CAPÍTULO IV

POSIBILIDADES EDUCATIVAS EN LA VEJEZ:
PRINCIPIOS Y CRITERIOS METODOLÓGICOS

En toda teoría pedagógica fundamento y praxis deben, necesariamente, corresponderse de manera tal que el hacer sea reflejo del ser. Lamentablemente, con demasiada frecuencia esto no ocurre. En el discurso —por ejemplo— se sostienen concepciones personalistas y se aspira a una educación integral que considere a la persona en sus dimensiones biológica, psíquica, espiritual, social y apunte a su plenificación. En la práctica, se adoptan metodologías en las que subyacen concepciones psicológicas, biológicas y sociales que son contradictorias con la noción de persona y su proceso de desarrollo armónico y totalizante.

Se trata por lo tanto, de ser conscientes de cuál es la teoría pedagógica implícita en un programa educativo dirigido a la vejez y asumirla con responsabilidad y comprometidamente.

Surge así un reclamo de coherencia, a veces, muy difícil de alcanzar por la cantidad de variables que complejizan la situación.

Al observar el envejecimiento desde un marco demográfico, es posible advertir su crecimiento tanto en el mundo como en Latinoamérica y en nuestro país, lo cual sostiene la necesidad de arbitrar acciones entre otras, educativas.

Estas actividades deberán responder a la vejez como una etapa más del desarrollo humano. Tal segmento de vida tiene sus propias características a pesar de los estereotipos, mitos y prejuicios que han consolidado una imagen negativa y deficitaria de ella. Lo cual explica, en parte, la falta de políticas específicas.

La vejez es un período de cambios generalmente vividos como negativos (pérdida de seres queridos, de su papel económicamente activo al jubilarse, pérdida en número y calidad de vínculos sociales...). Estos hechos parecen influir de manera sensible en el estado de salud de las personas, quienes reaccionan diferentemente ante esos estímulos, por lo cual unas se adaptan mejor que otras a dichas situaciones.

Si bien es cierto que los cambios vitales reducen la resistencia de las personas a la enfermedad, es verdad también que la respuesta negativa a estos cambios se ve configurada por otras variables tanto ambientales como personales.

En general, las personas superan las crisis y situaciones límites por su capacidad para sortearlas, enfrentarlas o resolverlas. Esas capacidades que son indudablemente aprendidas a lo largo de la vida, pueden ser utilizadas toda vez que hayan de superar nuevos y desafiantes acontecimientos vitales.

En todo momento del desarrollo, la persona es el producto de la experiencia acumulada, de su historia personal contextualizada. Lo mismo ocurre en la vejez donde la historia pasada está presente y contribuye a configurar los contenidos psicológicos que se entrelazan como en intrincada red con factores ambientales, sociales y culturales.

La forma en que se viva la vejez depende de cómo se hayan integrado y superado las crisis de etapas anteriores. Es necesario, en consecuencia, que el proceso educativo acompañe al proceso de envejecimiento para que los aprendizajes logrados en cada etapa del ciclo vital se vayan capitalizando y contribuyan a que las personas se preparen para una vejez sana y plena.

El avanzar en edad acentúa la particularidad. La historia personal es exclusiva, como únicos fueron los impactos vividos.

La singularidad personal hace que los años, la experiencia, los factores socioculturales que propiciaron reacciones y adaptaciones a lo largo de la vida, sean patrimonio singular de cada ser humano.

La transición de una edad a otra es gradual. Las adaptaciones físicas y emocionales a los cambios se van dando en cada sujeto según el ritmo propio, condicionado por el patrón inscrito en su código genético, por su contexto sociohistórico-cultural y por su actitud personal.

En cada etapa de la vida se presentan desafíos que al ser resueltos positivamente permiten superar las crisis y favorecen el desarrollo personal. Por ello, se dice que cada una de ellas tiene su dinámica propia y no es un simple residuo del pasado. Éste existe y a veces condiciona fuertemente, pero no es obstáculo para que el sujeto actúe con virtualidad y posibilidad nuevas.

En la vejez, el tema integrador es la búsqueda del sentido por lo que las tareas de desarrollo consisten, entre otras, en la aceptación de lo vivido y la reorientación hacia nuevos roles y actividades.

