CAPÍTULO V CONSIDERACIONES FINALES El interrogante inicial planteado acerca de la existencia humana y las posibilidades y condiciones educativas reales de las personas mayores frente a la ampliación de la esperanza de vida y del progresivo envejecimiento de la población fue el punto de partida de nuestro objeto de estudio. La búsqueda de antecedentes para verificar el estado de la cuestión llevó a comprobar la escasez de estudios acerca de la segunda mitad de la vida con una concepción de formación permanente. Se comprobó que la mayoría de los programas destinados a personas mayores son elaborados con una visión asistencialista, funcionalista por lo cual no cubren los intereses y necesidades de un importante porcentaje de la población sana de 60 años y más. El indagar acerca de respuestas válidas a los planteos precedentes, llevó a la búsqueda crítica de fundamentos antropológicos y teleológicos para una praxis centrada en las personas de edad avanzada, interesadas en continuar vinculadas activamente a su medio familiar, comunitario y social aportando su experiencia acumulada durante toda una vida de formación, trabajo y vivencias particulares. Encontramos los principios fundamentales para la praxis educativa en la concepción pedagógica del personalismo que nos permitió centrarnos en la persona y comprenderla como unidad bio-psico-social y espiritual, capaz de trascender a los condicionamientos propios de la existencia mediante la opción libre, responsable, orientada a valores y al sentido de la vida. A partir del marco teórico explicitado, consideramos la educación como un proceso que se da en un tiempo histórico y en un tiempo personal. La persona humana vive siempre dentro de un determinado espacio de coordenadas de tiempo y espacio que genera un ámbito de relaciones ordenadas por un sentido, aún cuando éste sea percibido o no, sea explicitado o no. La temporalidad, esencial a la existencia histórica, es el signo inmediato de la finitud humana y evidencia, además, el horizonte en el cual se coloca cualquier opción. La existencia humana se desarrolla en el tiempo como un todo significativo, en una continuidad unitaria. El curso de la vida está constituido por momentos particulares que asumen un sentido con relación a una totalidad. Con esto queda en evidencia que el tiempo humano deviene paralelamente al proceso que realiza el hombre en su esfuerzo original por lograr la personalización. Corresponde al tránsito de uno mismo a través de la propia generación. Tratamos de destacar que, en cada persona debiera ser una toma de conciencia de los diversos estadios o etapas de su desarrollo personal en el proceso de plenificación humana. Para ello, es necesario que cada vez más el niño se vivencie como niño, el adolescente como adolescente, el adulto como adulto y el anciano como anciano. Mediante la teoría del desarrollo humano que nos valió de sustento, conjuntamente con una filosofía personalista, destacamos que el ser humano tiende a algo más de lo que llega a ser en cada momento de la vida. Toda persona se encuentra en continuo tránsito por diversas etapas de desarrollo en forma de una espiral ascendente que no encuentra límites en el tiempo. Justificamos, asimismo, que la edad adquiere un sentido dinámicamente positivo como el avance hacia algo siempre original e inédito: el sentido o tarea propio de cada etapa de la vida. Con ello no queremos decir que el que más años ha vivido es siempre más persona ya que en la realización del proyecto total en cuanto persona lo que importa es la madurez entendida como plenitud integrada de cada etapa de la vida. Así, la experiencia tiene un valor eminentemente positivo y humanizante y el tiempo humano tiene un valor en sí mismo. El aceptar que el hombre es inacabado implicó sostener la necesidad de la Educación Permanente(*) o continua, no como un requisito impuesto por la sociedad sino por ser exigencia de la naturaleza humana misma. El grado de madurez, autorrealización o plenitud que la persona va adquiriendo etapa tras etapa de la vida es una real conquista personal, única e intransferible, que depende de la edad (tiempo humano), de las potencialidades inscritas en su herencia filogenética y de los condicionamientos sociohistóricos. Por ello la educación consiste fundamentalmente en el aprender a vivir como un hombre completo, en cada etapa, pero inacabado en su ser total, que busca continuamente su nunca alcanzada plenitud humana. Se funda en el hombre como ser abierto, no determinado en una única dirección, y sostiene que lo característico de la situación del hombre, es el hecho de que su existencia no le viene simplemente dada como al animal, sino que representa una tarea a realizar. En consecuencia, no debiera ser educación conservadora a partir de una concepción de cultura inamovible de generación a generación; ni educación adaptadora según el modelo válido para la sociedad sino educación personalista entendida como el uso constructivo del tiempo humano por parte de cada persona, de manera que le permita vivir plenamente cada una de las etapas de su desarrollo en la búsqueda de una humanización siempre mayor. Aparecieron así, la responsabilidad y compromiso de la educación en cuanto tarea profundamente humana, fundada en la necesidad imperiosa de rescatar el sentido u objetivo último de ella misma como una educación de la interioridad. En un mundo y una época que privilegia la exterioridad y la superficialidad de lo material y lo instintivo, se hace necesario