PRIMERA PARTE

LA PROBLEMÁTICA DEL ENVEJECIMIENTO  HUMANO:
IMPLICACIONES Y TRASCENDENCIA
PSICOSOCIO-POLÍTICA Y CULTURAL

 

CAPÍTULO I

EL ENVEJECIMIENTO HUMANO:
REPERCUSIONES PERSONALES Y SOCIALES

Concepción de envejecimiento

El proceso de “maduración” y de “envejecimiento” humano tanto en sus estructuras como en sus funciones, es un proceso individual y colectivo a la vez, continuo y cíclico, eminentemente personal. Se da dentro del contexto de interrelaciones de variables físicas, químicas y biológicas por un lado, con otras que son de carácter psíquico, cultural y social.

Las características que van tomando dichos procesos se ven afectadas por las rápidas transformaciones que se producen constantemente en el medio social humano. Algunas de las causas que dinamizan los cambios ecológicos, sociales, económicos, sanitarios, biológicos y psicológicos que ocurren en las sociedades son la industrialización de las actividades humanas y su tecnificación progresiva, la intensa urbanización de las poblaciones, el crecimiento demográfico, el desarrollo económico, los niveles de vida y las desigualdades sociales y económicas.

No es difícil observar las contradicciones en las que vivimos. Si bien algunos de estos cambios resultan beneficiosos para la vida de las personas, la mayoría de ellos son desfavorables al generar nuevos riesgos y nuevos problemas sociales como sucede con los relativos a la morbilidad, al envejecimiento prematuro, a la escasa longevidad y a la falta de trabajo tanto para los jóvenes como para los adultos y los senescentes aún activos.

Tanto el desarrollo como el envejecimiento del hombre como ser vivo, son el resultado de la interrelación entre la “información genética” (ya que el programa del desarrollo del individuo está inscrito en el “código genético” de cada especie viva) y todas las variables naturales y socioculturales que constituyen el ambiente(a) en el que se desarrolla la vida humana desde que se nace hasta que se muere. Esta situación se repite en cada uno de nosotros, pero no en forma mecánica ni absoluta sino en forma dinámica, activa, de modo que dicha interrelación es variable, cambiable, particular.

Es necesario reconocer al envejecimiento endógeno o genético como proceso natural de declinación funcional del organismo humano, como uno de los períodos de nuestro “ciclo vital”, que responde a una exigencia de la vida y de la evolución de la especie. Sin embargo, también es importante destacar que el proceso de envejecimiento del hombre está particularmente afectado por los múltiples factores exógenos que pueden actuar acelerando ese proceso o anticipándolo, o bien, pueden retardarlo prolongando el período adulto o extendiendo la senescencia, si predominan no los “riesgos” biológicos, sociales y psicológicos sino los factores favorables a la salud y al bienestar personal y social.

En consecuencia, es posible señalar que el envejecimiento es un hecho “normal” puesto que es una “norma” en todos los individuos de la especie humana y en todas las especies vivas. Aparece como “natural” por el hecho de ser inherente al mecanismo mismo de la vida en todas las especies vivas, es decir, como producto de la evolución. Sin embargo, los procesos individuales del envejecimiento son muy variables en el tiempo, en la causalidad asociada y en el individuo en el que adquieren características personales.

Si bien es aceptado el envejecimiento humano como algo que acontece de manera universal, aún no existe consenso con respecto a la naturaleza y características de la etapa de la vejez. Ello se deriva de las divisiones cronológicas de la vida humana que al no ser absolutas no guardan una real correspondencia con sus ciclos vitales.

La vejez no es definible por simple cronología sino más bien por las condiciones físicas, funcionales, mentales y de salud de las personas analizadas. De este modo, pueden observarse diferentes edades biológicas y subjetivas en personas con la misma edad cronológica lo cual ocurre porque el proceso de envejecimiento es personal y cada sujeto puede presentar involuciones a diferentes niveles y en diversos grados al declinar ciertas funciones y capacidades más rápidamente que otras.

La “longevidad” se refiere a la extensión de la vida en cada individuo. Este valor no es extrapolable a toda la población porque su variación es muy grande, variación que está condicionada por la vida social.

Según estudiosos de la epidemiología de la vejez,1 la longevidad potencial del hombre se calcula, en relación al período de desarrollo máximo del individuo, entre 120 y 130 años para el ser humano, aun cuando se conocen casos de más de 140 años vividos.

Se sabe, con cierta precisión, cuál es la normalidad para el niño y el adulto, pero no pasa lo mismo respecto del anciano. Para ello será necesario distinguir el concepto de vejez fisiológica o normal (el proceso normal de involución tisular) del concepto de lo que es patológico. En este sentido la geriatría, como rama de la medicina, se preocupa de los problemas fisiológicos y patológicos del adulto anciano y, en una forma más amplia, del individuo que ha pasado la edad media de la vida; estudia la morbilidad del anciano y su atención. La gerontología, por su parte, se ocupa de estudiar los cambios epidemiológicos, físicos y psicológicos que se van produciendo con el proceso normal de envejecimiento humano.

Desde un punto de vista fisiológico, el envejecimiento tisular comienza cuando termina el período de crecimiento, lo cual ocurre en el ser humano entre los 25 y 30 años. El proceso es gradual, progresivo y sólo se objetiviza después de los 40 años cuando el desgaste de los teji- dos en relación con el potencial de reparación del organismo se hace evidente.

En general, se distinguen tres etapas en el proceso clínico del envejecimiento:2

1. Madurez avanzada: entre los 45 y los 60 años.

2. Senectud: entre los 60 y los 75.

3. Senilidad: más allá de los 75.

Esta división es bastante relativa pues como ya se mencionó, el envejecimiento se desarrolla en forma diferente de acuerdo con factores individuales y sociales y no sigue una cronometría rigurosa en cada persona. Las poblaciones que viven en zonas subdesarrolladas y con bajos niveles de vida envejecen prematuramente, el organismo se deteriora al enfrentar más riesgos y el individuo envejece antes de lo que normalmente debería suceder. Esto se da no sólo en lo que respecta a la mayor morbilidad clínica que apresura el envejecimiento, sino por la lucha constante por sobrevivir, lo que se convierte en factor de tensión y de envejecimiento prematuro en las poblaciones empobrecidas.

El individuo viejo es distinto del adulto en los planos citológico, anatómico, fisiológico, bioquímico y psicológico por lo que resulta lógico que tanto su reacción frente a la enfermedad como sus valores de normalidad sean diferentes. Teóricamente, el hombre debería envejecer a través de un proceso normal y llegar a la senectud y senilidad sin una patología exclusiva o necesariamente agregada. Lo normal en la vida es ir pasando por las diferentes etapas del ciclo vital sin enfermarse obligadamente. Desde el punto de vista psicológico, correspondería ir pasando de una a otra etapa en forma consciente y paulatina, encontrando en cada una de ellas su propio significado al igual que nuevos valores y objetivos.

El error cometido bajo influencia del modelo médico, es el concebir la vejez como una enfermedad o como un ciclo vital cargado de patología propia, cuando ésta no es sino la acentuación de problemas que ya existen en la edad adulta. Un ejemplo de ello es que por años se consideró la hipertensión arterial, la arteriosclerosis y los cánceres como enfermedades degenerativas de los viejos. Hoy se sabe que estas tres patologías se presentan en todas las edades de la vida, incluso en la niñez. En lo que respecta a la demencia senil, es una patología que no representa más del 5 al 6% en la población mayor de 65 años. Más numerosos son los síntomas de insatisfacción existencial (soledad, angustia, stress, aburrimiento) como consecuencia de la inactividad física y mental y la falta de sentido de sus vidas.

Si bien existe relación entre edad cronológica y proceso de envejecimiento, dicha relación no es de índole causal puesto que no es la edad en sí misma sino el “cómo se la vive” lo que se relaciona causalmente con el envejecimiento.

Por lo tanto, es válido distinguir, de acuerdo con H. San Martín y V. Pastor, entre la edad biológica o funcional, la psíquica o mental, la subjetiva o fenomenológica y la social.3

Con respecto a la “edad biológica o funcional” nos dicen que corresponde a etapas en el proceso de envejecimiento. Ellas, a su vez, corresponden a etapas en el proceso lento de declinación o de limitación de las capacidades de adaptación del individuo. La edad biológica puede corresponder a la edad cronológica pero no es ley, de modo tal que factores ambientales y psicológicos producen grandes variaciones individuales.

La evolución continua y progresiva del envejecimiento, a partir de la maduración del organismo, parece indicar la existencia de un proceso determinado genéticamente, en cada especie viva, por factores endógenos, lo cual no impide la influencia de factores exógenos que introducen gran variación en el ritmo y velocidad del proceso en el caso del hombre. Por lo tanto, se puede concluir que el envejecimiento biológico (edad biológica) es diferencial, es decir, de órganos y funciones; es también multiforme, lo que significa que se produce a varios niveles: molecular, celular (núcleo, citoplasma, membrana celular), tejidos, órganos, sistemas orgánicos, resultando estructural y funcional al mismo tiempo.

La “edad psíquica o mental” cuyo nivel representa el envejecimiento psicológico se manifiesta en alteraciones diversas, psicosociales y psicoculturales las cuales podrán o no tener derivaciones patológicas según la concepción de vejez y de desarrollo personal que predomine. Así, por ejemplo la angustia que se produce en el anciano frente al decaimiento de sus propias capacidades lo puede llevar a pulsiones destructoras que lo conduzcan al suicidio o a otra agresión.

La regresión narcisista está ligada a una pérdida de la “estimación de sí mismo” frente a la imagen de sí mismo que se hace el anciano, imagen siempre desvalorizada por pérdida de la identidad social (jubilación, inactividad, pérdida de la autonomía, etc.). Este cuadro psicológico es más frecuente y violento en los hombres que en las mujeres, tal vez porque aún, en ellos, la pérdida del rol es más fuerte por razones sociales y psicosociales.

La “edad subjetiva o fenomenológica” se refiere a aquélla que la persona siente honestamente tener desde el punto de vista físico, mental y social. Corresponde a la percepción del envejecimiento por la persona que lo experimenta como un sentimiento de haber cambiado con la edad (capacidades biológicas, funciones, vitalidad, etc.) o de ser el mismo de antes.

La “edad social”, en cambio, hace referencia a la representación social dominante de la vejez. A veces, es tan precisa que se hace oficial y se institucionaliza como sucede con la “jubilación” que no necesariamente significa “vejez” ni incapacidad para el trabajo. Pero aun en los que no trabajan se produce socialmente la representación del envejecimiento más por la edad cronológica que por los síntomas físicos, biológicos, funcionales y mentales que manifiesta el individuo. La familia, los amigos y la sociedad esperan de los mayores que cumplan todo un sistema de actitudes y de comportamientos que caracterizan al viejo en la sociedad, cuestión que es propia de la tradición cultural y totalmente convencional.

Cada sociedad, desde la antigüedad, define las etapas etarias de la vida del individuo y fija las condiciones de acceso de una a otra. De modo tal que el envejecimiento social puede identificarse por las características que se le asignan a la persona en determinadas edades que la sociedad considera “vejez”.

Ser socialmente viejo implica ser reconocido como viejo por la sociedad en que uno vive y por sus instituciones. Un ejemplo de ello es la jubilación que, en las sociedades actuales, representa la marca oficial del “ser viejo” y del regreso a la dependencia económica y social.