A los fines de perfilar pautas para programas o acciones respecto a la vejez, se intentó sostener, a lo largo del trabajo, una concepción realista del envejecimiento, desprovista de prejuicios y estereotipos como también de un optimismo exagerado.

Dicha postura lleva a aceptar que como proceso implica una mayor probabilidad de deterioro paulatino, de manera asincrónica e irregular en ciertas capacidades del ser humano. Pero también permite considerar la influencia de factores de carácter psicológico, ambiental y social que intervienen e inciden significativamente en la forma como lo viven y enfrentan las personas en particular.

El entender que es un proceso diferenciado, con fuerte connotación socio-cultural, dilatado en el tiempo y en el que intervienen múltiples variables es lo que exige buscar alternativas de intervención en base a un desarrollo pleno que favorezca la formación de una persona individual y socialmente activa, sana y creativa.

En ese sentido, se sostiene que la estimulación y el entrenamiento de las aptitudes físicas y mentales, la mayor frecuencia de los contactos sociales y la actividad personalizante y socialmente valiosa pueden atenuar el proceso de deterioro en la vejez.

Una intervención oportuna y efectiva contribuye a prevenir las acciones asistenciales y de rehabilitación cada vez más difíciles y costosas de concretar ante el aumento significativo de la población senescente.

Ante lo dicho previamente, la respuesta al planteamiento complejo de la vejez vista como totalidad, debe partir de un ámbito multi e interdisciplinario.

Es ahí donde aparece la necesidad de una propuesta pedagógica basada en fundamentos antropológicos y teleológicos consistentes que pueda interactuar con la de los demás ámbitos científicos y presentarse como una alternativa válida para el 75 por ciento sano de la población de 60 años y más, que son los cálculos estimativos en relación a ese grupo etario.

Una educación que atienda los requerimientos de la vejez sana se funda en una concepción que tiende a superar el concepto de edad cronológica (a partir de los 60) y el de la edad social (edad de la jubilación) por la de edad funcional.

Se entiende por “edad funcional” la capacidad de una persona, en esta etapa vital, de nuevos aprendizajes o de modificación de los ya disponibles, en orden a descubrir y comprender su nueva situación de vida y así anular o disminuir los déficits causados o adquiridos por los cambios y las pérdidas habituales o normales de la vejez.

Para ello ayuda la actitud positiva de la persona, fortalecida a través del tiempo, de enfrentamiento a los condicionamientos que se le presentan y de búsqueda del sentido total y trascendente.

A la hora de plantearnos cualquier intervención sociocultural o educativa deberíamos partir de la realidad y, en este caso de la vejez, se trata de una realidad disfrazada de mitos y prejuicios. Al respecto se acuñó el término “ageism”,1 “viejismo”, para describir el proceso de estereotipar y discriminar sistemáticamente a las personas por ser mayores o viejas. Es una actitud que surge de prejuicios, similar a la que se da con respecto a los grupos minoritarios.

Entre los mitos más comunes se encuentran: el del envejecimiento cronológico, de la improductividad, de la desvinculación y falta de compromiso, de la senilidad unido al “somos demasiado viejos para aprender”, el de la falta de interés sexual, el de la serenidad, el del deterioro de la inteligencia.

El prejuicio más difícil de erradicar y que más incide en la definición de políticas y en la programación de acciones, es el de concebir la vejez como sinónimo de enfermedad, de decadencia o deterioro inevitable, de senilidad o deterioro mental.

Tal concepción bastante generalizada aún hoy, a veces de manera latente, marca límites determinados un tanto arbitrariamente por ser parcializados. Lleva al asistencialismo generalizado e impide la oferta de alternativas diversificadas para un porcentaje significativo de personas mayores sanas. Esto último queda demostrado por los datos estadísticos al evidenciar, en el caso de nuestro país, que la mayoría de la población anciana vive en la comunidad y sólo un tres por ciento está institucionalizada.

Al hacer el análisis de las acciones dirigidas a las personas mayores es importante tener en cuenta las teorías que, explícita o implícitamente, sustentan el tipo de adaptación más satisfactoria de la persona a su vejez, frente al cambio de roles, al tiempo de la jubilación y a su vinculación social.