contraponer una educación que lleve a destacar la interioridad a partir de la cual pueda cada ser humano tomar conciencia de sí mismo, ser dueño de su propia persona, enfrentarse con su mismidad y conducirse hacia una meta conocida y querida. En nuestro discurrir fue vislumbrándose que tal proceso que implica en la persona asumirse como dato y tarea, si bien se percibe mejor al final de la vida, es el resultado del modo en que se ha vivido cada etapa de la existencia, de un devenir persona, de un ser-siendo que implica la posibilidad siempre enriquecedora de la autenticidad. Ello significa buscar permanentemente, en el núcleo más íntimo, la auténtica verdad que es la que permite elaborar un proyecto de vida y un ser-así concordante con su sí mismo, lo que conlleva a un vivir personalizado al descubrir el verdadero sentido del ser del hombre y del mundo. Tales observaciones nos indujeron a destacar, por una parte, la igualdad de derecho de todas las personas a educación durante toda la vida lo cual supone toma de conciencia, responsabilidad y compromiso por parte de la sociedad global. Por otra, nos permitió tomar conciencia de la necesidad insoslayable de autoconstrucción y de expresión interior que se constituye en responsabilidad personal. En tal sentido, se consideró una vía adecuada para arribar a la praxis educativa algunos postulados o ideas tomados del análisis existencial frankleano y de la logoterapia que, si bien no surgieron como respuesta a una necesidad pedagógica, nos dio principios válidos para el esclarecimiento de propuestas educativas dirigidas a las personas mayores. La tendencia a la búsqueda del sentido de la vida propia de la naturaleza humana llevó a esclarecer que toda vida tiene algún objetivo pero nadie puede decirle a nadie en qué consiste. Cada uno debe hallarlo por sí mismo y aceptar la responsabilidad que su respuesta le dicte. Esto es, aceptar la capacidad humana de trascender sus dificultades y descubrir la verdad conveniente y orientadora. La educación considerada desde esa perspectiva tiende a la educación de la conciencia, aún en la vejez, pues sirve como una eficaz prevención, ante un mundo en crisis de valores, para que el hombre no caiga en el vacío existencial. Una vida a partir de la conciencia es siempre una vida personal que tiende a una situación absolutamente concreta, a eso que puede importar a nuestro ser individual y único en las condiciones determinadas de su existencia: la conciencia incluye siempre el ahí concreto de mi ser personal. A nuestra pregunta inicial de si es posible una Pedagogía que reflexione y dé respuesta ante la vejez como etapa de vida podemos contestar que la teoría pedagógica personalista presentada es la que justifica y funda tanto la reflexión teórica como la praxis educativa centrada en las posibilidades y condiciones que las personas presentan en ese ciclo vital. Sin embargo y como fruto de nuestras reflexiones acerca de la existencia humana surgieron nuevas preguntas estrechamente vinculadas a la educación de la persona mayor:
Pensamos que si la existencia humana presenta, tal como la concebimos, una particular tensión entre la identidad de la persona y la transformación de sus condiciones concretas, se dan fases vitales con carácter propio pero que pertenecen a la misma persona quien en ellas se reconoce a sí misma y se hace responsable de lo que en ella suceda. En consecuencia, podemos distinguir e incluso destacar por su significativa repercusión en la aceptación de la vejez como etapa valiosa y singular una educación o preparación para el envejecimiento entendiendo por ello la progresiva superación de las crisis particulares de cada etapa de la vida (niñez, adolescencia, juventud, adultez), que permite, a su vez, vivir auténticamente en cada una de ellas. Esto supone un proceso educativo integral dirigido a todas las personas, en todas las edades y esto tanto desde lo formal como de lo no formal lo cual lleva a replantear la concepción de la Educación de Adultos y a repensar el Sistema Educativo Global de nuestro país. Se sostiene lo anterior por entender que el envejecimiento humano sano es responsabilidad y compromiso tanto de una política social global de la comunidad como de la necesidad de un desarrollo autónomo de la persona a lo largo de la vida lo cual significa, a su vez, que:
Entendemos que es tarea de todos el reconocimiento de la dignidad personal que implica la vejez como etapa de vida y el compromiso para que las personas mayores se sientan útiles, activas, autónomas, participativas de acuerdo con sus propias posibilidades y condiciones, sin las limitaciones impuestas simplemente por la edad cronológica o por el contexto histórico-social. Sin embargo, la situación así perfilada nos llevó, consecuentemente, no sólo a justificar sino a propiciar la necesidad ya insoslayable de una educación en la vejez sustentada en el concepto de edad funcional por el que se destaca en las personas el requerimiento de nuevos roles que exigen la búsqueda permanente de respuestas propias y específicas frente a situaciones vitales. Por ello, se consideró importante destacar que, cuando una persona ha ido aprendiendo a resolver los conflictos existenciales presentados por las diferentes etapas previas, es más probable que pueda comprender y afrontar la crisis normal de la vejez por la que vivencia su limitación, su impotencia frente a los otros, a la realidad, a sí mismo. Coadyuvan a generarla supuestos que proceden de la percepción del tiempo