El envejecimiento social se traduce en una sucesión de cambios irreversibles, muchas veces críticos tales como la pérdida o disminución de roles sociales, familiares, profesionales, la disminución de los ingresos o la limitación de las relaciones sociales. Sin embargo, el envejecimiento social es, al igual que el biológico, de tipo diferencial entre las personas y de un grupo social a otro ya que está marcado por la clase social y la historia familiar y personal del anciano, su preparación técnica o profesional, su proyección laboral.

Si bien, cada vez más se advierte la complejidad implícita en el proceso de envejecimiento, aún hoy la mayoría de las tentativas destinadas a definir o describir tal proceso parten de fundamentos biológicos y se orientan con las teorías biológico-fisiológicas lo cual lleva a concebir la gerontología como un ámbito propio de la ciencia médica.

Tal enfoque deja de lado, explícita e implícitamente, una concepción de persona como unidad indisoluble y centro de repercusión de los cambios que se dan en cualquiera de sus dimensiones. Desde este punto de vista, el objeto de la investigación gerontológica sólo tendrá sentido si en vez de circunscribirse a la edad avanzada considera el “proceso de envejecer” como una totalidad que hay que abordar interdisciplinariamente debido a su carácter complejo y sistémico.

En consecuencia, interesa considerar los aportes de la psicología evolutiva del ciclo vital que permitan comprender mejor el envejecimiento personal. Sin embargo, y a los efectos de un mejor esclarecimiento al respecto, conviene previamente aclarar los términos: “desarrollo”, “evolución” y “devenir” ya que se prestan a confusión y malentendidos conceptuales.

Con el concepto “desarrollo” se hace referencia a una serie de cambios orientados a un fin, dentro de un determinado espacio de tiempo. B. Lievegoed4 distingue entre “cambio”, “crecimiento” y “desarrollo”. “Cambio” significa solamente que no hay momento estático, que todo se mueve en la corriente del tiempo. El cambio sólo es interesante cuando sigue un determinado sistema, pues puede hablarse de una cierta regularidad, que corresponde a la normalidad descrita por las ciencias naturales. “Crecimiento” es un cambio sistemático, en el cual un determinado factor, dentro de un sistema, gana en cantidades, magnitudes o peso. “Desarrollo” es un crecimiento en el cual aparecen cambios estructurales en determinados puntos dentro de un sistema de conjunto.

Una teoría dinámica de la personalidad entiende la noción de “desarrollo” no en su forma tradicional de “configuración activa”, de “despliegue de disposiciones” que concluyen al final de la adolescencia sino como “enfrentamiento activo con la oportuna situación vital” (Erikson, Havighurst, Thomae, Lehr). En este último sentido implica “una modificación de las vivencias y del comportamiento humano en el curso de un proceso vital que abarca desde el nacimiento a la muerte”.5

Para los teóricos de la Life Span Developmental Psychology (Psicología del Desarrollo Continuo), entre los que pueden citarse a Havighurst, Neugarten, Goulet y Baltes, el proceso de desarrollo dura toda la vida, no tiene un tiempo definido y determinado de duración. Implica el principio de enfrentamiento con una situación vital que lleva necesariamente a desplegar una nueva e inédita respuesta, una nueva orientación. Este concepto de desarrollo permite concebir la vejez como otra etapa de vida y no reducirla a involución o regresión.

Según Charlotte Bühler “desarrollo” es un cambio bajo las leyes de maduración en una determinada dirección. El proceso de desarrollo transcurre per definitionem de modo discontinuo. De acuerdo a ello se puede decir que desarrollo es crecimiento de crisis estructural en crisis estructural. En este sentido es importante destacar que la formación de la persona es posible en la medida en que se vayan superando, a través de las distintas fases de la vida, las crisis típicas o propias que cada una de ellas le va presentando.

La vejez, al igual que las otras etapas de la vida, tiene su propio conflicto originado, en este caso, entre la aspiración natural al crecimiento y la decadencia biológica y social que vivencia. El enfrentamiento de ambas dimensiones provoca una situación de crisis.

El sentido originario de “crisis”(b) es “juicio” (en tanto que decisión final sobre un proceso), “elección” y, en general, terminación de un acontecer en un sentido o en otro. La crisis “resuelve” pues, una situación, pero al mismo tiempo designa el ingreso a una situación nueva que plantea sus propios problemas. En el significado más habitual de “crisis” es dicha nueva situación y sus problemas lo que se acentúa. Por este motivo se suele entender por crisis una fase peligrosa de la cual puede resultar algo beneficioso o algo pernicioso para quien lo experimenta.

En general, no puede, pues, valorarse a priori una crisis positiva ni negativamente, ya que ofrece por igual posibilidades de bien y de mal. Pero ciertas valoraciones anticipadas son posibles tan pronto como se especifica el tipo general de crisis. Por ejemplo, se supone que una crisis de crecimiento de una persona puede ser beneficiosa.

Una característica común a toda crisis es su carácter súbito y, por lo usual, acelerado. La crisis no ofrece nunca un aspecto “gradual” y “normal” además parece ser siempre lo contrario de toda permanencia y estabilidad.

La crisis personal designa una situación en la cual la realidad humana emerge de una etapa “normal” o —pretendidamente “normal”— para ingresar en una fase acelerada de su existencia, fase llena de peligros, pero también de posibilidades de renovación. En virtud de tal crisis se abre una especie de “abismo” entre un pasado —que ya no se considera vigente e influyente— y un futuro —que todavía no está constituido. Por lo común, la crisis humana individual es crisis de creencias y, por lo tanto, el ingreso en la fase crítica equivale a la penetración en un ámbito en el cual reinan, según los casos, la desorientación, la desconfianza o la desesperación.

Lo característico de la vida humana es el aspirar a vivir orientada y confiada, por ello es usual que tan pronto como esta vida entra en crisis busque una solución para salir de la misma. Esta solución puede ser de muy diversos tipos: en ocasiones es provisional —como cuando la vida se entrega a los extremos opuestos del fanatismo o de la ironía desesperada— otras veces es definitiva —como cuando la vida logra realmente sustituir las creencias perdidas por otras.

Se puede decir que la crisis y el intento de resolverla son simultáneos. Sin embargo, dentro de estos caracteres comunes hay múltiples diferencias en las crisis. Algunas son más “normales” que otras: son las crisis típicas para las cuales hay soluciones “prefabricadas”. Otras son de carácter único y exigen para salir de ellas un verdadero esfuerzo de invención y creación. Algunas son efímeras, otras son más “permanentes”. Unas son parciales, otras son —por lo menos relativamente— totales. Una cuidadosa descripción de las notas específicas de cada crisis debe preceder a todo análisis general de ella y en particular a toda formulación de hipótesis sobre sus causas.

En cuanto al término “evolución” si nos atenemos a su significado originario (evolutio, del verbo evolvo), dicho vocablo designa la acción y efecto de desenvolverse, desplegarse, desarrollarse algo.

La idea o imagen que suscita “evolución” es la del despliegue, desarrollo o desenvolvimiento de algo que se halla plegado (o replegado), arrollado o envuelto. Una vez desenvuelta o desplegada, una realidad puede revolverse o replegarse. A la evolución puede suceder la involución. Entendemos que este concepto puede ser válido para referirse más bien al desarrollo biológico, pero resulta inapropiado en relación a la persona humana en su totalidad.

Con respecto al galicismo “devenir” (c) si bien ya es de uso corriente en la literatura filosófica en lengua española, su significación no es unívoca. A veces se usa como sinónimo de “llegar a ser”, a veces se considera equivalente a “ir siendo”, a veces se emplea para designar de un modo general el cambiar o el moverse los cuales suelen expresarse por medio del uso de los correspondientes sustantivos: “cambio” y “movimiento”.

En razón de ello, es conveniente distinguir el devenir como devenir cualitativo (que puede llamarse “cambio”) y el devenir como devenir cuantitativo (que puede calificarse de “movimiento”).

Dentro de esa multiplicidad de significaciones parece haber un núcleo significativo invariable en el vocablo “devenir”: es el que destaca el proceso del ser o, si se quiere, el ser como proceso. Por eso, es habitual contraponer el devenir al ser en un sentido análogo al que en el vocabulario tradicional se contrapuso el in fieri al esse para expresar el hecho de estar haciéndose.

El vocablo “devenir” es el más apropiado para referirse a los cambios que se van dando en el ciclo vital del hombre. Este vocablo ofrece varias ventajas sobre el término “cambio” pues este último es más restringido. Entre ellas cabe mencionar, por una parte, el ser capaz de designar todas las formas del llegar a ser, del ir siendo, del cambiarse, del acontecer, del pasar, del moverse, etc. Por otra, el ser susceptible de tomar un sentido más propiamente filosófico que otros vocablos, en parte porque su significación resulta más natural que la de los otros.

Los términos antes mencionados, cuando se refieren al proceso de envejecimiento humano, requieren una clara y definida interpretación en su sentido total, puesto que conllevan, muchas veces, una concepción funcionalista y determinista sobre el mismo.

Desde nuestra concepción de la existencia humana, el concepto de desarrollo existencial más importante es el de “llegar a ser”. La existencia nunca es estática: siempre está en proceso de llegar a ser algo nuevo, de trascenderse. La meta es llegar a ser completamente humano, es decir, realizar todas  las potencialidades de ser-en-el-mundo o Dasein (d). Este es un proyecto infinito y difícil porque la elección de una posibilidad siempre significa excluir todas las demás.

Es responsabilidad de toda persona libre (con lo cual se rechaza el concepto de causalidad y determinismo en la conducta) realizar tantas posibilidades de ser-en-el-mundo como le sea posible puesto que siempre habrá que contar con la base de la existencia —el lanzamiento en el mundo— que establece límites precisos al devenir de una persona.

Si tomamos en cuenta el desarrollo biológico es fácil observar que éste tiende hacia una finalidad. Todo organismo vivo, desde su inicio, mantiene un proceso de crecimiento cuantitativo y cualitativo hasta alcanzar su conformación como organismo maduro, según su especie, el cual es seguido, a su vez, por otro proceso que es de deterioro e involución hasta su muerte. El hombre, no constituye una excepción a esta ley inherente a lo vivo.

Desde una concepción antropológica que reconoce tanto la dimensión biológica como la psicológica, la socio-cultural y la espiritual en íntima imbricación personal, resulta impropio reducir el proceso de envejecimiento humano a un mero proceso biológico, sino más bien, exige analizarlo en el contexto total en que se produce: la naturaleza compleja de la persona humana y la naturaleza compleja de las sociedades humanas.

Si nos ubicamos en las últimas etapas de la vida y más específicamente en la vejez ésta se presenta, para algunos, los más fatalistas, siguiendo el modelo deficitario, como una etapa de deterioro, decadencia, desgaste a la que le sigue irremediablemente la muerte. Otros, en cambio, tratan eufóricamente de ocultar todo aspecto negativo y la perciben como la cúspide, la plenitud del perfeccionamiento, como una edad de serenidad y sabiduría.

Aparecen así dos dimensiones contradictorias de la misma vivencia: el declinar inevitable y la aspiración a la plenificación personal. En realidad, no es una u otra situación sino que la vejez implica tanto posibilidades de acrecimiento cualitativo como de deterioro progresivo e irreversible.

