4 de Abril de 2025
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Colección: INTERAMER
Número: 62
Año: 1997
Autor: Emilio Carilla
Título: Pedro Henríquez Ureña. Signo de América

INTRODUCCIÓN

Creo que entra en la categoría de lo singular el prestigio que acompaña el nombre de Pedro Henríquez Ureña. En especial, si se piensa que los perfiles más reconocibles de su obra corresponden al ensayo y la crítica literaria en general. Y, en otro nivel, a la lingüística, para no referirme a otros sectores menos continuados. Admitimos, eso sí, la multiplicidad de ramificaciones en que nos envuelve su mucho saber, y, no menos, su jerarquía de Maestro...

Reconociendo todas estas facetas, sorprende, sin embargo, la perduración de una fama que —repito— lo convierte en un caso poco común dentro de la cultura americana.

Es cierto, sí, que una gran mayoría de los tributos escritos que se le han dedicado no sobrepasan la extensión de breves ensayos u homenajes. Y, a la inversa, no suelen abundar trabajos detallados y de apreciable dimensión. Pero una vez más sería engañoso el establecer relaciones muy estrechas entre el número de páginas de un estudio y sus posibles bondades.

Quizás un obstáculo importante, vinculado a la posibilidad de abarcar la totalidad de las disciplinas que cultivó Pedro Henríquez Ureña reside en las dificultades de encontrar estudiosos que lleguen a dominar, paralelamente, la multiplicidad de artes, ciencias y letras que dominó o poseyó nuestro hombre. Reconocida esta dificultad, me parece que debe servir de acicate y no de contención o desaliento. Y que, sobre todo, no anula la necesidad de alcanzar, con la probidad intelectual que el Maestro merece, el paradójico doble juego en que complementan la hondura de la interpretación y la altura esclarecedora.

Cerca ya de los cuarenta años de su muerte, repito, Pedro Henríquez Ureña mantiene una fama realmente firme. Fama que muy pocos escritores hispanoamericanos de su época poseen. Sería casi sobrehumano esperar de su obra —no olvidemos sus perfiles— una supervivencia pareja. Hay que tener igualmente presente el carácter específico de las disciplinas, así como el rápido desgaste que el tiempo impone a manifestaciones de ese tipo. Esto es cierto, pero también lo es el hecho extraordinario que muestra a su obra, en general, viva y erguida. Y que no son sólo —hoy— sus numerosos discípulos los que aún lo recuerdan. Muchos otros se han agregado, y le confieren una permanencia que —insisto— tiene pocos equivalentes en nuestra historia cultural.

Difícilmente se concibe la omisión de su nombre cuando, en los días que corren, se debaten los problemas, particularmente culturales, del Continente. En especial, en lo que toca a los pueblos de la América Hispánica (nombre que defendió —sabemos— en sus últimos años).

Si mi ambición no resulta exagerada, aspiro con este trabajo a llenar un vacío dentro de la bibliografía general que existe sobre Pedro Henríquez Ureña. Y, en otro orden de cosas, más íntimo, deseo pagar, si eso es posible, algo de lo mucho que le debo, deuda que siento crecer con el paso del tiempo.

Concluyo este prólogo. No conviene decir más en estos párrafos de introducción, cuando hay tanto que mostrar en el cuerpo del trabajo.

Emilio Carilla