Así por ejemplo, dos de ellas se presentan como contradictorias: la de la desvinculación, separación o desarraigo y la de la actividad-compromiso que ponen el acento, tanto por parte de las personas como de la sociedad, en la necesidad y conveniencia de aislamiento, o de permanencia en la actividad, respectivamente.

Como reacción a la explicación reduccionista, aportada por estas dos teorías generales al complejo proceso que implica la vejez, surgen otras que basándose en discusiones e investigaciones tratan de corregirlas o complementarlas. Entre estas últimas se pueden mencionar la teoría de la “continuidad”, de la “desvinculación-vinculación selectiva” o de la “desvinculación transitoria-renovación preferencial”.

Ante lo ya señalado, es conveniente tener presente que las teorías sociales del envejecimiento, si bien han hecho aportes en la interpretación del significado del envejecer en aspectos sociales y psicológicos, no ofrecen una respuesta acabada al multidimensional y complejo planteamiento que presenta aún la vejez como una etapa más del desarrollo.

La aplicabilidad universal que dichas teorías pudieran tener, se limita principalmente por dos problemas: primero, porque han sido encuadradas en tiempo y cultura por lo cual tienen validez sólo en situaciones relacionadas a lugares y tiempos particulares. Segundo, porque han focalizado y sobreestimado algunos aspectos relativos a la vejez y al ser viejo sin considerar la experiencia vital en su complejidad total y, más aún, centrándose en los negativos.

Al respecto, es importante destacar ciertos puntos de vista cualitativos de la teoría de la desvinculación.2 Los mismos remarcan que con los años, se produce menos una disminución cuantitativa que una reestructuración cualitativa de las actividades sociales en cambios en cuanto a la vinculación, o a la participación íntima en la actividad de los roles.

También hacen referencia a los componentes individuales que contribuyen a una buena vejez, la cual queda definida por la satisfacción con la vida anterior y con la situación actual en la vida. De acuerdo con su peculiar manera de ser y la estructura de su personalidad, ciertas personas se hallan más contentas cuando pueden retirarse de la comunidad; otras, en cambio, si pueden seguir activas e integradas en la misma.

Si bien la situación de vida en la vejez varía de sociedad en sociedad, la experiencia de envejecer es universal y hay ciertos hechos similares a los que se enfrentan las personas en esa etapa. Así, es posible señalar como fuentes o áreas de ajuste: el retiro o jubilación unido a reducción de ingreso, los cambios en el estado de salud, en el ciclo de vida familiar (etapa del nido vacío, muerte de familiares, viudez, abuelidad), en los roles de tipo comunal o institucional.

El ajuste a estos cambios o procesos va a estar influido o afectado, a su vez, por ciertas variables que pueden ser de índole:

  • social (status ocupacional, estado civil, género, edad, nivel educativo);
  • individual (salud, sistema de apoyo, recursos económicos, religión);
  • de su personalidad (características tales como optimismo, pesimismo, alegría, aislamiento, etc.); y
  • de su socialización (experiencias previas de vida y de relaciones vinculantes).

Lo expuesto anteriormente nos permite llegar a un principio de primordial importancia, al organizar actividades que tengan por destinatario al grupo etario en cuestión: tal es, el de evitar la generalización.

La praxis educativa y su responsabilidad ante la formación
de la persona a lo largo de la vida

Al pensar en la importancia de la educación en la existencia de las personas resulta positivo ubicarnos “al final del camino de la vida” y reflexionar desde esa perspectiva. Ante el cuestionamiento acerca de ¿qué es la educación? ¿cuál es su objetivo?, ¿cuál es su finalidad?, ¿qué importancia tiene en relación a la existencia humana?, ¿cuál es su rol y significado? e intentar responderlo, es interesante observar lo que ocurre en las últimas etapas de la vida de las personas.

