el hecho es que existe cierto consenso social que rodea a un oficio y permite su identificación.

Más adelante, concentrado ya en la enseñanza universitaria, contestaba a la pregunta fatídica: “Soy profesor de castellano”. Aunque insatisfactoria, la respuesta tenía algún asidero para el interlocutor, porque se sabe que “castellano” es una materia que se enseña a párvulos y adolescentes (nadie sabe para qué, sobre todo a juzgar por los resultados), y por todos lados hay cartelitos que dicen “Preparo alumnos en castellano”. (Por algo será, insisto, que por todos lados aparezcan esos cartelitos: tal proliferación no dice nada bueno sobre la eficacia docente de quienes crean semejante clientela. Pero en este momento no entraremos en ese asunto).

Es posible que “enseñar castellano” o “preparar alumnos en castellano” fuera para muchos una actividad tan abstrusa o incógnita como “enseñar trigonometría” o “preparar alumnos en Lotus 1-2-3”. Pero todas esas cosas existen de alguna manera en el universo del discurso del hablante, por familiaridad real o por esa seudofamiliaridad provocada por los medios de comunicación de masas y de la propaganda. Y al existir, al ser reconocidas aunque sea sumariamente, todas esas formas de la experiencia cultural comunitaria adquieren algún tipo de legitimación.

Además, volviendo a mi problema, todavía quedaba una segunda línea de defensa, que consistía en explicar: “En la universidad formamos a los profesores que van a enseñar castellano en los colegios secundarios; nosotros les enseñamos a ellos para que ellos puedan enseñarles a los chicos que van al Colegio Nacional y a la Escuela de Comercio”. Esto era siempre comprensible, por lo menos en líneas generales. Además, uno parecía estar desempeñando una importante función social.

Ahora, aparte de enseñar o no, dedico a la literatura una labor constante. En rigor, de toda mi vida, este es el período en que más asiduamente trabajo en literatura, y cuando menos puedo explicar qué es lo que hago.

Mi actividad parece haberse tornado aun más indescifrable que antes. Mis explicaciones no convencen a nadie. Parece que algunos piensan que vivo de mis ingresos como agente de una potencia extranjera. Otros quizá suponen que alguien me mantiene, lo que me permite vivir sin trabajar. ¿O acaso no me ve, quien llega a mi casa, “sin hacer nada, leyendo un libro”?

Para todos, la tarea que desempeño es, o bien incognoscible, o bien incomprensible. Nadie conoce, ni quiere conocer, lo que para mí representa la esencia de mi actuación. Mi figura personal y mi figura pública se han situado en polos antagónicos, del mismo rigor descrito por el más grande escritor argentino en “Borges y yo”.

Qué decir

Vamos a ver: ¿qué podría decir?

(Los amigos que saben argumentar con eficacia, que son casi todos los amigos argentinos, interrumpirán para objetar: ¿por qué tienes que explicar nada? Pero yo soy de otra escuela: yo creo que siempre hay que explicar cuál es el sentido de la propia actividad. Es más, creo que si no me explico a mí mismo el sentido de lo que hago no llegaré nunca a realizarlo bien).

Una salida consiste en declarar simplemente que uno escribe, aceptando (con Barthes) la posibilidad de concebir el verbo “escribir” exclusivamente como intransitivo. Lo malo es que el interlocutor lo sigue considerando transitivo, y entonces la conversación va más o menos así: (1A) “Y usted, ¿qué hace?” (1B) “Escribo”. (2A) “¿Y qué escribe?” (2B) “Libros”.

Si la conversación se interrumpe aquí, santas y buenas. Pero si prosigue, la cosa se complica. Obsérvese: (3A) “¿Qué clase de libros?” (3B) “Libros de crítica literaria”. (4A) “¿Y eso qué es?” En este caso, es evidente que nuestras tribulaciones han vuelto a comenzar.

