4 de Abril de 2025
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Colección: INTERAMER
Número: 50
Autor: Inés Azar, Ed.
Título: El puente de las palabras. Homenaje a David Lagmanovich

TEXTUALIDAD, MODELACIÓN, DESCENTRAMIENTO:
NOTAS SOBRE EL PROCESO CRÍTICO

Héctor Mario Cavallari
Mills College

Este escrito parte de dos preguntas fundamentales: ¿desde dónde pensar eso que todavía suele llamarse “literatura”? y ¿qué condiciones epistemológicas y metodológicas entran en juego al pensarse la literatura desde tales o cuáles perspectivas y en tales o cuáles tipos de discursos? Sólo quisiera considerar algunas de las implicaciones de estas dos preguntas para una búsqueda situada en el entrecruzamiento de la necesidad formal y la necesidad histórica de las prácticas de escritura. Tales implicaciones quedan encaradas, entonces, como bases “autoconscientes” de la pulsión crítica, buscando reflexionar acerca de ellas mediante el examen de la noción de modelo [Y. Lotman] y su constelación conceptual. Mi conclusión será que el cuestionamiento realmente crítico, hoy por hoy, es tal vez aquel cuyas estrategias hacen mutuamente irreductibles los dominios del “mundo” y del “lenguaje”, atravesando la escisión tradicional de los géneros discursivos en “ficción” y “no ficción” y proyectándose más allá y más acá de toda parcialidad de “escuela” o de “metodología”. Se trata entonces de unas observaciones que, aunque teóricas, no intentan situarse en una especie de limbo abstracto, sino invitar a reflexionar acerca de qué es y qué implica “hacer crítica” (y a hacerla de tal manera o de tal otra). Creo que esto podría poner una nota “autocrítica” en la reflexión intelectual en torno a nuestras prácticas como críticos, es decir, como aquellos que practicamos el ejercicio de una escritura.

I

Para evitar nominalismos y gastadas polémicas terminológicas, advierto de entrada que usaré el vocablo “literatura” como si estuviera siempre entre comillas —para indicar una distancia crítica del mismo— y que formulo eso que (con mayor o menor precisión o confusión) llamamos literatura como discurso, es decir, como texto-objeto elaborado por una práctica discursiva específica.1 Esto remite a lo que la literatura comparte con las demás prácticas discursivas (formación discursiva, episteme, sistema de significación, codificación semiótica, etc.), por un lado, y nos enfrenta a la cuestión de la especificidad de la práctica literaria, por otro.

Hace ya bastante tiempo Julia Kristeva establecía un vínculo entre estas dos dimensiones, y lo hacía (curiosamente) al abordar una crítica radical de la semiótica en cuanto ciencia que enfoca las prácticas sociales como sistemas e signos, usando el lenguaje (o mejor, el sistema de la lengua) como su modelo. Con tal enfoque, señalaba Kristeva, la semiótica llega al descubrimiento de la ley que gobierna toda práctica social: el hecho de que significa, es decir, que se articula como un lenguaje y que, por ello mismo, conlleva una sistematicidad “cerrada” y formalizable en términos de estructura. Pero también con ello la semiótica tiene que restringir la zona de su acción científica al campo regido —en última instancia— por la necesidad de las comunicaciones sociales en el seno de una “socialidad” concebida como archisistema: como contrato social, sistematicidad codificante o dimensión simbólica que se da en el lenguaje y que marca la escisión entre cultura y naturaleza, marcando también el carácter arbitrario de la relación entre el signo y el referente.

La semiótica, concluía Kristeva, tiene que limitarse a “registrar los aspectos sistemáticos, sistematizantes o informativos de las prácticas de significación” y no puede dar cuenta precisamente de la especificidad de prácticas como la literaria, que “aunque sirven a las comunicaciones sociales, constituyen zonas privilegiadas donde tal servicio se pone en juego con fines no utilitarios: las zonas de la transgresión, del placer y del deseo” (1249 [mi traducción]). La primera propuesta que puede despejarse aquí, entonces, —respecto de las preguntas que subtienden a este trabajo— es la de una caracterización de lo específico de la práctica literaria como exceso, desborde o “transgresión” de un modelo de práctica discursiva (o de significación) demasiado restringido por el imperativo de sistematicidad que preside al trámite “científico” lingüístico-semiótico (o mejor, a cierta concreción del mismo). Lo que habría entrado en juego aquí, como vemos, sería la cuestión de la posibilidad misma de formalizar la praxis discursiva llamada “literatura” (o “escritura”) —y, mutatis mutandi, la praxis crítica— dentro de un campo de trabajo semiótico.