La vejez no es un simple resultado acumulativo por los años de manera automática, irreflexiva, mecánica, determinista ya que no existe relación de causa-efecto en la existencia humana sino que depende de los modos o estilos de vida, de cómo se vivió. Sin dejar de reconocer la heterogeneidad característica de esta etapa vital, se pueden distinguir, dos grandes grupos en función de una postura existencial frente a la vida y sus consecuencias:

1. Quienes actuaron pensando que la propia existencia estaba ya dada, determinada, manifiestan una actitud conformista. En consecuencia, culpan de todo a la vejez: “los años no vienen solos” “que vamos a hacer, ésa fue mi suerte etc... etc...”. Dan así, respuestas depresivas, angustiadas, solitarias; se cae en la abulia, en la pasividad, en el sin sentido de la vida.

2. Quienes siempre se sintieron responsables y actuaron a conciencia y con compromiso frente a los condicionamientos, llegan a la vejez con una mezcla de satisfacción y alegría por haber realizado las “tareas” que se les presentaron y cumplida su misión, con sabiduría acumulada a través de la experiencia vivida y valorada. Estas personas continúan viviendo activamente y participando en su medio familiar y social. Ante una nueva situación vital reaprenden y asumen un nuevo rol; toman sus enfermedades como en cualquier otra época de la vida, buscan sus causas en deficiencias orgánicas congénitas o adquiridas y tratan de encontrar solución, sin desesperarse.

Frente a tal observación de la realidad, cabe preguntarnos ¿En qué consiste la vida del hombre? Se puede decir, de manera generalizada que es el “transcurrir” de su tiempo personal desde el nacimiento hasta su final. Es un juego dialéctico entre “vida-muerte”; entre “ser siendo-ya no es”. Desde lo orgánico, simplemente, es un proceso de envejecimiento que comienza al nacer, es connatural con el ser humano, universal y permanente aunque individualmente diferenciado de manera intra e interpersonal.

En consecuencia, ¿qué función tiene la educación? Su rol en ese sentido, debiera consistir en acompañar dicho proceso a lo largo de la vida para apoyar y asegurar la concreción, en cada persona, de una existencia vivida con sentido e imbuída de valores que conlleven a bienes personales y sociales.

Para ello es indispensable despertar la conciencia personal a fin de:

  • prepararse para las opciones y decisiones propias de cada etapa y únicas en cada persona lo cual exige aprender a actuar con libertad frente a los condicionamientos múltiples percibiendo la disponibilidad existente para el acrecentamiento personal;
  • ser responsable: desde su propio lugar y su tiempo histórico; dar respuestas a la vida; y
  • vivir con actitud de compromiso ante la propia vida y ante los demás.

Aparece, así, la necesidad ineludible de encarar una “educación en la vejez”, sustentada en el concepto de edad funcional, según el cual la persona requiere permanentemente aprender nuevos roles lo que conlleva a la búsqueda de respuestas propias y específicas, ante las situaciones vitales que debe enfrentar. Está dirigida a las actitudes personales al consistir en una apelación a actuar con dignidad y asumir esa etapa de vida con todas sus connotaciones.

Teniendo presente la concepción de persona ya expuesta (ser individual, único y singular) la educación a la que aludimos no puede presentar modelos normativos: un sólo objetivo, válido para todos, a alcanzar mediante un método válido para todos. Sino que cada uno debe ir descubriendo “el” sentido personal y único de “su” vida.

La educación para el envejecimiento sano es aquélla que ilumina, ayuda y acompaña en la concreción del proyecto de vida, en el ser-siendo persona mediante un aprendizaje que es horizontal, dialógico e interpersonal y que exige a cada uno vivir según valores de creación, vivenciales, de actitudes.

En cuanto al contenido del aprendizaje es amplio como la vida misma, abarca todas las dimensiones de la persona en un mundo de relaciones. La selección y organización de los mismos será dada por el grupo particular de personas mayores, sus necesidades e intereses.

En lo que respecta al tiempo del aprendizaje tampoco hay límites. Se aprende siempre, pues siempre estamos ante una situación nueva y así, hasta la muerte misma.

En consecuencia, nos presenta la necesidad personal de un aprendizaje permanente,(*) nunca acabado que trae aparejado, por su parte, la exigencia social de ofrecer alternativas u oportunidades diferentes para las personas en las distintas épocas de la vida aún para los mayores que quieran seguir aprendiendo.