Entendemos, al igual que J. Laforest que del conflicto entre ambas dimensiones resulta una situación de crisis. Por ello, “el arte de ser anciano consiste en solucionar una crisis ontológica entre la aspiración innata al crecimiento y la experiencia de un irreversible declive”. En tal sentido, ese autor define la vejez como “una situación existencial de crisis, resultado de un conflicto íntimo experimentado por el individuo entre su aspiración natural al crecimiento y la decadencia biológica y social consecutiva al avance en años”.6

Entender la vejez como crisis existencial permite superar las definiciones parciales que acentúan ya sea su dimensión biológica, cronológica o social. También lleva a reconocer su propia dinámica al quebrar el conflicto, producto de modelos contradictorios de envejecimiento y a aceptar la dialéctica que se establece entre los dos polos existenciales: el desgaste e involución normal del organismo humano y el devenir personal.

Desde una perspectiva de normalidad, una persona sana, madura, integrada, asume el envejecimiento personal como un proceso natural, implícito en la condición humana. En coincidencia con Langarica Salazar es válido entender que “envejecer es una vivencia personal, impredecible, única en nuestra existencia: es la gran lección que día a día nos da la vida”.7

Plantear el envejecimiento humano desde un enfoque integrador significa considerar todos los aspectos tanto personales como sociales que ello involucra. Un tema central para su comprensión es la relación entre salud y envejecimiento, la cual involucra el bienestar y la calidad de vida de las personas mayores.

Salud y envejecimiento

Existen grandes lagunas en el conocimiento del estado de salud de las poblaciones de edad avanzada como consecuencia de los problemas de conceptualización y definición de la salud y de las dificultades para medirla.

La salud es un proceso complejo, dinámico, dialéctico, de equilibrio inestable, función de una enorme cantidad de factores de distinto orden. La Organización Mundial de la Salud la ha definido como “el estado de completo bienestar físico, psíquico y social y no sólo como la ausencia de enfermedades”. Así entendida, parece una meta un tanto utópica más que una realidad posible de lograr.

Desde el punto de vista biológico, la vida y la salud no tienen otro valor posible que el biológico, es decir, el continuar viviendo, que es la finalidad de ella.

Desde un punto de vista social el hombre si bien es visto como un ser humano, con igual valor para todos, suele ser considerado como un ser productor (homo economicus) con valor económico.

Entre estas dos variables, la biológica y la económica, se producen toda clase de contradicciones y situaciones de menoscabo personal. Se puede calcular el “costo de la vida” o el “costo de la salud” de un hombre, pero estas dos condiciones no tienen “precio” puesto que la persona humana es un valor en sí misma, es la síntesis de todos los valores, constituye el supremo valor. Sin embargo, según sea la concepción de sociedad en que nos ubiquemos, muchas veces el costo de la vida humana y de la salud se presentan como relativos, es decir, dependen del tipo específico de sociedad, de los valores culturales, de la capacidad de producción y, en este caso, de la edad, sexo, etc., todo lo cual genera apreciaciones desiguales en las diferentes etapas de la vida frente a la salud, a la enfermedad y a la muerte.

La concepción de salud no debiera reducirse a entenderla sólo como un proceso de adaptación ecológica necesario para la vida. Ella debe incluir además, la capacidad de desarrollar una perspectiva integradora de la realidad y construir con ésta vínculos activos y transformadores que permitan satisfacer las necesidades crecientes de un ser en permanente evolución psicocultural y social.

Como el proceso de la vida es una situación permanente de equilibrio-desequilibrio ecológico, el funcionamiento del sistema orgánico y mental no puede ser sino una situación permanente de funcionalidad en variación normal-anormal, con diferentes niveles de gravedad.

La situación de salud física y mental es una cuestión de grados, ella no puede ser absoluta por la complejidad variable de la relación organismo-ambiente. El individuo la siente como “alegría de vivir” o como armonía entre el organismo biológico-mental y el ambiente cultural-social que incita a la acción, a la creatividad. La comunidad, frente a un ambiente social saludable, vivencia lo que llamamos bienestar social.

La situación de enfermedad la siente el individuo a través de la incapacidad que produce el no lograr la armonía necesaria entre su yo y su ambiente; la comunidad la siente como un riesgo de muerte que es preciso eliminar o prevenir para poder continuar viviendo.

Una persona podría, teóricamente, vivir sin enfermar hasta llegar a su muerte natural después de haber vivido la longevidad máxima. Si bien esta posibilidad existe, no es muy frecuente debido al ambiente social humano cargado de riesgos para nuestro organismo. Sin embargo, la gente podría seguir viviendo hasta llegar a los límites, siempre relativos, de la capacidad estructural y funcional determinada por la dotación biológico-genética. Esto afirmaría la tesis de que la vejez no es una “enfermedad obligatoria” para todos y que una persona puede morir sin enfermar.

Si entendemos la salud como una situación de funcionalidad física, mental y social normal ella debiera contribuir, en el caso de los ancianos, a que el proceso del envejecimiento se desarrolle normalmente.

Los problemas de salud-enfermedad están estrechamente ligados al modo de vida humano y no pueden ser aislados del contexto social en el que se producen. Desde esta perspectiva, las ciencias médicas no constituyen el todo de la salud. La salud o la enfermedad personal o de la comunidad son el resultado tanto del grado de desarrollo personal y social como de la calidad del medio ambiente creado y desarrollado por el hombre.

En consecuencia, si bien se entiende que los problemas de salud competen a la medicina y a las ciencias de la salud debido a la naturaleza biológica de los mismos, no por ello debe serlo de manera exclusiva ya que si destacamos la multicausalidad social, cultural, psicosocial, económica, ecológica y política que los origina, lo correcto es abordarlos desde su total complejidad e interdisciplinariamente.

Al respecto, es importante observar que:

si las estrategias utilizadas por la medicina moderna fracasan en alcanzar los objetivos deseados, a pesar de su progreso técnico, es porque ellas se polarizan demasiado sobre el individuo y sobre la enfermedad ya declarada y no sobre la unidad ecológica y social, ambiente/población, que está en el origen de la enfermedad. En la realidad histórica, la morbilidad extrema que sufrimos y la mortalidad temprana forman parte integrante de nuestras condiciones de vida social y cultural en permanente cambio.8

Desde una concepción antropológica que considera al ser humano en su multidimensionalidad: cuerpo, psiquis y espíritu, el concepto de salud no puede quedar restringido al plano biológico y psíquico sino que debe abarcar a la persona en su integridad y en su red de vinculaciones sociales y culturales propias del momento histórico.

En ese sentido, la salud, se entiende como la capacidad de luchar en la vida, de responder y crear en el seno de una comunidad compleja y móvil. Tal concepto, es corroborado en el pensamiento frankleano para quien el hombre es sano porque el eje de la persona va más allá de la enfermedad. Por ello, se afirma que la neurosis y la psicosis son auténticas “formas de ser y estar en el mundo” que pueden condicionar, pero no determinar al hombre que las porta.

En consecuencia,la salud tanto individual como social, es responsabilidad de cada uno y no exclusivamente de los servicios sanitarios y sociales. Es la búsqueda de la armonía entre la propia interioridad y el medio en que se desenvuelve la cotidianeidad de la existencia.

De lo anteriormente expuesto pueden derivarse importantes consecuencias para la salud y la vida digna de las personas en cualquier edad, en especial si consideramos la vejez, una de las etapas menos valorada en cuanto a condiciones y posibilidades no sólo por la sociedad global sino hasta por los mismos mayores.

El envejecimiento y su relación con el bienestar y la calidad de vida

Si desde otra perspectiva ponemos el acento en el análisis de la naturaleza compleja de las sociedades humanas, se puede advertir que el aumento de la vida media de la población no significa necesariamente una mayor longevidad del individuo. En tal caso, parecería más bien que los problemas de envejecimiento prematuro y de salud en los ancianos debieran abordarse mucho más en términos de “calidad de vida”(e) y de “bienestar” de las personas que en términos de esperanza de vida, aún cuando esos dos aspectos no sean excluyentes. Esto quiere decir que en nuestras sociedades humanas, la noción de vejez debiera estar en gran parte determinada por la calidad de vida y por el bienestar social tanto como lo está la “esperanza de vida al nacer” y la “esperanza de salud” para vivir más, lo cual indica la interrelación de estos procesos y la extremada complejidad de su causalidad.

Ante ello, convendría analizar la noción de bienestar y de calidad de vida que se conciben más apropiadas para la comprensión del tema de estudio desde la concepción personalista con que se lo aborda.

El concepto de bienestar, que el común de la gente, tiene es bastante abstracto, teñido de subjetivismo y, por lo tanto, resulta ambiguo, impreciso. En el término bienestar confluyen otras nociones que no siempre corresponden con el estricto sentido del “bien-estar” como por ejemplo: “desarrollo económico”, “riqueza individual o familiar”, “nivel de vida”, “estado de salud”, “longevidad individual”, “servicios médicos”, “ingresos o salarios”, “satisfacción de necesidades”, “satisfacción de deseos”.

Para algunos autores, la satisfacción de las necesidades de la especie humana es lo que condiciona lo que llamamos calidad de vida y ésta es, a su vez, el fundamento concreto del concepto de bienestar social.9

Otros, preferentemente, relacionan el concepto de “satisfacción” a los “valores” humanos. El contenido de la satisfacción está ligado al valor que cada cual concede a las cosas de la vida: a un fenómeno, a una situación o a la vida humana misma. En esta forma la satisfacción es considerada como una concordancia entre lo que es realmente y el modelo o imagen que tenemos de lo que es; la falta de concordancia produce la insatisfacción.10

El término bienestar social se usa para significar la satisfacción global de los individuos y de la sociedad, en su conjunto, en relación a la existencia personal y a la vida social; este concepto tiene bases objetivas y fuertes connotaciones subjetivas, particularmente, en el sentido de aspiraciones. Esto se debe a que el concepto de bienestar social está estrechamente relacionado con el funcionamiento de la sociedad, con los valores y las normas sociales, con las relaciones sociales, con las aspiraciones de las personas, pero sobre todo, con la satisfacción de las necesidades fundamentales del hombre.

Las necesidades del hombre no son simples demandas biológicas, psicológicas, sociales, económicas, determinadas para siempre sino que se presentan como situaciones dinámicas, variables, transitorias, originadas en las estructuras y en la dinámica de nuestras sociedades y, particularmente, en las relaciones psicosociales y psicoculturales.

El concepto concreto de “bienestar social” es un término general, que tiene connotaciones de una aspiración más que de una condición específica existente, aun cuando su expresión más consistente es la de “calidad de vida”.

El bienestar individual y colectivo está relacionado directamente con el contexto social global y complejo en el que cada sujeto está inserto. Por ello, el análisis de las relaciones de la persona con “su” ambiente (inserción socioprofesional, clases sociales) permite identificar los elementos para una política de bienestar social. Este análisis no es simple porque el cuadro social es de una complejidad de tipo sistémico, es decir, de asociaciones causales sistémicas y no de causalidad lineal.

La identificación de las variables que intervienen en la causalidad del bienestar exige además el conocimiento de los “valores”, de las “normas”, de los “comportamientos psicosociales” que existen en la sociedad y que se relacionan con nuestra naturaleza compleja. La evolución histórica de las sociedades humanas hace que los valores culturales sean variables y diferentes de una sociedad a otra.

Con respecto al concepto de calidad de vida, resulta un poco difícil su esclarecimiento puesto que bajo esa denominación se ha discurrido mucho sin llegar a un verdadero consenso teórico orientador de la praxis social y personal coherente con el mismo.