Creo que cabe adelantar aquí tres corolarios divergentes respecto de Kristeva. El primero propone que el hecho de la “socialidad” no tiene por qué agotarse en (o reducirse a) una conceptualización del mismo como archisistema. La “socialidad” puede ser conceptuada más bien como una red histórica —vale decir, móvil— de prácticas discursivas y no discursivas, en cuyo concreto accionar se produce una modelación del “contrato social” que articula las relaciones de semiosis, de significación y de comunicación.

El segundo apartamiento especifica que el exceso será indisociable del sistema. La “transgresión” ha de implicar, así, una vinculación con las “vacas sagradas” de la formación cultural. Estas pondrán a la vez el límite a transgredir y las condiciones estructurales de posibilidad de tal transgresión. El desborde, la carnavalización y el “canibalismo” inherentes a la práctica de la escritura serán tales, entonces, sólo en un nexo indisoluble con determinadas formas de poder. De esta manera se puede indagar el ejercicio de confrontaciones latentes y manifiestas con determinados paradigmas epistemológicos dominantes. Dichos paradigmas se imponen siempre en un orden concreto, dentro del ámbito específico de las representaciones de lenguaje (entendidas éstas no como meros datos, sino como acciones verbales de re-presentar, de volver a introducir y a hacer presente lo que retorna). El enfoque recae aquí, entonces, sobre un sistema histórico de poder político, económico, social y cultural captado en el dominio específico del discurso; y entendiendo que este discurso, como escribe Foucault, “no es simplemente aquello que traduce las luchas o los sistemas de dominación, sino aquello por lo que, y por medio de lo cual, se lucha: el poder del que quiere uno adueñarse” (12 [mi traducción]).

La tercera divergencia afirma, sencillamente, que hablar de práctica de escritura indudablemente conllevará, por lo delimitado más arriba, una consideración de los factores ideológicos de la “socialidad”, pero que tales factores deberán ser considerados en las formas específicas que revisten dentro del campo sistémico-estructural de las convenciones de semiosis y textualidad. La primera tarea consistirá, entonces, en encarar la posibilidad de una lectura del texto “literario” desde una perspectiva atenta a las relaciones complejas entre literatura e ideología dentro de un campo verbal de trabajo. El perfil de lectura que aquí se propone busca inscribirse así en un marco crítico que interroga los nexos discursivos entre las formas de la escritura y las del sistema histórico-cultural que las interpela. De entrada emergen un par de criterios que forman parte del modelo teórico-metodológico que subtiende a este escrito, situado en ese sitio problemático llamado “la literatura en su contexto social”.

Creo que para “la literatura” entendida como acción verbal, como acto de escritura, “lo social” es —en última instancia y fundamentalmente— un sitio múltiple y complejamente articulado de discurso: una red o un entramado de relaciones, de vínculos recíprocos, entre innumerables prácticas discursivas heterogéneas. En esa malla, lo estético, lo ético y lo político se entrecruzan, vasta y minuciosamente. De allí que el abordaje de ese orden social, desde la perspectiva interesada de lo literario, sólo pueda ser eficazmente realizado a través de una modalidad microfísica, “molecular” o “capilar” de trabajo verbal. En sentido inverso y complementario, el texto literario, en cuanto hecho de lenguaje, constituye el dato de un acaecimiento social por su propia índole semiótica (como lo son también las prácticas de la lectura y la interpretación).

Por otra parte, hablar de “contexto” es acudir implícitamente a los supuestos de una relación latente entre el texto y “otra cosa”: una alteridad del texto, un “algo” que lo excede y que, sin embargo, le está indisolublemente vinculado. Es precisamente en este juego relacional que se inserta una de las líneas teóricas generales o “de base” en la indagación de este trabajo. Este factor reflexivo es el contexto del texto, es decir, el contexto que el texto se apropia dentro de las modalidades críticas, irónicas y “transgresoras” (o “sub-versivas”) de que sin duda dispone virtualmente toda escritura.

No estará de más recordar aquí el alcance que realiza Galvano Della Volpe (1966), cuando define la estructura formal-dianoética de la semanticidad específica del texto literario bajo la categoría de lo multi-contextual orgánico, es decir, como configuración textual en cuya formación significativa inmanente se ordena el agenciamiento modelado de su propio contexto. En este sentido, el contexto del texto se despliega como una estructura de condiciones que la escritura textualiza al ponerlas en discurso. De este modo, el contexto “está en” el texto: se agencia y se realiza qua texto, en la y por la “consistencia” misma del objeto discursivo. Lo demás, lo propiamente “otro” del texto, son las circunstancias tanto transliterarias como interliterarias del mismo.