Ser persona es un proyecto difícil de llevar a cabo, es un desafío y una inquietud de por vida, pero es propio de la condición humana intentarlo.

Por estar todos en el camino del ser-siendo persona no hay maestros y alumnos en el sentido tradicional, sino una relación personal intercambiable permanentemente donde el punto de encuentro son los valores a actualizar por unos y otros en el proceso de plenificación humana. La apelación y el diálogo se constituyen así en los elementos indispensables de la relación pedagógica.

Tal desafío por su complejidad y para garantizar sus posibilidades de realización concreta debe involucrarnos a todos:

  • a los teóricos y prácticos del quehacer académico y cultural y a los pedagogos en particular;
  • a los padres y miembros de la familia; y
  • a la sociedad global (escuela, comunidad, instituciones sociales y políticas, medios de comunicación social).

Nadie puede quedar afuera si se quiere la construcción del Hombre Nuevo para un Mundo Nuevo. Es tarea seria y comprometida de todos a lo largo de la vida en todos sus momentos.

Propuestas para personas mayores: Análisis teórico

En la última década y ante la evidencia del problema que presenta el envejecimiento de la población y sus implicaciones sociales, políticas y económicas surgieron ofertas de diversa índole a la demanda planteada por la población sana de personas mayores. Si bien se presentan con diferentes denominaciones y características, a los fines del análisis de las mismas, podemos ordenarlas en tres grandes grupos: culturales, recreativas y las educativas propiamente dichas.

Programas culturales

En general, estos programas son bastante abarcativos. Incluyen, actividades que se organizan en base a descripción, análisis, interpretación y reflexión de estilos de vida, valores, educación, política, economía, usos y costumbres del hombre a través del tiempo y en los diferentes tipos de grupos humanos, comunidades o sociedades. También pueden centrarse en las producciones y creaciones del hombre.

En cuanto a su organización pueden ser sistemáticos o no. En general se prestan a modos o alternativas no formales por lo tanto el estilo de comunicación es preferentemente abierto y libre.

Programas recreativos

Tienen como propósito ocupar el tiempo libre y su objetivo es el esparcimiento. Sus actividades se centran en incrementar fundamentalmente los contactos sociales y la relación con la naturaleza. Se concretan en viajes, paseos, reuniones sociales, prácticas deportivas, caminatas, expresión corporal y otras según los intereses e inquietudes de los grupos constituidos.

Con respecto a su organización son más bien informales con un ordenamiento en base a objetivos, actividades y horarios acordados y compartidos por el grupo.

Programas educativos

Tienden intencionada y explícitamente a la formación de la persona en una o varias de sus dimensiones. El carácter de “educativo” lo da justamente esa intencionalidad, tanto teórica como práctica, sabida y compartida por los participantes, de generar nuevos aprendizajes o modificar los que se poseen y esto tanto en lo que respecta a aprendizajes cognoscitivos, como de habilidades y de actitudes.

Por su organización son sistemáticos en cuanto a especificar objetivos y contenidos, que pueden ser llevados a cabo mediante la modalidad formal o no formal.

Debido a su intencionalidad educativa, si bien no exigen como prerrequisito de ingreso un nivel mínimo de escolaridad puesto que se reconoce la experiencia acumulada como fuente de saber, sí requiere de evaluación permanente aunque puedan o no tener acreditación académica.

El tiempo de vida cronológico no es condición suficiente para agrupar a las personas mayores puesto que es más evidente en ellas la diferenciación interpersonal. Sin embargo, a los fines metodológicos y según la tendencia predominante de necesidades e intereses, se podrían distinguir los siguientes subperíodos para facilitar la organización de actividades educativas:

  • madurez avanzada: de los 40 a los 60 años;
  • vejez activa: de los 60 a los 70 años;
  • vejez avanzada: de los 70 a los 80 años;
  • alta ancianidad: más de 80 años.

En lo que respecta a una educación en relación a la vejez, podría abarcar hasta los tres primeros. Aparecen así núcleos temáticos generadores de interés alrededor de los cuales pueden organizarse acciones significativas.

En el primer grupo (40-60 años) el eje central lo constituye la preparación para los cambios: laborales, de la situación familiar, de las relaciones sociales, del grado y nivel de participación social.