Un concepto adecuado por su sentido totalizador es el que entiende que:

la calidad de vida de un individuo podría ser concebida como la relación global que él establece entre los estímulos positivos (favorables, agradables, etc.) y los estímulos negativos (adversos, desagradables, etc.) en el curso de su vida social, en sus interrelaciones con las otras personas de la colectividad y con el ambiente total en el que vive, es decir, en el ejercicio de los valores sociales.11

Desde esa perspectiva, es posible incluir en lo que llamamos calidad de vida no sólo lo objetivo y concreto que nos rodea, sino también la reacción subjetiva que ello produce y el valor que le concedemos. Todo lo cual implica concebir el concepto de calidad de vida no como algo dado, rígido, como un posible “estado” sino de manera dinámica como un proceso socioeconómico, cultural y sociopsicológico de producción de “valores”, positivos y negativos, referentes a la vida social, de distribución social de estos valores, de percepción social de ellos por la población. Tal concepción lleva a plantearnos la responsabilidad personal y social para producir un ambiente humano personalizante, motivador de bienes y valores comunicables.

Algunos criterios básicos para medir la calidad de vida son:

  • la aptitud que poseen las personas para asumir los roles y actividades sociales en forma adecuada;
  • el mantenimiento de la capacidad intelectual normal en cada período de la vida; y
  • el bienestar individual y colectivo, es decir, el sentimiento de satisfacción general con la vida fruto del descubrimiento de su sentido y del propio lugar en el mundo.

No se debe confundir “calidad de vida” con “nivel de vida” y con “desarrollo económico-social”, pues si bien ambos son componentes de la calidad de vida no necesariamente un alto nivel de desarrollo económico significa una muy buena calidad de vida.

Es por ello imprescindible reconocer la dimensión interdisciplinaria implícita en el concepto de calidad de vida, puesto que es una síntesis de todas las contribuciones de las ciencias que participan en el análisis de los problemas de la vida social del hombre.

El trabajo como actividad humana

Otro núcleo de significativa importancia cuando se trata de las personas mayores y de su vinculación social es el del trabajo.

El trabajo es una de las respuestas que el hombre da a la vida, no con palabras sino con hechos concretos; el modo o el como se vivencia y ejecuta es lo que le otorga sentido.

Todo bien cultural es creado por el trabajo humano. Sin embargo, al igual que otros conceptos que indican dimensiones fundamentales del hombre, ha ido evolucionando desde la antigüedad, particularmente en los últimos cien años, cuando dicho concepto se ha introducido cada vez con mayor frecuencia en la literatura filosófica. Los significados atribuidos son tan diversos que parece imposible reducirlos a un denominador común.

El término trabajo en sentido estricto indica especialmente el trabajo corporal y manual, o bien el trabajo productivo. Desde este punto de vista se distingue entre “el mundo de la cultura” y “el mundo del trabajo”. Este último se lo podría caracterizar, según J. Gevaert, como todo esfuerzo corporal que se hace para transformar la materia y producir un plusvalor o, también, como todas las actividades humanas que constituyen el proceso productivo para transformar la materia.

El término trabajo tiene además un sentido más amplio y más rico: es cualquier actividad humana hecha para realizar un fin serio y necesario. Desde este enfoque R. Kwant, en su filosofía del trabajo, lo define como “toda actividad humana orientada a la satisfacción de las necesidades según las exigencias de la sociedad”.12 Una definición similar es la dada por V. Nell-Breuning: “el hombre trabaja cuando utiliza sus fuerzas corporales y espirituales para realizar un fin serio, que debe alcanzarse o realizarse”.13

Según este último criterio, el hombre trabaja cuando desarrolla sus actividades en el marco de lo que se ha juzgado como necesario para la realización de la sociedad en todos sus aspectos, aun cuando esa actividad no sea productiva y no implique prácticamente ningún esfuerzo muscular.

Cuando se refieren al trabajo como actividad humana los dos sentidos son legítimos y complementarios, guardan entre sí una relación dialéctica ya que tanto el manual como el intelectual son dos facetas de una misma creación cultural e histórica. Por esta razón, cualquier tipo de trabajo es igualmente digno y noble y constituye un camino esencial e insuperable para el ejercicio más pleno de la humanidad del hombre.

Sin embargo, existe una ambigüedad en relación al trabajo ya que si bien por una parte es instrumento y camino de humanización, por la otra, es el lugar donde se cristalizan la mayor parte de las injusticias que existen en la sociedad. El trabajo, por sí mismo, no realiza automáticamente la promoción del hombre sino que requiere un esfuerzo permanente para que se le ponga a su servicio. Dicha ambigüedad afecta a todas las formas de trabajo, especialmente a las que se desarrollan en el marco de la tecnología y de la economía. Toda la estructura de la convivencia social corre el riesgo de quedar aprisionada dentro de la mentalidad tecnológica que prima más acentuadamente en nuestra época y tiende a avasallar al hombre, sacrificándolo en aras de la funcionalidad y de la cientificidad: objetivar todas las relaciones humanas y valorar a las personas en función de su productividad.

En una concepción sociológica del trabajo, éste aparece generalmente vinculado con otras cuestiones, entre ellas, la función de la técnica en la vida humana. En esta línea, Karl Jaspers relaciona el problema del trabajo con el problema de la técnica, de tal modo que ella surge cuando el hombre se apresta a realizar cualquier trabajo. Si bien este último puede ser considerado desde tres ángulos: como trabajo corporal, como acción de acuerdo con un plan y como una característica esencial del hombre a diferencia del animal, para Jaspers la última característica es la más importante porque es la que hace posible la existencia de un mundo humano. Así, la consideración del trabajo como “comportamiento fundamental del ser humano” está ligada al proceso de la humanización no sólo del mundo entorno sino del propio hombre.

La noción del trabajo desde el punto de vista metafísico ha sido elaborada por Raymond Ruyer14 quien identifica el trabajo con la libertad. Las razones son múltiples, entre las cuales, la derivada de la necesidad de elección continua de medios con vistas a un fin (lo cual distingue radicalmente el trabajo humano del “trabajo” realizado por una máquina). Libertad y trabajo siguen, pues, el mismo rumbo. Ahora bien, así como el trabajo no se reduce a la pura producción, tampoco puede ser identificado con el simple esfuerzo penoso y obligado. En verdad, el tipo perfecto de trabajo no es el parcelado ni mecanizado sino el orientado hacia valores. Por lo tanto, todo trabajo propiamente dicho es un “trabajo axiológico”. El propio trabajo físico no escapa a esta regla, aunque se halle bastante alejado del “verdadero trabajo”. Todo valor da sentido y aun realidad al trabajo, pero no todo trabajo produce automáticamente valor.

El trabajo concreto humano oscila entre lo físico y lo axiológico (con lo económico como orden intermedio) pero tiende hacia lo axiológico como optimum. De este modo, el trabajo no es una condena para el hombre, sino lo que le permite escapar a la angustia: es la salvación contra la angustia de la contemplación de la nada.

En sentido similar, M. D. Chenu en su obra Pour une théologie du travail afirma que también en el trabajo —y no sólo en la “vida interior”— puede encontrarse la espiritualidad.

El sentido del trabajo en la vida de las personas

Todo el patrimonio cultural (técnicas, bienes culturales en sentido estricto, principios educativos, etc.) es fruto del trabajo realizado durante generaciones. La expresión de la interioridad de la persona, obligatoria para su realización humana, no se lleva a cabo sin trabajo. Todos los frutos de esta expresión concreta y visible en el mundo material se conservan en virtud de un compromiso permanente de trabajo.

El trabajo representa el espacio en el que la peculiaridad del individuo se enlaza con la comunidad, cobrando con ello su sentido y su valor. En consecuencia, se constituye en un derecho de la persona por el cual le es posible encarnar los valores de creación y dar sentido y dignidad a su vida.

Así concebido, incluye todo esfuerzo físico y/o mental que resulta de la proyección desde diferentes ámbitos de la persona como una decisión personal y libre, no asimilable estrictamente al trabajo profesional. La remuneración, si bien es un componente necesario no siempre resulta suficiente con lo cual se pretende relativizar toda visión economicista del trabajo y encuadrarlo en una categorización antropológica trascendente.

El trabajo no sólo ocupa nuestro tiempo sino que además configura nuestra vida individual y social: nuestros horarios, costumbres, vacaciones. El trabajo viene condicionado por la clase social a que se pertenece y por una serie de oportunidades que la vida pudiera habernos brindado, lo que lo hace doblemente estructurador de nuestra conducta.

Hay una clase de trabajo que además de constituir la ocupación implica una auténtica vocación, un trabajo en el cual la persona no solamente se siente útil, sino que representa una tarea que le reporta reconocimiento, prestigio, etc. En ese caso, abandonarla resulta normalmente menos deseado, si es que no hay una neta resistencia u oposición.

En la vejez, entendida como edad de la jubilación, es importante tener en cuenta la actitud con que se afronta este hecho. El retiro juega un papel negativo si la persona jubilada o por jubilarse lo ve, al margen de lo económico, como una situación de minusvalía que lleva a pérdida de prestigio, al debilitamiento o quiebre de las relaciones con los compañeros de profesión o trabajo, a sentirse inútil frente al grupo y la sociedad.

No sólo la clase o tipo de trabajo puede influir en la valoración del retiro o de la jubilación sino también el modo como uno se relaciona con la ocupación. El que “se ata” a la tarea y vive no sólo de ella sino para ella, sin más horizontes, llegando a centrar sus intereses sólo en lo profesional o laboral, es comprensible que se sienta desvinculado. Su rutina ha anulado su creatividad, su capacidad de manejar situaciones nuevas.

La jubilación significa abandonar los roles habituales en los que se sentía competente y seguro. Si la persona no ha desarrollado a lo largo de la vida capacidad y actitud de aprender nuevos roles, nuevas formas de actuación y de relacionarse con los demás, las dificultades se le presentarán inevitablemente. Aquellos roles, junto con la seguridad, le daban autoridad y prestigio y en ello basaba la estima de sí misma. Con la jubilación ese sentimiento se desmorona y es bien conocido que sin un mínimo de autoestima la vida se hace difícil, si no imposible.

La importancia existencial del ejercicio profesional o laboral se percibe en toda su magnitud cuando la persona lo pierde. Tal es el caso de los desocupados y, en particular, de los “jubilados”. Frankl se refiere a ellos como posibles víctimas de la “neurosis de la desocupación” de la cual, nos dice, “es curioso que entre sus síntomas ocupe el primer lugar, no un estado depresivo, como podría pensarse, sino un estado de apatía”. En la persona sin empleo u ocupación va aumentando progresivamente la falta de interés y decae poco a poco la iniciativa; “experimenta la vaciedad de su tiempo como vacío interno, como vacío de su consciencia”. Se siente inútil al carecer de trabajo, de ocupación. Por no tener nada que hacer, considera que su vida carece de sentido.15 Lo decía Pascal en sus “Pensées”: “No hay nada tan insoportable para el hombre como el no tener una tarea, un objetivo”.