y de los acontecimientos de la vida misma como el sentimiento de la muerte que se abre paso en la experiencia del límite, la conciencia del final que intensifica la sensación de la transitoriedad, la vivencia de la finitud que promueve la percepción cada vez más clara de lo que no pasa, el debilitamiento de la expectación en relación al carácter de inacabable. Tal crisis, como las anteriores, tiene su propio sentido y salida. Lograr encontrarlos es emerger de ella más persona. Sin embargo, se destacó que el modo de resolverla positivamente dependerá fundamentalmente de la aceptación del envejecimiento, del fin, sin sucumbir a él ni desvalorizarlo con indiferencia o cinismo. A lo largo de la vida, cada momento encierra un sentido propio e intransferible que nos toca descubrir y sólo resulta comprensible desde el sentido total. Aceptar la vejez, en tal caso, significa reconocer que la vida no es una yuxtaposición de partes sino un todo que está presente en cada punto del transcurso. Destacar la capacidad de la persona a percibir totalidades llenas de sentido en situaciones concretas de vida, nos llevó a sostener que los mayores no sólo demuestran su voluntad de sentido en la búsqueda del mismo durante la vejez sana, sino que pueden encontrarlo por tres caminos correspondientes a tres categorías de valores (creativos, vivenciales y de actitud):
El modo de vida en la vejez dependerá, por ello, de la resignificación que los mayores logren en relación a sí mismos y al ambiente personal y social en el que les toca vivir. De allí surgen los valores y las actitudes nobles e importantes para su vida digna: comprensión, valentía, confianza, prudencia, integridad, espiritualidad, respeto a sí mismo, lealtad a la vida ya vivida, a la obra cumplida, al sentido de la existencia realizada. Valores y actitudes que sólo pueden realizarse entonces. Lo expuesto da sustento al objetivo educativo propio de la vejez: sabiduría y autotrascendencia por el que las personas mayores logran abarcar de modo comprehensivo la totalidad de su existencia y les permite dar a su vejez temporal un sentido que compendia y plenifica las anteriores fases de la vida. Las características esenciales de la persona que se destacaron en este trabajo, justifican un programa de tareas educativas fundamentales para la vejez concebida como una oportunidad más, tan digna y válida como cualquier otra etapa, para acceder al autoconocimiento y a la autopertenencia. El ser viejo en cuanto es persona lleva en su ser su quehacer esencial: su programa educativo puesto que toda vida tiene un carácter teleológico. La persona mayor no sólo es capaz de llevar a cabo proyectos sino que sigue siendo proyecto cuyo dinamismo fundamental está centrado en la riqueza interior conformada por una historia de vida y una cotidianeidad significativamente comprendida en su totalidad. Asimismo, desde una perspectiva formativa y personalizante es posible promover una organización con sentido del tiempo libre en la vejez. Esta es la edad privilegiada para el ocio creativo y plenificante, el momento propicio para la integración mediante actividades culturales, recreativas y de participación social orientadas a la meditación serena, a la interioridad. El modo o camino que se nos mostró más apropiado es el de la relación, el diálogo, el encuentro personal (fundamentalmente intergeneracional). En el caso de las personas mayores es esencial reconocer el valor de la palabra, palabra entendida como compromiso. Ella es el vehículo que los une con el mundo exterior. Es la expresión de una interioridad hecha vida. Es el medio de comunicación entre su realidad interior con la sociedad que lo contiene. Por lo tanto, es necesario que la vejez recupere su lugar propio de expresión. Para concretarlo es menester que los mayores sean apelados, convocados a decir. Al ser llamados, su ser responsable tiende a salir, se sienten vivos, tienen oportunidad para dar a través de un diálogo personalizante, hecho consulta. Asimismo, pueden expresar sus necesidades y proyectos, responder con valores que, al realizarlos van completando su objetivo último: ser persona en plenitud y encarnar la provocación frankleana la hora pasa, la pena se olvida, la obra queda, en el final mismo de la vida vivida con sentido, porque todavía es vida. Las consideraciones presentadas no pretenden, de modo alguno, agotar la problemática planteada, sino sólo los objetivos propuestos a fin de dilucidar los fundamentos teóricos que contribuyan a resignificar la vejez desde una concepción personalista y reconocer sus condiciones y posibilidades educativas. Estimamos que el presente trabajo es un aporte significativo en cuanto abre una línea de investigación pedagógica permeable a nuevos hechos, valores y preguntas fundamentales generadas en una educación para el sentido de la vida y la dignidad humana. * En este contexto con el término permanente se quiere remarcar que en el concepto de educación se reconoce, según una de sus raíces (educare : sacar desde adentro, hacer brotar), su naturaleza fundamental inmanente al ser del hombre y a su trascendencia, como así también, el objetivo de facilitar la ampliación de espacios vitales de creatividad, autonomía y participación social, al desechar los esquemas que pretenden encerrarla en etapas cronológicas, instituciones, programas y métodos que una organización sociopolítica y cultural le ha ido imponiendo a lo largo de la historia pero son condicionantes de un proceso de personalización. |