En cuanto al segundo grupo (60-70 años) el interés se concentra en la reflexión acerca del “quehacer” del “ser viejo”, de las tareas específicas de esta etapa de vida. La modificación de los roles y la necesidad de asumir otros nuevos, se constituye en una tarea central.

En el tercer grupo, de vejez avanzada (70-80 años) la preocupación principal la constituye el afianzamiento de los nuevos roles personales y sociales.

Si consideramos las limitaciones impuestas por la heterogeneidad de necesidades, motivaciones e intereses que se da en los grupos de personas mayores debido a la mayor diferenciación que se produce al ir avanzando en la vida, las alternativas arriba mencionadas son, en principio, posibles y válidas.

Al organizar una propuesta dirigida a los adultos mayores, lo esencial es saber distinguir con claridad el objetivo y alcance particular de cada programa para no llevar a confusiones y malos entendidos.

En lo que respecta a los programas denominados “recreativos” o “culturales”, se corre el riesgo de que a través de un activismo social se disfrace una concepción de desapego o separación al mismo tiempo que se refuerza una “distracción” exagerada del sí mismo y de su tendencia a la interioridad, o bien, puede derivar en algunas de las diversas formas de asistencialismo. En cuanto a la oferta generalmente denominada “educativa”, cuando no hay una fundamentación desde una teoría pedagógica centrada en la persona, sus valores esenciales y su dignidad propia, puede encubrir un carácter funcionalista.

En tal sentido, es fundamental que quienes estén a cargo de la organización de programas o actividades referidas a los mayores tengan un conocimiento apropiado de las características particulares de la vejez como etapa de la vida y una actitud fundamental de respeto a la dignidad humana, cualquiera sea la edad de las personas.

En consecuencia, de lo antes señalado se abre, por una parte, un ámbito de formación específica en gerontología para los profesionales del área de las ciencias sociales y de la salud que aspiren a integrar grupos interdisciplinarios que trabajen o investiguen en la problemática del envejecimiento humano.

Implica, asimismo, incorporar en los currículos académicos que se refieren tanto al desarrollo humano como a tecnologías y actividades en relación a los ciclos vitales, el conocimiento de las personas en todas sus edades, sin cortar artificialmente en el adulto sino ampliando el saber sobre la existencia humana en lo que respecta a vejez activa, vejez avanzada y alta ancianidad.

Principios e ideas-eje para la organización de actividades educativas dirigidas a las personas mayores

Con el objeto de organizar la praxis educativa para las personas mayores teniendo en cuenta los fundamentos antropológicos y teleológicos de una concepción personalista, se proponen lineamientos teórico-metodológicos que consideren el potencial de desarrollo cognitivo-social de la vejez como ciclo de vida y presente alternativas válidas para todas las personas, durante toda la vida.

Con ello, se intenta dar lugar a la diversificada demanda, cada vez mayor y más sentida de la población de personas mayores que presentan un envejecimiento normal y requieren algo más que acciones compensatorias o supletorias ofrecidas desde una perspectiva asistencialista.

Una propuesta educativa enmarcada en los propósitos antes señalados implica:

En la dimensión antropológica:

  • una concepción realista de la vejez. Conocimiento comprehensivo de ella entendida como una etapa más del desarrollo humano con sus características específicas y su propio “quehacer”.
  • la promoción de la persona hacia valores humanizantes sin caer en el “asistencialismo”. Evitar tanto el “tutelismo político” como las instituciones cerradas y limitantes.
  • considerar la educación en la vejez como una educación participativa y situacional. Las personas mayores no sólo son los verdaderos sujetos del propio proceso educativo sino que al tener la posibilidad de capitalizar su experiencia se convierten en actores de dicho proceso y transformadores de su realidad histórica-social.
  • no limitarse a un carácter de educación sustitutiva o complementaria sino entenderse como un sistema con fundamentos, principios y finalidades específicas.