Es importante no confundir la plenitud de trabajo profesional con la plenitud de sentido de la vida creadora. Desde el punto de vista de la salud mental, lo importante no es que una persona sea joven o vieja. No es cuestión de edad sino de que su tiempo y su conciencia tengan un objeto al que se entregue, y de que ella misma tenga la sensación, a pesar de su edad, de vivir una existencia valiosa y digna de ser vivida. Tampoco es necesario que la actividad sea retribuída o no. Lo importante y decisivo es que esa actividad despierte en la persona, aunque ésta sea ya anciana, la sensación de existir para algo o para alguien.

El trabajo visto como un derecho de la persona y una necesidad de la condición humana, en cualquier etapa de la vida, implica disponer de posibilidades y alternativas para el ejercicio concreto de actividades en diferentes áreas de la personalidad, a lo largo de la vida. Pero también exige de las personas hacerse cargo de su propia situación y admitir que la edad cronológica no es justificativo para eximir a su vida de toda responsabilidad ante sí mismos y ante los demás.

Dinámica y desarrollo de la existencia humana

Hasta aquí nos hemos referido a conceptos y principios relacionados con la salud, el bienestar, la calidad de vida y el trabajo de las personas tanto desde la perspectiva individual como social. Surge, sin embargo, una pregunta de fundamental importancia para esclarecer aún más la concepción de envejecimiento sustentada en este trabajo. Es acerca del significado mismo de la vida humana.

Al considerar el desarrollo existencial de las personas nos enfrentamos con la dialéctica: continuidad a lo largo de la vida —cortes, etapas o fases, debido a las crisis pero que ayudan a esa continuidad. Ante ello, pareciera necesario detenernos a analizar previamente el concepto y naturaleza de “la vida”, ya que tal concepto es tomado en sentidos tan diversos que dicha expresión resulta ambigua.

En términos generales, predominan dos sentidos básicos: el de la vida como vida orgánica o vida biológica y el de la vida como vida humana. Interesa detenernos en este último para lo cual recurrimos a quienes reflexionaron buscando su sentido trascendente, tratando de superar lo meramente biológico.(f)

Entre los filósofos caracterizados dentro de las llamadas “filosofías de la vida” Nietzsche habló de “la vida” usando a menudo un lenguaje biológico (o biologista) pero con tendencia a centrar su concepto en la vida humana. Lo que le interesaba a Nietzsche era “valorar” o, mejor, “revalorar” la vida llegando hasta su máxima expresión: la voluntad de poder. Hay, según este filósofo, una vida ascendente y una vida descendente; la primera tiene un valor positivo y permite realizar la transvaloración que, por otro lado, resulta justificada por “la vida misma”.

Para Bergson, la vida es coexistensiva a la conciencia. Aunque vida y materia se oponen, como se oponen la libertad y la necesidad, la vida encuentra un medio de reconciliar esta oposición, porque “la vida es precisamente la libertad que se inserta en la necesidad y la atrae a su provecho”. La vida es irreductible a la cantidad, al esquema, a la medida. La evolución creadora es el desenvolvimiento de la vida en sus infinitas posibilidades, desbordando todo lo que no es sino residuo de la libertad pura y de la creación.

Max Scheler, por su parte, describe y critica la concepción moderna mecanicista de la vida. Para la época moderna a partir de Descartes, afirma Scheler, la vida no es ya un “fenómeno primario”, sino sólo un complejo de procesos mecánicos y psíquicos.

Al referirse a la concepción mecanicista de la vida el citado filósofo nos explica que:

el ser viviente es concebido bajo la imagen de una ‘máquina’; su ‘organización’ es considerada como una suma de instrumentos útiles, que sólo se diferencian por su grado de los producidos artificialmente. Si esto fuera exacto, la vida ya no podría tener, naturalmente, ningún valor substantivo, distinto de los valores utilitarios, esto es, de la suma de los valores utilitarios que corresponden a estos ‘órganos’; y la idea de una técnica vital substantiva, distinta en principio de la técnica mecánica, resultaría absurda, ya que exigiría el desarrollo de facultades opuestas a las que sirven para la técnica mecánica. Paralelamente a esto va el principio —triunfante en la biología moderna hasta el punto de parecer evidente— de que todas las exteriorizaciones, movimientos y acciones del ser vivo, así como los órganos y mecanismos inervadores, sólo se desarrollan y transmiten, en cuanto son ‘útiles’, esto es, en cuanto tienen valor para la conservación de la máquina humana.16

Para Scheler es necesario distinguir entre lo psíquico, lo vital y lo espiritual que constituyen los tres órdenes de la existencia humana dispuestos en jerarquía. Hay que reconocer los valores vitales y admitir que son distintos de los espirituales y que estos últimos son, a su vez, superiores a los primeros. Siguiendo en este sentido a Nietzsche, lo vital es para Scheler una realidad ascendente, un valor irreductible a la utilidad, a los valores de lo agradable y lo desagradable.

En Ortega y Gasset encontramos que la idea de la vida, especialmente como “mi vida”, aspira a superar el nivel en que se movían las anteriores concepciones y tiende a hacer de ella el objeto metafísico por excelencia.

Según Ortega y Gasset, vivir es encontrarse en el mundo, hallarse envuelto y aprisionado por las cosas en cuanto a circunstancias, pero la vida humana no es sólo hallarse entre las cosas como una de ellas, sino saberse viviendo. De ahí que siendo el vivir un verse vivir, la vida humana sea un filosofar, esto es, algo que la vida hace en el camino emprendido para llegar a ser sí misma.

La vida no es ninguna sustancia, es actividad pura. No tiene una naturaleza como las cosas que están ya hechas, sino que tiene que hacerse constantemente a sí misma. Por tal motivo, la vida es elección. En esta elección inevitable se halla el fundamento de la preocupación, del ser de la vida como quehacer, de su proyección al futuro.

De acuerdo con el filósofo últimamente citado, la vida es también, en el fondo, como la existencia de Heidegger, tiempo, mas es un tiempo que sólo analógicamente tiene que ver con el tiempo del mundo, de las cosas, de las circunstancias. Por eso la vida no es nunca algo determinado y fijo en un momento del tiempo, sino que consiste en este continuo hacerse, en esta marcha hacia lo que ella misma es, hacia la realización de su programa, es decir, de su mismidad.17

Si consideramos la concepción antropológica frankleana, el motor básico de la existencia humana es la voluntad de sentido. Para Frankl el eje fundamental de la persona evidencia que la vida está abierta a un sentido por descubrir, asumir y ejecutar. Él nos habla de una tensión noodinámica(g) como opuesta saludablemente a la homeostasis psicodinámica y la define como “una de las características esenciales del ser humano es estar en un campo polarizado de tensiones entre el ser y el deber ser, estar en la presencia del sentir de los valores, ser objeto de sus exigencias”.18

Frankl diferencia la psicodinámica de la noodinámica porque considera que esta última constituye una situación de libertad:

al mismo tiempo que me impulsan los instintos, me atraen los valores, es decir que puedo decir sí o no a la exigencia de los valores; puedo, pues,decidir por una o por otra cosa. Porque la situación de tomar posición libremente no sólo se da cuando me opongo a las condiciones biológicas, psicológicas o sociológicas que, sólo en apariencia me fuerzan, sino también con respecto a una posibilidad de valor que debe ser realizada.19

La posición antes presentada se distingue claramente de la mera adaptación o de la resignación puesto que apela a la capacidad de oposición y reacción del espíritu humano. En este sentido es posible concebir la propia vida como misión a realizar.

Si reconocemos la finitud como algo propio de la condición humana esto nos lleva a considerar límites en el tiempo y en el espacio con lo cual podemos distinguir el fin de la vida como meta a realizar, como proyecto a concretar dentro de la especifidad personal. Tal proyecto peculiar y singular debe ser traducido, por lo mismo, en un estilo o modo de vida personal, sujeto creativamente a la influencia cultural, con valores propios y con dimensión tanto individual como social.

Si bien la tendencia central del hombre es la búsqueda de un sentido para su existencia, tal sentido no es una realidad genérica sino que a cada uno le toca descubrir su sentido único e intransferible.

Cada persona posee una misión a cumplir en la vida, un proyecto a realizar. Cada uno debe encontrar el sentido de cada situación en cada momento de su vida, descubriendo el valor para esa situación, y esto durante toda la vida. Por ello debe hacerse explícito también en la vejez.

Lo señalado precedentemente es destacado por Frankl quien sostiene que tal tesis es válida al quedar debidamente aseverada a través de una metódica y prolija investigación realizada por un importante grupo de sus alumnos que comprobaron que, en la vida, se puede encontrar sentido básicamente y en forma totalmente independiente del sexo, edad, cociente intelectual, grado de cultura, estructura de carácter y ambiente de una persona, incluso de que sea religioso o no y, en caso de que lo fuera, independientemente de la confesión religiosa a la que pertenezca.

En consecuencia, siempre le es posible al hombre, a todo hombre por su simple condición humana, encontrar su sentido de la vida por tres caminos principales de realización de valores: de creación (trabajo), de vivencia (amor) y de actitud (testimonio).

Esto resulta de significativa importancia al considerar situaciones concretas de personas o grupos etarios con diferentes condiciones socioeconómicas o culturales, causa de real menoscabo de sus derechos humanos. Tal el caso, de la vejez, carente de reconocimiento y significado para nuestra cultura y sociedad actual, con serias repercusiones tanto personales como políticas y socioeconómicas.

La persona y su desarrollo existencial: Fases de la vida

La división de la vida humana en fases o etapas es un tema discutible si se concibe la existencia del hombre como un continuum, un transcurrir sin cortes artificiales. Postura ésta que es respaldada por no pocos teóricos que sostienen la idea de que el ciclo vital en sí no es sino una sucesión de roles sociales, de normas formal y consecutivamente adscritas a edades concretas y sociohistóricamente definidas. Las diversas etapas del desarrollo no son, en definitiva, más que el paso de un grupo de edad a otro y, en consecuencia, el tránsito de un status a otro, de una ocupación, rol o tarea a otro.

Los acontecimientos, eventos o cambios que suponen un paso adelante en la vida de las personas pueden ser englobados bajo la denominación de “crisis normativas” en el sentido de que conllevan ansiedad e incertidumbre frente a las nuevas y desconocidas demandas psíquicas y sociales que se les presentan, en determinados momentos, las que son experimentadas por la gran mayoría de los miembros de una sociedad. El desarrollo, el paso de una etapa a otra está siempre impregnado de una cierta tensión psicológica lo que es síntoma de evolución, de crecimiento, de maduración.

Existen, asimismo, diferentes teorías del desarrollo que explican las características y crisis de cada una de las etapas de la vida de un adulto y reconocen, además de lo genético y lo ambiental, una tercera fuerza que la constituye el sí mismo.

Guardini, en su libro Las edades de la vida al tratar sobre el transcurso vital humano, nos dice que el hombre se caracteriza siempre como nuevo..., en todas las fases es siempre el mismo hombre, quien en ellas vive...; es la misma persona, que sabe de sí misma y es responsable de la correspondiente fase vital... Cada fase es algo propio, que no podría ser derivada ni de la anterior ni de la siguiente... Las formas o maneras de vida son también figuras de valor. En ellas se destacan determinados valores, que subyacen bajo determinados dominantes. El niño no existe sólo para que llegue a ser adulto, sino también —aunque no prioritariamente— para que él mismo, esto es, un niño y como tal niño, se haga hombre. Pues es hombre quien vive en cada fase de su vida... Así el verdadero niño es no menos hombre que el verdadero adulto.