Una segunda posibilidad consiste en modificar la realidad (bueno, en mentir descaradamente) a partir de (3), más o menos en la siguiente forma: ... (3B) “Libros de texto”. La noción de “libros de texto” es también conocida por todos los hablantes, está incorporada desde siempre al imaginario colectivo; en consecuencia, es posible que la charla termine en ese punto, y hayamos evitado la tentación de explicar lo inexplicable.

Por último, una solución drástica consistiría en mentir desde antes, desde el comienzo de la conversación. Por ejemplo, a la pregunta (1A) contestar directamente: (1B) “Nada. Lamentablemente, no trabajo”. Con lo cual el interlocutor puede suponer o invalidez, o crisis en el mercado de empleo, o desapego profundo hacia toda actividad laboral, y posiblemente formule un comentario del siguiente tipo: (2A) “Ah, con razón es que siempre lo veo sin hacer nada, leyendo un libro”. Si uno puede resistir la tentación de protestar airadamente, es muy probable que no haya ninguna incómoda continuación.

Sentido

De todos modos, es de advertir que aquí nos ha ocupado (quizá en demasía) el problema de ciertas relaciones que podríamos llamar sociales, mantenidas por un crítico o teórico de la literatura con otros miembros de su comunidad. Lo que se sostiene es que, para esa comunidad de la que a pesar de todo el crítico forma parte (para opinar, para sufrirla, para pagar impuestos, para votar por sus políticos y ser defraudado por ellos, o para quejarse de la imposibilidad de hacerlo), la tarea del crítico es indescifrable, en la medida en que no puede reducirse a las pautas de un trato habitual.

Ahora bien: tarea indescifrable no quiere decir desprovista de sentido. En un mundo tan marcado por la tecnología como lo es el contemporáneo, la falta de comunicación, aun entre disciplinas próximas, es un hecho cotidiano. Y también lo es la opción que se suele ejercer ante tales dificultades: la reducción a la evasión o al silencio.

No por eso vamos a aceptar que quien trabaje en literatura no tenga, o no necesite tener, muy claras ideas sobre el perfil de su actividad: de lo contrario, tampoco las tendría sobre la posición de ésta en el mundo ni, de hecho, sobre la marcha de su propio trabajo.

Diferencias

Porque hay, me parece a mí, una diferencia fundamental entre el trabajo con la literatura, como parte integrante de las humanidades, y todas las demás meritísimas actividades que se han mencionado al comienzo.

Y es que en aquellas otras es común (no vamos a decir que sea una verdad absoluta, pero es común) que a la etapa de aprendizaje de la actividad siga, como cosa distinta, la del ejercicio de la misma. Hay momentos de actualización, desde luego, pero aun en ellos se verifica la misma ley: primero asimilar conocimientos, luego ejecutarlos.

En cambio, en el trabajo literario —como en la filosofía o en la música— el aprendizaje y la práctica están íntimamente relacionados; son de hecho simultáneos. El farmacéutico (y, con esto, nada de malo digo sobre él) puede posponer todo problema teórico durante el tiempo que le insume la preparación de una receta: es más, como cliente suyo espero eso, tengo derecho a esperar eso. En cambio, quien trabaja en literatura, con cada pensamiento que tiene y con cada palabra que escribe, está meditando sobre su materia y reformulando sus posiciones.

Esto, repito, no es privativo de la literatura, sino que tiene que ver con su pertenencia a las humanidades o “ciencias del espíritu” (para recaer en una denominación arcaica, pero que todavía puede usarse, aunque más no sea en el plano metafórico). En otras palabras, quizá tenemos tanta dificultad para explicar a los demás lo que hacemos porque todavía, o permanentemente, encontramos harto difícil explicárnoslo a nosotros mismos: porque estamos en pleno proceso de descubrimiento.

A sus cultores, a sus servidores, a sus estudiosos, la literatura no nos da tregua. Y de tal manera nos envuelve, que para otros somos indescifrables. Como en otros tiempos, se me ocurre, deben de haberlo sido los gitanos o los cosacos: individuos de raza incierta y de costumbres ignotas, cuya mente estaba puesta en cosas que ni siquiera llegábamos a sospechar.