<<Biblioteca Digital del Portal<<INTERAMER<<Serie Educativa<<Desarrollo Sostenible en América Latina: La Sinergía entre el Financiamento y las Políticas<<Por qué América Latina debe participar en el comercio mundial de las emisiones de carbono: Los derechos comerciables como fuente de financiamiento para un desarrollo sostenible
Colección: INTERAMER
Número: 69
Año: 2000
Autor: Ramón López and Juan Carlos Jordán, Editores
Título: Desarrollo Sostenible en América Latina: La Sinergía entre el Financiamento y las Políticas
Perfiles de crecimiento, instituciones y demandas ambientales
En los últimos años, se han eliminado o reducido sustancialmente en América
Latina las distorsiones económicas vinculadas a políticas de subsidios
directos e indirectos a la agricultura, el uso del agua y la conversión
forestal, incluidas las que subsidiaban sustancialmente el crédito y aportaban
incentivos fiscales para la deforestación (Heath y Binswanger, 1996).
Dada la naturaleza de las ventajas comparativas de la región, la revitalización
económica y la creciente apertura de las economías constituyen fuentes
importantes de presión contra el “recurso ambiental verde” y los bosques
tropicales en particular. Además, el creciente nivel de ingresos puede
incidir positivamente en los bienes de consumo ambientales, que aproximadamente
corresponden a lo que se denomina “recurso ambiental marrón” (Dourojeanni,
1996). La experiencia de América Latina sugiere que, una vez eliminadas
las distorsiones económicas y elevados los niveles de ingreso per capita,
se convierten en redituables una amplia gama de proyectos destinados a
mejorar el “recurso ambiental marrón” (agua potable, alcantarillado, contaminación
aérea, etc.). Este perfil es congruente con los resultados de los análisis
empíricos en los que se ha comprobado que la mayor parte de los recursos
“marrones”, aunque no todos, empiezan a mejorar una vez que los ingresos
per capital llegan a los US$4.000 a US$5.000 per capita (véase, por ejemplo,
Grossman y Krueger, 1993).
Sin embargo, algo muy diferente ocurre con el “recurso ambiental verde”
y, en particular, con los bosques naturales. Pocas inversiones en la protección
o en la explotación realmente sostenible de los bosques naturales, los
hábitats acuáticos y otros recursos rurales son actualmente redituables
desde la perspectiva de los países individuales y, menos aún, desde la
perspectiva privada.2 Además, cada vez más la principal fuente de presión
contra el “recurso ambiental verde” es el propio crecimiento económico,
en particular en el contexto de una estrategia orientada a la exportación.
Aunque la ausencia de derechos de propiedad bien definidos en parte de
las tierras agrava las tendencias a la sobreexplotación de los recursos
vegetales, existen numerosos ejemplos que indican que, aún eliminando esta
distorsión, la decisión económica privada óptima comportaría la eliminación
o la reducción sustancial del área de bosques naturales (López, 1998).
El caso de los bosques autóctonos del Sur de Chile es ilustrativo a este
respecto. Existen signos claros de una gran tala reciente de los bosques
autóctonos en tierras de propiedad privada en las que no se plantea problema
alguno de derechos de propiedad. De hecho, la apertura de la economía generó
oportunidades importantes para la exportación de los bosques autóctonos
en forma de astillas, especialmente al mercado japonés. Parecería que la
deforestación es una consecuencia, no sólo de la falta de derechos de propiedad,
sino, más importante aún, del bajo valor de mercado de los bosques en pie.
Los valores del mercado no reflejan el valor social total de los bosques.
Crecimiento Económico y Deforestación
Se ha argumentado que la sostenibilidad del mundo vegetal es favorable
a un crecimiento a largo plazo en los países que la adoptan y, que, por
ende, lejos de reducir el crecimiento, lo fomenta. Este argumento puede
tener cierta validez cuando el deterioro ambiental se debe a distorsiones
pero no cuando es un subproducto del propio crecimiento, como ocurre en
gran parte en la nueva realidad de la región. Por supuesto que hay cierto
margen para controlar el deterioro de los recursos naturales cuando ello
induce externalidades negativas de consecuencias locales o nacionales.
Pero el alcance de estas limitaciones seguramente se restringirá a una
parte relativamente pequeña de la degradación de recursos inducido por
el crecimiento.