Si bien Guardini reconoce fases en la vida advierte que:

estas fases forman en conjunto la totalidad de la vida. Pero no de modo que esta totalidad sea mero conjunto; la totalidad está siempre ahí, desde el principio, en el final y en cada punto... Así el final es operativo durante toda la vida: la realidad de que los pliegues de la vida se hunden y han de desaparecer; de que todo acontecer se mueve hacia un final —final que hoy nosotros llamamos muerte... Cada fase es en orden al todo y en orden a cada una de las otras fases. Dañarla es dañar el todo y cada uno de los elementos singulares.20

En una línea de pensamiento similar encontramos a Martha Moers quien en su libro Las fases del desarrollo de la vida humana describe la vida como un quehacer; un quehacer que el hombre ha de cumplir con la ayuda de sus fuerzas corporales y de las anímico-espirituales. En estas fuerzas espirituales pone ella el punto de gravedad, pues ellas son las que imprimen a la vida su sentido propio y profundo, el que corresponde a la dignidad del hombre. En segundo lugar, considera toda la vida humana como una evolución que avanza más o menos; pero una evolución de lo espiritual lo que comporta en el hombre desarrollado la exigencia de educarse a sí mismo.

La segunda mitad de la vida: La madurez como normalidad sana

La concepción de desarrollo humano como un “continuum” en un “todo” dinámicamente integrado a la vida misma, se muestra en la siguiente síntesis sobre el “logro de la identidad” en relación con el ciclo vital y sus diferentes etapas:21

  • mientras más sentido de identidad, más integrada la personalidad;
  • mientras más integrada la personalidad, más consistentes los comportamientos;
  • mientras más consistentes los comportamientos, más apoyo social;
  • mientras más apoyo social, más fortaleza del yo; y
  • mientras más fortaleza del yo, más clara la identidad.

Del anterior enunciado podemos concluir que la vida humana se desarrolla a modo espiralado en un nunca acabado proceso. Exige a cada persona hacerse cargo de su propia existencia e ir alcanzando, según las edades, capacidades y valores humanos positivos en sí mismos pero, debido al carácter de provisorios requieren actualización permanente. Resulta apropiado hacer referencia a la madurez, como criterio de caracterización de la vida adulta, concepto difícil de definir de manera unívoca.

Según Blanco Abarca,22 una primera y simple acepción nos define la madurez como esa parte de la vida del individuo que se extiende desde los 20-25 años hasta los 60-65 años. El hombre maduro sería, pues, aquella persona comprendida entre esos dos amplios límites de edad. Esta definición, nos dice, es sin duda tan correcta como incompleta, fundamentalmente por dos razones: en primer lugar, porque el tiempo y la edad, además de una naturaleza cronológica, poseen un significado sociocultural de mayor relevancia para nuestros propósitos.

Si tomamos en cuenta la naturaleza social de la persona, la edad es un elemento capital en la dinámica y estructura social de la que forma parte. No sólo es un ser histórico que nace, se desarrolla y muere a lo largo de un período determinado de tiempo, sino que es un ser social, un elemento activo de una estructura de roles y estatus. De ahí que, según el autor antes mencionado, son los aspectos sociales los que pueden dar la clave respecto a las características de la madurez, puesto que desde el punto de vista evolutivo, es bien conocido el alcance social de la edad, la concepción social del tiempo, el tiempo social como aquel conjunto de actividades que subyacen a las maneras en que una sociedad gradúa las edades.

La edad y el tiempo cronológico actúan, ciertamente, como sistemas importantes de apoyo, pero casi nunca y menos durante la vida adulta, como determinantes o condicionamientos directos de los acontecimientos y actividades propias de una fase del ciclo vital.

Siguiendo a Huyck y Hoyer,23 que han sido bastante explícitos a ese respecto, al referirse a las modalidades que puede adquirir el fenómeno de la edad se pueden distinguir entre una edad cronológica definida por el tiempo pasado desde el nacimiento; una segunda, biológica que tiene que ver con los diversos niveles de la madurez física; existe una edad psicológica asociada con la maduración de procesos cognitivos, emotivos, etc.; una funcional, medida por la capacidad de adaptación a las exigencias sociales y, finalmente, una social relacionada con los roles, hábitos y expectativas respecto a la participación social.

La madurez, en consecuencia, no es principalmente ese período de la vida comprendido entre dos momentos cronológicos, sino el conjunto de actividades y eventos que se suceden a lo largo de una serie de años (no importa demasiado cuáles ni siquiera cuántos), que varían según las sociedades y los momentos de la historia. No es sólo la edad o tiempo cronológico el que marca este tipo de actividades, sino la época y la sociedad en que nos toca vivir y nuestra propia trayectoria histórica y vital.

De lo explicitado anteriormente también se puede deducir que la edad personal y, por ende, el grado de madurez es la síntesis única e irrepetible que se da en cada persona, en un momento determinado de su existencia, por lo cual la hace singular aún en el grupo etario correspondiente y, a medida que se avanza en edad cronológica y se va pasando por las etapas de la vida adulta, esto se hace cada vez más evidente porque se van destacando los rasgos propios de la historia individual.

A pesar de las dificultades antes mencionadas para precisar lo que se entiende por madurez, algunos autores trataron de hacerla comprensible a través de enunciados que consideran a la persona madura como equivalente a la persona normal y sana.

Allport24 propuso una lista de seis criterios de la personalidad madura que, a su juicio, abarcaba todos los elementos básicos que le son necesarios a un adulto normal y sano.

1. Extensión del sentido del sí mismo. Se refiere a lo que con frecuencia se denomina involucración o compromiso del yo; se alcanza cuando una persona se entrega plenamente a sus actividades y por lo tanto, participa realmente en la vida.

2. Una relación cálida del sí mismo con los demás. Allport menciona aquí las capacidades de dar amor y de sentir intimidad y compasión sin celos.

3. Seguridad emocional (auto-aceptación). Una persona debiera sentir suficiente confianza en sí misma como para tolerar los acontecimientos frustrantes y sus propias deficiencias sin por ello tornarse subjetivamente amargado u hostil hacia afuera. Los impulsos emocionales amenazadores pueden ser aceptados, pero será preciso mantenerlos controlados mediante un sentido de la moderación para que no produzcan depresiones serias o ataques impulsivos a los demás.

4. Percepción, destrezas y auto-imposiciones realistas. Esto significa pensamiento claro y buen juicio: debiera uno ser capaz de funcionar de acuerdo con la realidad, encontrando un lugar en la vida que sea adecuado a sus talentos.

5. Auto-objetivación: insight [perspicacia] y humor. La persona madura debe conocerse a sí misma como objeto y comprender la diferencia que existe entre lo que es, lo que querría ser y lo que otros piensan de él. El humor es muy importante porque puede impedir la auto-glorificación jactanciosa o la afectación. El hombre que puede reírse de vez en cuando de sí mismo será capaz de conservar un grado adecuado de humildad.

6. Una filosofía unificadora de la vida. Allport ha examinado esta idea de varias maneras, mencionando cosas tales como las orientaciones valorativas, los sentimientos religiosos y la dirección de la vida. En pocas palabras se sugiere que la persona madura tendrá un sentido fuerte y unitario del propósito que la anima y que subyace bajo su experiencia cotidiana. Pueden hallarse ejemplos y extremos de este criterio entre los científicos, los artistas, los revolucionarios o los hombres de iglesia realmente dedicados. En sus vidas, todo se subordina a ciertos objetivos que guardan relación con valores profundamente arraigados. Por ello es que la filosofía de la vida sirve como una especie de plan regulador o de plano sobre el cual puede asentarse el sentido.

Según Erikson,25 en la etapa de la madurez, el problema básico que espera a las personas, que en los períodos anteriores han alcanzado las cualidades yoicas apropiadas, es el desarrollo de un sentido de la “fecundidad” lo cual significa una preocupación por las personas jóvenes de la generación siguiente. A esta cualidad se la debe comprender como a un nuevo aspecto de la identidad personal que le permite al individuo maduro conservar un sentido a través de su compromiso con aquellos que vendrán después de él.

La fecundidad no es entendida simplemente como una cuestión de altruismo y caridad sino que hace referencia manifiestamente a una transacción psicológicamente significativa entre las personas maduras y las jóvenes. Para este autor, la naturaleza misma del hombre se ha desarrollado de tal manera que hace de esta transacción un rasgo esencial de la vida madura. Por lo general, las personas expresarán la fecundidad a través de su preocupación por sus propios hijos, aunque Erikson incluye otras formas de actividad creadora bajo este aspecto.

Con respecto a las personas maduras que no logran alcanzar dicha fecundidad pueden sufrir “estancamiento”, estado cuyos signos pueden observarse en las personas que se preocupan excesivamente por sí mismas. Erikson no consideró el desgaste per se como uno de los factores críticos de la madurez. Sin embargo, ese factor parece hallarse claramente indicado en su afirmación de que el estancamiento se ve marcado por una sensación de “empobrecimiento personal” que puede ser evitado si se encuentra un sentido significativo para la vida. En su caso, el más satisfactorio lo constituye la preocupación por la siguiente generación y los propios hijos en particular.

Sobre la base de su análisis de numerosas historias de vidas normales, C. Bühler describió la madurez como un “período de culminación” porque constituye la época en que la mayoría de las personas alcanza un pico productivo en su vida profesional y personal el que transcurre entre las edades aproximadas de 28 y 50 años. Si bien prevalece un carácter positivo en la visión general de Bühler sobre la madurez, buena parte de sus consideraciones teóricas se vinculan con el problema del desgaste y el sentido. Esta autora sugiere que la “expansión creadora” del sí mismo durante la primera parte de la madurez (aproximadamente desde los 25 hasta los 45 años) comprende la “auto-realización en la ocupación, el matrimonio y la propia familia”.26

La auto-realización implica también sentido. Sin embargo, Bühler no trata estos dos conceptos como equivalentes en relación a la persona madura. Por el contrario, su obra hace referencia a que cuando las personas se encuentran intensamente comprometidas en el esfuerzo de autorrealizarse no se preocupan mucho por el sentido. Sólo después, durante lo que denomina la “fase climatérica” (que comienza aproximadamente a los 45 años) parecen tener tiempo las personas para reflexionar, o tal vez se trate de que el impacto acumulado del desgaste las lleva a adoptar esta actitud reflexiva.

Según Bühler, los problemas de sentido se tornan cruciales cuando las personas pasan a través de una “autoevaluación crítica”:

Inclusive las personas que hasta este punto no han sido muy reflexivas pueden sentirse inesperadamente abrumadas por sentimientos de culpa relativos al tiempo que perdieron o que no utilizaron del modo más ventajoso para obtener lo que habrían podido sacar de la vida, para lograr lo que habrían podido lograr, para proporcionar seguridad a su vejez y un sentimiento de plenitud o logro a su vida considerada como totalidad.27

En general, C. Bühler sostiene que la personalidad madura se ve moldeada en primer lugar por el esfuerzo hacia la auto-realización y posteriormente por la inevitable evaluación de la medida en que se la ha logrado. A su vez esta autora menciona, como lo hiciera Erikson con respecto al estancamiento, que si esa evaluación arroja un resultado negativo, las personas mostrarán rasgos neuróticos e intentarán inclusive el suicidio en los casos extremos.