En la dimensión teleológica:

  • consolidar una imagen social positiva y sana de la vejez y del proceso normal de envejecimiento humano.
  • identificar el origen y validez de estereotipos y actitudes negativas que no sólo los demás grupos sociales tienen respecto a la vejez, sino que también se encuentran en las propias personas mayores. Propiciar acciones sistemáticas y efectivas que comprometan a los diferentes ámbitos políticos, sociales y comunitarios para modificarlas.
  • acrecentar las posibilidades reales de las personas mayores para mantener un papel activo y creativo en el sistema social y productivo que den lugar al aprovechamiento del bagaje cultural, científico o tecnológico adquirido y de la experiencia personal acumulada y transformada en sabiduría de vida.
  • tender a que la ocupación sea considerada como “quehacer”, “tarea” o “proyecto personal” y juegue un papel decisivo en los sentimientos de identidad y autoestima en la vejez.
  • promover el acceso de las personas mayores a todos los servicios disponibles en la comunidad.
  • proponer posibilidades personales de reciclajes precisos en función del desarrollo tecnológico y de los cambios económico-sociales del contexto particular en el que se vive y actúa.
  • favorecer las posibilidades de usar el tiempo “libre” de manera creativa y personalmente enriquecedora.
  • actitud consciente y responsable de las personas para resolver las situaciones vitales en las diferentes etapas de la vida. Paralelamente, promover la modificación del medio social para facilitar el ajuste mutuo que permita el logro del bien-estar personal y de su resonancia en el entorno familiar, comunitario y social.
  • actitudes personales favorables al requerimiento de opciones formativas a lo largo del ciclo vital.
  • reconocer que la mayor individualización producida al aumentar en edad, debido a la historia personal entretejida con la experiencia de vida cotidiana, genera mayor heterogeneidad en los grupos.
  • valorizar la experiencia acumulada como saber funcional adquirido y fuente dinamizadora para la resignificación del “ser viejo” y su connotación social.

En la dimensión metodológica:

  • la concepción de un sistema educativo como un “todo”, sin cortes artificiales y prescriptivos, como un sistema abierto y dinámico, que permita la integración de las múltiples variables intervinientes, sensible a las exigencias histórico-sociales.
  • instituciones sociales y educativas “abiertas” y “flexibles” que presenten una oferta educativa acorde a las necesidades personales de educación durante todo el transcurso de la vida.
  • explicitar el potencial formativo del sistema de comunicación social mediante el uso sistemático de los diferentes medios para mensajes educativos tendientes a revalorizar la vejez como una etapa más de la vida, reconocer su “quehacer” específico y los valores que implica.
  • acciones sistemáticas por parte de las instituciones, de los organismos no gubernamentales y de la comunidad en general para satisfacer los requerimientos educativos, culturales y recreativos y atender a la variabilidad interindividual e intraindividual.
  • considerar el margen normal de variación que existe según las diferentes formas de envejecimiento personal y sus múltiples y diversos condicionamientos.
  • la interdisciplinariedad como marco contenedor de las propuestas. Necesidad de integrar grupos interdisciplinarios en la organización de actividades para evitar reduccionismos y enriquecer el proceso.
  • la exigencia de capacitación gerontológica en diferentes áreas para quienes opten por trabajar en programas destinados a personas de edad.
  • el estudio objetivo de necesidades e intereses de la población meta, en cada situación, para presentar las ofertas más acordes con las demandas concretas e individualizadas del grupo destinatario.
  • opciones diversas de preparación para el envejecimiento: programas que tengan como eje el tema de las actitudes ante el retiro laboral o el del enfrentamiento con nuevos roles y relaciones sociales, entre otros.
  • propuestas educativas no “encerradas” en lo institucional/académico sino “abiertas” a sistemas y modalidades no formales de educación. Esto requiere estudiar nuevas formas de organización flexible en cuanto a espacio, tiempo y estilos de aprendizaje como así también, al uso racional y competente de los recursos humanos, económicos y administrativos.
  • las personas mayores como verdaderos sujetos participantes se constituyen en centro y eje de las diferentes alternativas. Las actividades se organizan “con” ellos y no “para” ellos.
  • la relación pedagógica basada en la apelación y el diálogo.
  • considerar como punto de partida que la capacidad de aprendizaje está condicionada más por una serie de variables propias de la situación personal de cada historia de vida que por la edad misma. Identificar como variables que pueden incidir: las capacidades naturales, el ritmo personal de aprendizaje, el tipo y grado de formación escolar, el ambiente más o menos estimulante en el que vivió o vive y la trayectoria laboral.
  • la organización de acciones educativas sistemáticas que involucren a las personas mayores como actores participantes ya sea en carácter de docentes, animadores, coordinadores u orientadores en grupos de su generación o intergeneracionales.
  • la comunicación intergeneracional. Actividades que favorezcan la integración de las personas mayores con niños, adolescentes, jóvenes y adultos y no segregarlos de la realidad social.
  • el reconocimiento de que las posibilidades de aprendizaje en la vejez no dependen tanto de la edad como de las condiciones en que se realiza. Estas condiciones tienen que ver con los siguientes principios básicos del aprendizaje en las personas mayores:
    • el progresar en edad no produce una reducción sino más bien un cambio estructural en las disposiciones intelectuales apropiadas. Si bien la memoria y la rapidez en el aprendizaje decrecen, los sistemas de comprensión cognitiva pueden ir diferenciándose constantemente con los años y perfeccionándose progresivamente con lo cual puede aumentar la exactitud y seguridad del aprendizaje.
    • el ritmo de aprendizaje de los mayores difiere significativamente en relación al de los jóvenes e incluso hay importantes diferencias individuales entre el grupo conformado por aquéllos. Por esta razón, en toda situación de aprendizaje es imprescindible respetar y conceder el tiempo que requiera cada uno, según las características personales de asimilación y procesamiento de la información.
    • en cuanto a la motivación para el aprendizaje, las personas mayores no están menos dispuestas, sino que su situación está más ligada a la práctica real y personal. El interés para un aprendizaje continuo se halla, en esta etapa de la vida, relacionado con necesidades subjetivas de permanecer mentalmente ágiles y activos. Según sean las situaciones y desafíos que se les presenten como tareas de desarrollo y, en la medida en que las perciban como factibles de hacerles frente, será también la tendencia a buscar oportunidades de aprender.
    • la experiencia vital, la realidad inmediata, la cotidianeidad constituyen una fuente de motivación importante para iniciar el aprendizaje en los mayores y a la cual hay que recurrir permanentemente para mantenerla durante todo el proceso.
    • el aumento o conservación del sentido de la autoestima y del interés por adquirir una nueva habilidad, aplicar o enriquecer los conocimientos presentes, son fuertes motivantes secundarios para aprender.
    • el aprendizaje es siempre una cuestión de organización. La eficiencia de una situación de aprendizaje en los mayores depende, en gran medida, de la capacidad de la persona para organizar y ordenar el contenido a aprender, de lo significativo que le resulte el tema dentro de un contexto global y de la posibilidad de ser integrado en su propia realidad de vida.
    • el proceso de aprendizaje exige la reorganización de pasados “insights” en nuevos paradigmas elaborados personalmente. Todo nuevo aprendizaje se construye sobre la experiencia previa lo cual repercute, a su vez, en el ritmo de aprendizaje.
    • partir de la historia personal conformada de valores, actitudes, creencias, conocimientos, habilidades, hábitos, posibilidades, carencias, etc. a lo largo del ciclo vital les permite, por una parte, reflexionar concientemente sobre el sentido de su vida y por la otra, ser capaces de estructurar los nuevos conocimientos teóricos sobre la propia realidad contextualizada, para poder intervenir en ella de manera dinámica y comprometida.

* Aquí aprendizaje permanente hace referencia a su carácter de connatural a la naturaleza humana ya que sin aprendizaje ni la vida humana ni su supervivencia serían posibles. El objetivo primario del aprendizaje de por vida, en función de las etapas existenciales, es que el individuo se reconozca y comprenda constantemente a sí mismo y a su ambiente dentro de sus formas y relaciones en continua transformación.


 

NOTAS

1. Robert Butler, Why Survive: Being Old in America (New York: Harper & Row, 1975).

2. Un aporte interesante es el realizado por R. J. Havighurst, B. Neugarten y S. Tobin, “Disengagement and Patterns of Aging,” Gerontologist 4 (1964).