Numerosos proyectos ambientales se han ejecutado bajo la hipótesis de que
una explotación ambientalmente benigna de los recursos naturales pueda
conciliar los objetivos del crecimiento económico y la sostenibilidad del
medio ambiente. Actividades tales como el ecoturismo, la prospección genética
y la extracción forestal no maderera han sido señaladas como actividades
que satisfacen simultáneamente esos dos objetivos. Lamentablemente, como
lo demuestran varios estudios, estas actividades sólo pasan la prueba de
rentabilidad en lugares muy singulares desde el punto de vista de la atracción
turística o la especificidad biológica, o en el caso de productos no madereros
especialmente ricos (Southgate, 1996; Southgate y Clark, 1993; Simpson
et al. 1996). Irónicamente, la principal razón de que no se obtengan importantes
rentabilidades de estas actividades favorables al medio ambiente es la
abundancia relativa de los recursos vegetales de América Latina. Pareciera
que una rentabilidad mayor de estos usos surgiera únicamente cuando los
recursos vegetales resultasen mucho más escasos.
Dada la extraordinaria dotación de recursos naturales de la mayor parte
de los países de la región, en particular en Sudamérica, es improbable
que la sostenibilidad del recurso ambiental verde sea del interés de cada
país individualmente. El crecimiento basado en la explotación de gran parte
de los recursos naturales probablemente resulte redituable desde el punto
de vista de los países latinoamericanos, así como ocurrió con los países
actualmente desarrollados.3 Aunque la tasa de descuento fuera muy reducida
(y existen pruebas de que no es así), lo que implicaría una gran preocupación
para las futuras generaciones, la sostenibilidad ambiental no necesariamente
sería estrictamente deseable desde la perspectiva individual de cada país,
aunque pudiera serlo desde el punto de vista de la sostenibilidad del activo
total. Una tasa de descuento baja implicaría que la generación actual maximizaría
el crecimiento actual sujeto al mantenimiento e inclusive el mejoramiento
del valor total del activo, incluyendo el activo construido por el hombre
y los recursos naturales. Mientras exista cierta sustitución entre el capital
natural y el capital construido por el hombre, no existe razón alguna para
que no resulte del interés de países individuales con una importante dotación
de recursos naturales, como es el caso de la mayoría de los países de Sudamérica,
explotar parte de esos recursos naturales, en particular si ello les facilita
el aumento del capital construido por el hombre.
La sobreexplotación de ciertas zonas tropicales en actividades madereras,
agrícolas, minerales o petroleras puede, no obstante, producir un rendimiento
neto positivo para los países en la medida en que la pérdida de árboles
no provoque graves externalidades negativas internas. En la medida que
la política del Estado esté exclusivamente diseñada desde el punto de vista
individual de cada país, ésta debería fomentar la conversión de los bosques
a la agricultura o a otras actividades, después de considerar todas las
externalidades locales en zonas que permiten tasas de rendimiento positivas.
Existe pues un nivel óptimo de deforestación desde el punto de vista individual
de cada país que, dada la actual abundancia de bosques en la mayor parte
de la región tropical de Sudamérica, probablemente esté lejos de alcanzarse.
Externalidades Globales
Si se consideran también las externalidades globales de los bosques tropicales
latinoamericanos (secuestro de carbón y reserva de la biodiversidad), resulta
claro que el nivel óptimo de bosques tropicales es muy superior al que
resulta si se consideran únicamente los efectos dentro del propio país.
En realidad, el valor global de un bosque tropical típico en pie en la
Amazonia representa más del 50% de su valor total, en tanto que el valor
privado es menos del 31% (inclusive suponiendo una tasa de descuento insólitamente
reducida para empresarios particulares) y el valor público local es inferior
al 20% (Cuadro 2). Es posible que la maximización del bienestar global
exija una zona de bosques mayor que la actual. Por otro lado, la maximización
del bienestar individual de cada país latinoamericano podría implicar que
las zonas de bosques naturales lleguen a ser sólo algo superiores a las
de Norteamérica o de otros países del Norte, donde se conservan menos del
10% de los bosques naturales originales.4 Esto podría comportar el establecimiento
de incentivos públicos para la protección de los ecosistemas que claramente
generan externalidades positivas internas, incluyendo la preservación de
las cuencas hidrográficas y otros recursos hídricos, las zonas de recreación
y zonas forestales importantes para evitar la pérdida de suelos.
La principal razón por la cual la tasa de deforestación de numerosos países
de Sudamérica con abundantes bosques no es aún mayor es que gran parte
de los bosques naturales aún existentes se encuentran en zonas alejadas,
donde la construcción de la infraestructura pública necesaria (en especial,
carreteras y otros servicios) exige tiempo e ingentes recursos financieros.
Es el problema de escasez del capital o, irónicamente, de financiamiento
insuficiente, y no de ausencia de una posible rentabilidad, lo que retrasa
una mayor destrucción de los bosques en muchos de los países de Sudamérica.
Sólo cuando se tienen en cuenta las externalidades globales de los bosques
(por ejemplo, el secuestro de carbón y la reserva de biodiversidad) pasa
a ser “mal negocio” la deforestación de la mayor parte de los bosques naturales
de Sudamérica (López, 1996). Una forma de lograr esto es mediante el comercio
internacional de derechos de emisión de carbono.
CUADRO 2