Para V. Frankl, el aspecto central en la persona adulta madura es la voluntad de adquirir sentido, principio difícil de precisar en una definición. Al darle la denominación de voluntad quiere distinguirlo de una mera necesidad o impulso puesto que, éstos pueden satisfacerse de manera tal de lograr un estado de equilibrio, mientras que la voluntad de sentido no se satisface nunca realmente. Se la entiende como una especie de aspiración humana metafísica a encontrar un propósito de la existencia e implica fundamentalmente valores y responsabilidades que trascienden la propia vida de la persona.

Frankl disiente de quienes ven el sentido como resultado de la autorrealización pues sostiene, en cambio, que tales experiencias se producen espontáneamente como un efecto de la realización de valores y del cumplimiento del sentido.

Los autores precedentes, de uno u otro modo, ponen el énfasis en el papel dinámico que el sentido representa en la madurez de la persona. Los diversos conceptos usados: fecundidad, autoevaluación crítica, voluntad de sentido... se vinculan con el problema central del modo en que las personas responden a las tensiones generadas por el inevitable desgaste. Las significaciones de todas las expresiones son semejantes: si no se logra un sentido significativo para la propia vida, entonces interfiere el desarrollo posterior y los adultos mayores pueden mostrar signos neuróticos.

Acerca de la vejez como etapa del desarrollo humano

Son muy pocos los estudiosos del desarrollo humano que abarcaron también la vejez y la senectud como etapas posteriores a la madurez plena. Con respecto a estos últimos, son importantes las contribuciones teóricas específicas de los ya mencionados precedentemente: E. Erikson y C. Bühler.

En primer término nos detendremos en los supuestos básicos de la teoría del desarrollo de Erik Erikson:28

  • La personalidad humana se desarrolla de acuerdo con pasos predeterminados y, según la disposición de la persona en crecimiento, de dejarse llevar hacia un radio social cada vez más amplio, a darse cuenta de él y a interactuar con ese medio.
  • La sociedad tiende a constituirse de tal modo que satisface y provoca una sucesión de “potencialidades” para la interacción, disponiendo de mecanismos que permitan salvaguardar el ritmo y secuencia adecuada del desenvolvimiento.
  • En cada etapa del desarrollo, el individuo se enfrenta al dilema de definir algunos conflictos. La resolución del conflicto dependerá del ambiente psicosocial que rodea al individuo. Por eso el énfasis está en el desarrollo psicosocial del individuo.
  • El ser humano está en constante cambio, su personalidad no es fija y la integridad del yo se logra a través de un proceso constante de desarrollo.

Erikson establece un “diagrama epigenético” en el que presenta la evolución del yo como un “continuum” en donde cada etapa representa un conflicto a resolver lo cual permite, a su vez, el alcance de lo que él denomina “proporciones favorables” que es igual a realizarse, llegar a la meta o solución del conflicto.

El mencionado autor subraya que cada época o etapa de la vida tiene unos cometidos propios con su vertiente positiva y unos riesgos o negatividad posibles, pero insiste en que una edad determinada no es un mero residuo del pasado, sino que tiene su propia dinámica; obviamente, el pasado condiciona y a veces fuertemente, pero esto no es obstáculo para que se actúe en cada período con una virtualidad y unas posibilidades nuevas.

Los factores diferenciales que señala, hay que verlos como condicionantes, modeladores y estructuradores junto con la actividad y dinámica de la persona en cada momento, no como meros determinantes. Esta precisión es de suma importancia para la comprensión del proceso de envejecimiento humano.

En su teoría de las ocho edades o etapas, Erikson intenta indicar los factores generales que de alguna manera diferencian a los grupos de individuos, es decir el modo como cada uno ha realizado las tareas propias de los diversos períodos evolutivos.

1. En la primera etapa menciona como conflicto a resolver la confianza versus desconfianza básica lo que lleva, a su vez, a la proporción favorable o realización del impulso y esperanza.

2. El conficto en la segunda etapa lo constituye la autonomía versus vergüenza y duda, su resolución positiva llevará al autocontrol y fuerza de voluntad.

3. En la tercera etapa el conflicto a enfrentar es iniciativa versus culpa y la proporción favorable o resolución es la dirección y propósito.

4. La industria (con el sentido de industrioso, de laboriosidad) versus inferioridad constituye el conflicto propio de la cuarta etapa cuya proporción favorable es método y capacidad.

5. La quinta etapa, que corresponde ya a la adolescencia y primera juventud, presenta como conflicto la identidad versus confusión de rol y su realización está en la devoción y fidelidad.

6. En la sexta etapa del desarrollo humano según Erikson, que coincidiría con la juventud e inicios de la madurez, el conflicto lo constituye la intimidad versus aislamiento y su resolución favorable, la afiliación y amor.

7. En la madurez plena (30-50 años), séptima etapa, el conflicto a resolver es el de la generatividad o fecundidad versus estancamiento y la realización consiste en la producción y cuidado. Generatividad, según Erikson, abarca el desarrollo evolutivo que ha hecho del hombre “el animal que enseña e instituye, así como el que aprende”. Dicho término hace referencia a la condición de crear, producir, engendrar. El sentido de la generatividad lo llevará a luchar consigo mismo y a buscar un camino más sólido para los años futuros. Se puede decir, metafóricamente, que la persona mira hacia atrás y ve cómo superó una serie de situaciones que implican un fortalecimiento de su yo.

8. Según la teoría mencionada, la octava y última etapa presenta como conflicto la integridad del yo versus desesperanza y su posibilidad de realización es el renunciamiento y sabiduría. Para Erikson esta última etapa es de un “cierre psicosocial”; es el logro de la integridad o la certeza de que no se puede hacer nada sobre lo vivido.

Si bien no le es posible a Erikson dar una definición exacta de la “integridad del yo” pasa a describirla como un estado de espíritu centrado en una especie de sensación de orden y sentido. Para él la integridad yoica implica:

... una mayor afirmación del yo con referencia a su proclividad al orden y el sentido.

... un amor post-narcisista del yo humano —no del sí mismo— como experiencia que implica cierto orden del mundo y cierta sensibilidad espiritual...

... la aceptación de que el propio y específico ciclo de vida es algo que necesariamente debía ocurrir, y que, necesariamente también, no permitía substituciones...29

Si tomamos en cuenta las anteriores referencias al orden y al sentido, éstas parecieran hallarse estrechamente vinculadas con problemas fundamentales de moralidad y racionalidad. De este modo, para que una persona pueda lograr la integración yoica será preciso que su vida tenga sentido, para lo cual será necesario que esté dotada de una estructura moral y racional. Quien posea integridad yoica tendrá conciencia de que podría haber vivido su vida de modo diferente, y que en otros tiempos y lugares su propio patrón de vida podría no haber sido apropiado pero, a pesar de esta conciencia de la relatividad, conservará una creencia confiada en el valor de su propia manera de vivir.

Para Erikson la integridad “madurará en forma gradual” como el “fruto” de un paso adecuado a través de las siete fases previas del desarrollo del yo. Las personas mayores que poseen integridad están listas para defender con dignidad su propio estilo de vida y sus formas de sentir y de pensar. Su amor supera al sí mismo y a su propio yo. Sus conductas anteriores y sus experiencias previas lo llevaron a valorar y a sentir que su vida individual es también parte de la historia, valores, costumbres y prejuicios de la sociedad. El estilo de integridad lo caracteriza e identifica, se siente seguro y no tiene temor a la muerte, pues ve como lógico el nacer, vivir y morir.

No le ocurre lo mismo a las personas que llegan a la vejez sin haber logrado la integridad del yo. Sentirán gran inseguridad, lo que los lleva a temer a la muerte. Se desesperan y esa misma desesperación los hace sentir que les queda poco tiempo para vivir; no aceptan su ciclo de vida. Desean reparar el tiempo perdido, lograr otros caminos pero tienen la sensación de que ya es tarde. Esta desesperanza tendrá incidencia en sus estados físicos y psicológicos, lo que repercutirá en sus relaciones interpersonales.

Erikson destaca el renunciamiento y la sabiduría como las dos “fortalezas” y virtudes más importantes asociadas a esta última etapa de la vida.

En cuanto a la teoría del desarrollo humano de Charlotte Bühler, lo fundamental es el concepto de intencionalidad. Para esta autora, el ser humano está en la búsqueda constante de un objetivo, es un ser con metas y propósitos que deben alcanzarse a través de diversas etapas. Enfatiza que es la autosatisfacción y el logro de esa meta lo que conduce a un desarrollo sano. Por otro lado, el ser humano posee iniciativa, lo que es parte vital de las personas que poseen salud psíquica. Los sentimientos de autoestima, éxito y seguridad en la persona mayor dependerán de la capacidad que haya tenido para lograr sus metas propuestas.

Bühler presenta cinco etapas del desarrollo humano.

1. La primera empieza en la infancia y concluye alrededor de los 15 años. Se caracteriza por cierta noción o conciencia indiscriminada de propósitos.

2. La segunda etapa se inicia alrededor de la adolescencia y llega hasta la adultez joven (de los 15 a los 25 años aproximadamente). Aquí comienza una mayor articulación de objetivos pues hay más dominio de la propia vida. Se plantean cuestionamientos, valores e ideales acerca del matrimonio, Dios, el trabajo, la profesión. Una forma satisfactoria de enfrentar esta etapa, es orientar a la persona para que haga un análisis objetivo de sus características y habilidades personales, de sus necesidades y sus metas, de forma que logre gran flexibilidad para confrontar y analizar los problemas.

3. La tercera etapa empieza alrededor de los 23 años y llega hasta los 45 ó 50, fase en la que las personas no sólo tienen la posibilidad de lograr una visión más clara de sus objetivos, sino que éstos serán más específicos y definidos. Generalmente es éste un período de estabilidad emocional y desarrollo de un gran potencial, pues algunas preocupaciones como el trabajo, el matrimonio y la familia han sido superadas. Sin embargo, algunos adultos enfrentan serias crisis durante esta etapa debido a que han tomado decisiones erróneas tanto en su matrimonio como en su profesión; experimentan conflictos emocionales y ansiedad pues no han logrado la integración psíquica, lo que les dificulta su adaptación al quehacer cotidiano. Según Bühler, si los adultos sienten que sus acciones y elecciones fueron las adecuadas y que están logrando sus objetivos, tendrán sentimientos de realización y seguridad. En caso contrario, entrarán en situaciones de ansiedad y experimentarán sentimientos de fracaso.

4. La cuarta etapa se inicia alrededor de los 45 años y llega hasta aproximadamente los 65 años. Es una fase en que las personas sanas pueden evaluar objetivamente lo pasado con lo cual les será posible realizar proyectos de vida futuros. Si son inmaduras entonces evitarán el confrontamiento con el pasado y se rehusarán a evaluarlo, debido a su incapacidad para reconocer errores, lo que les coarta, a su vez, sus posibilidades de tomar decisiones acertadas en relación al porvenir.

5. En cuanto a la quinta etapa, correspondiente a la vejez, la dividió en dos períodos: 65 a 80 años y 80 hasta el momento de la muerte. El tema básico del desarrollo durante la primera fase es el de la “plenitud del sí mismo”. Implica un sentimiento general de que la vida, en su conjunto, ha sido digna de vivirse y de que se han logrado ciertos objetivos importantes. El término “plenitud” se refiere a una experiencia de finalización hacia la que parece estar orientando su vida la persona que la vive siguiendo una dirección. Al decir de Bühler: “Me parece a mí, a partir de mi propia evidencia biográfica... que acumulamos y unimos situaciones de plenitud hacia el final cuando la vida, para la persona que ve su vida como una totalidad, se experimenta, como totalidad, plena”.30

Añade Bühler que la sensación de plenitud adquiere particular importancia para las personas que creen que sus vidas debieran implicar algo más que una mera gratificación personal como si el interrogante latente fuera: “¿ha añadido mi vida algo al total del progreso o la felicidad humanos?”. Entonces, aparece otra pregunta: ¿qué ocurre con todos aquellos que han vivido principalmente para la gratificación individual? Aparentemente, también ellos buscan hacia el final alguna especie de plenitud lo cual permite a Bühler reflexionar, no sin cierto ironismo:

En cambio aquéllos cuya tendencia predominante ha sido la de lograr ‘felicidad’, comodidad o seguridad, o también armonía interna y paz, con una adaptación exitosa a las circunstancias dadas, estas personas que según toda probabilidad constituyen la mayoría de la humanidad, no viven probablemente con miras a lograr un resultado final como el de la experiencia de la plenitud. Y sin embargo todos, según parece, desean sentir al final que han vivido sus vidas ‘bien’ o ‘exitosamente’ o con sentido, y no ‘en vano’.31

Al referirse a la vejez, Erikson como Bühler presentan criterios que contienen semejanzas. Tanto el concepto de integridad yoica como el de plenitud del sí mismo recalcan el sentido retrospectivo como base de la integración en las etapas finales de la vida. Si bien Erikson ha sido más explícito al sugerir que la desesperación es la alternativa de la integridad, los aportes de Bühler indican también que puede producirse algo similar a la desesperación si no se logra la plenitud.

A pesar de que ambos autores han aportado una orientación muy general con respecto a la totalidad de la problemática de la vejez, consecuencia a su vez del estado de conocimiento al respecto, es posible reconocerlos como importantes pioneros en cuanto al desarrollo de la persona en la totalidad del ciclo vital.

Aunque en los últimos años hay una preocupación cada vez más evidente acerca de argumentaciones y definiciones que permitan acceder a una noción acabada y abarcativa de las características de la vejez como etapa de vida y del significado de sus manifestaciones, ello aún no se ha concretado. Lo que sí parece evidente a la simple observación, es que cada persona envejece según su propia historia de vida y que, en consecuencia, esto nos compromete personal y socialmente y nos convierte en responsables de prepararnos para ella desde las etapas anteriores.

Conclusiones

El envejecimiento es un proceso individual y colectivo a la vez, en el sentido que se produce en el individuo pero es condicionado por la sociedad, por la calidad de la vida y por los modos de vida.

Dicho proceso se presenta como una realidad compleja y pluridimensional; implica factores biológicos, sociales y psicológicos que intervienen configurando tanto su forma como su contenido.

El envejecimiento se destaca por ser un hecho universal y constante, se inicia en el mismo momento de la concepción y sus efectos se manifiestan en todas las personas, quienes lo experimentan más tarde o más temprano, según el ritmo con que se presenten los cambios intraindividuales como así también los diferentes tiempos de presentación de esos cambios. Esto explica por qué el envejecimiento es un proceso irregular y asincrónico, esencialmente individual.

En lo que respecta a una psicología de la senectud, ésta se funda en un concepto de desarrollo que no se reduce al principio de “configuración activa” según su sentido original, sino que es entendido de manera global como el “enfrentamiento activo con la oportuna situación vital” (Erikson, Havighurst, Peck, Thomae, Lehr).

La persona en el transcurso de la vida experimenta una confrontación con determinadas tareas vitales, “típicas” de acuerdo con la edad correspondiente(h). Dichas tareas si bien provienen de la situación corporal, es decir del estado de desarrollo biológico y de salud, dependen, asimismo, tanto de las normas y expectativas culturales de la sociedad como de las aspiraciones individuales y juicios de valor propios de cada persona.

La resolución de dichas tareas, que como se dijo son tanto de origen endógeno como exógeno, exige un enfrentamiento con la nueva situación y una nueva orientación.

Esto conlleva, en consecuencia, a una modificación de las vivencias y del comportamiento humanos en el curso de un proceso vital que abarca desde el nacimiento hasta la muerte.

Unido a lo precedente, es importante tener presente dos aspectos que son fundamentales para vivir con sentido y dignidad, en especial en la segunda mitad de la vida: el concepto de sí mismo o autoestima y el “quehacer” personal como valor (quién soy y el para qué vivo).

La identidad en el sentido de mismidad y continuidad, es un proceso que se construye en la resolución de sucesivas crisis y que va a adquirir a lo largo de una biografía modalidades específicas de resolución. El equilibrio entre la permanencia y el cambio está dado por la interacción permanente entre lo biológico, lo psicológico y lo social. La identidad personal sólo puede ser explicada en las diferentes etapas del ciclo vital desde esta triple perspectiva y no exclusivamente desde lo cronológico visto como el progresivo deterioro del organismo humano.

La ocupación entendida como el “quehacer” o el “proyecto personal” juega un papel decisivo en los sentimientos de identidad y autoestima.

Es por ello, que cabría preguntarnos cuál es el “quehacer” propio del “ser viejo”. Para ello será necesario indagar, reflexionar, con una actitud abierta sin limitaciones provenientes de prejuicios o de mitos sobre la realidad existencial de las personas mayores para descubrir sus posibilidades y condiciones y que hagan posible su continuo proceso de plenificación.

 

NOTAS

1. San Martín y Pastor.

2. San Martín y Pastor 171.

3. San Martín y Pastor 171.

4. Bernard Lievegoed, El desarrollo vital del hombre. Evolución del hombre entre la niñ ez y la anciedad, Colección Bolsillo (Madrid: Mensajero, 1983) 18-19.

5. Ursula Lehr, Psicología de la senectud (Barcelona: Herder, 1988) 44.

6. Jacques Laforest, Introducción a la gerontología. El arte de envejecer (Barcelona: Herder, 1991) 51.

7. Raquel Langarica Salazar, Gerontología y geriatría (México: Interamericana, 1987) 5.

8. San Martín y Pastor 407.

9. San Martín y Pastor 407.

10. R. S. Hartmann, New Knowledge in Human Value, 3a. ed. (New York: Harper and Bros., 1971). M. Rockeach, The Nature of Human Values (New York: Free Press, 1973).

11. San Martín y Pastor 369.

12. R. C. Kwant, Filosofie van de arbeid (Antwerpen: 1964) 32.

13. V. Nell-Breuning, “Arbeit”, El problema del hombre. Introducción a la antropología filosófica, por Joseph Gevaert, 3a ed. (Salamanca: Ediciones Sígueme, 1980) 245.

14. Raymond Ruyer, “Métafiphysique du travail”, Revue de Métaphysique et de Morale 53 (1948): 26-54, 190-215.

15. Victor Frankl, Psicoanálisis y existencialismo, Serie Brevarios 27 (Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica, 1991) 175.

16. Max Scheler, El resentimiento en la moral, trad. J. Gaos (Madrid: Revista de Occidente, 1938) 213.

17. J. Ortega y Gasset, “Guillermo Dilthey y la idea de la vida”, Obras completas, Tomo VI, Revista de Occidente (Madrid: Alianza Editorial, 1983).

18. Frankl, Psicoanálisis y existencialismo 105.

19. Frankl, Psicoanálisis y existencialismo 106.

20. R. Guardini, La aceptación de sí mismo. Las edades de la vida (Madrid: Ediciones Cristiandad, 1977).

21. Flory S. Bonilla, Curso de psicología del adulto (San José: Universidad de Costa Rica, 1988). (Mimeo)

22. A. Blanco Abarca, “Factores psicosociales de la vida adulta”, Psicología evolutiva III. Adolescencia, madurez y senectud, M. Carretero et al. eds. (Madrid: Alianza, 1985) 203-204.

23. M. H. Huyck y W. F. Hoyer, Adult Development and Aging (Belmont, CA: Wadsworth, 1982).

24. G. W. Allport, Pattern and Growth in Personality (New York: Holt, Rinehart & Winston, 1961) 283-304.

25. León Rappoport, La personalidad desde los 26 años hasta la ancianidad (Barcelona: Paidós, 1986) 41.

26. Carlota Bühler, Values in Psychotherapy (Glencoe, Il: The Free Press, 1962) 107-111.

27. Bühler, Values in Psychotherapy 111.

28. E. Erikson, Infancia y sociedad (Buenos Aires: Hormé, 1959).

29. Erikson, Childhood and Society, 2a ed. (New York: W.W. Norton & Company, 1963) 268.

30. Bühler, Values in Psychotherapy 116-117.

31. Bühler, Values in Psychotherapy 117.


a. “Objetivamente el ambiente es un sistema de relaciones de equilibrio, sistema muy complejo (físico, químico, biológico, sociocultural) de una gran sensibilidad a la variación de uno solo de sus factores constitutivos lo cual produce reacciones en cadena, en especial a propósito de las intervenciones perturbadoras del hombre”. Hernán San Martín y Vicente Pastor, Epidemiología de la vejez, 1a ed. (Madrid: Interamericana McGraw-Hill, 1990) 56.

b. Krysis: sustantivo derivado del verbo krynein que significa distinguir, separar, decidir, juzgar.

c. Devenir etimológicamente proviene del latín “venire”: “que viene de”, “que se origina en”; equivale también a “tránsito”.

d. Dasein significa “ser” (sein) “ahí” (da). Pero esta traducción literal no es lo más apropiada al significado que le otorgó Heidegger. La traducción significativa es “ser el ahí”. “El ahí” no es definitivamente el mundo como un terreno exterior; es la apertura del mundo luminoso, comprensivo —un estado de ser en el mundo, que la plena existencia del hombre que es y debe ser, puede aparecer y llegar a ser presente y ser presente. El Dasein no es una propiedad o atributo humano es la existencia plena del hombre.

e. Se sostiene un concepto dinámico de “calidad de vida” en el sentido que constituye un proceso socioeconómico, cultural y sociopsicológico de producción de “valores” referentes a la calidad (bien-estar) de nuestra vida social, de distribución social de estos mismos valores y de percepción social de los valores por la población.

f. El modelo médico hegemónico aún predominante frente a la concepción de envejecimiento y de vejez, origen de mitos y prejuicios difíciles de desarraigar, surge de un reduccionismo al entender la vida humana como vida orgánica o biológica y al hombre como el producto de la sucesión mecánica de las etapas prefijadas de nacer, crecer, reproducirse, declinar y morir.

g. Frankl introdujo el término noodinámica para expresar que hay algo más allá de una psicodinámica en el sentido psicoanalítico. La diferencia entre la noodinámica analítico-existencial (Frankl) y la psicodinámica de tipo psicoanalítica (Freud) se encuentra en que la primera hace referencia directa a una situación donde está presente y actuando la libertad humana; el ser humano no está “impulsado” a buscar un sentido para recuperar el equilibrio sino que está “atraído” por el sentido y ante él se decide libremente. En cambio, la perspectiva psicoanalítica presenta al ser humano como un sistema dinámico pero cerrado, cuya fuerza motivacional original y orientación básica están dirigidas a la conservación del equilibrio entre las instancias psíquicas del Yo, Ello y Superyo. Esta conservación del equilibrio es conocida como la homeostasis. Lo que está en el fondo de la cuestión es la prosecución de un estado con ausencia de tensiones.

h. Corresponde a las denominadas developmental tasks por Havighurst.