II

Para inscribir concretamente, en el cuerpo textual, lo arriba explicitado, el discurso debe volver ahora sobre sí mismo, sobre las propias condiciones de textualidad y modelación. La delimitación que deseo proponer debe inscribirse en el trazado, forzosamente somero, de un modelo teórico de la obra literaria sobre la base de las nociones de la estructuralidad del texto. Veremos que tales nociones, siendo formales, no tienen por qué ser “formalistas”.

En los últimos decenios, como es bien sabido, se ha ido elaborando un trabajo crítico que ha desarrollado una relación epistemológica entre el sujeto, los instrumentos y los objetos del conocimiento. Las nociones y aparatos conceptuales a la vez constituyen y quedan determinados en diversos y específicos campos de configuración semántico-ideológicos, en el marco de los cuales se despliega la actividad investigadora para practicar un recorte modelado y modelador de los objetos que aborda. Como define Lecourt, “los ‘objetos’ de la ciencia, lejos de ser pobres abstracciones desgajadas de la riqueza de lo concreto, constituyen los productos teóricamente normados y materialmente ordenados de un trabajo que les otorga toda la riqueza de las determinaciones del concepto y toda la sensibilidad de las precisiones de la experiencia” (31 [mi traducción]).

En el terreno de las prácticas de significación, el foco gnoseológico recae justamente sobre la actividad modeladora de lo real en términos de la producción significante de sentido, de la producción semántico-ideológica como función definitoria de lo humano. En este terreno, por eso mismo, los conceptos de texto y textualidad permiten el desarrollo de una fecunda dialéctica en el juego de oposiciones e identidades entre objetividad e interpretación. Quizás sea este el motivo por el cual resulta difícil delimitar dichos conceptos sin deslizarse hacia reducciones inaceptables.

Aunque desde la perspectiva semiótica el texto se define como estructura relativamente autónoma de signos —es decir, de cualquier tipo de signos—, sólo los textos verbales serán considerados aquí. Estos se caracterizan por su estructuralidad, la cual puede ser aprehendida según tres categorías fundamentales: integración, sistema y jerarquicidad. Por su integración se distingue un texto de un agregado de signos; el texto será, entonces, un conjunto orgánico de elementos interconexos según reglas determinables de relacionalidad. Pero hay que tener en cuenta que tales “elementos” no vienen ya configurados, sino que deben ser delimitados. La característica de los elementos mínimos dependerá de la complejidad del texto (o del nivel del mismo) que se aborde.

El conjunto de restricciones que gobierna la conexión de las unidades constituye la sistematicidad de la estructura textual puesta en juego en el texto empírico. La categoría de lo sistemático implica la abstracción del código de la realización empírica de la comunicación. En la perspectiva lingüística, ello se traduce en la oposición lengua/habla; en un enfoque semiótico, en la oposición sistema/texto. El concepto se va precisando al quedar inscrito en una noción interdeterminativa del nexo entre lo abstracto y lo concreto: cualquier delimitación en el nivel del texto como objeto empírico concreto —la demarcación, por ejemplo, de sus unidades elementales— sólo es posible en conexión con aspectos codificados en el nivel abstracto del texto como sistema.

Esta unidad sistémica, asimilable a la noción de estructura por excelencia, posibilita un recorte singular en el flujo de lo real, en el proteico ser-para-sí. Lo que llamamos estructura constituye entonces, un modelo. Como señala Lotman, “toda estructura constituye un modelo, por lo cual se distingue del texto empírico por su mayor sistematicidad y su más amplio grado de abstracción. Más precisamente, no es una estructura-modelo única, singular, la que opera en un texto, sino toda una jerarquía de estructuras organizadas según su grado creciente de abstracción. El texto, consecuentemente, es también jerárquico” (11 [mi traducción]).

La jerarquía inherente a la estructuralidad del texto permite la distinción plural de diferentes niveles en el espesor del mismo. Dado que cada nivel conlleva su propia sistematicidad organizativa, el sistema global se constituye como totalidad funcional integrada: es decir, como un sistema de sistemas orientado a la producción de sentido. Toda delimitación de un texto, entonces, consiste en una práctica que lo constituye al recortarlo de otra realidad textual más amplia e inclusiva, designada como su contexto. Pero tal recorte no puede ser nunca concebido como absoluto, ni sincrónica ni diacrónicamente. No hay aquí separaciones, sino sólo distinciones por cuanto “todo texto es absorbencia y transformación de una multiplicidad de otros textos” (237 [mi traducción]). La delimitación del texto se opera en base a las tres categorías arriba destacadas, transformadas en principios metodológicos de la pulsión crítica que se pone en práctica.

Dentro de las estructuras verbales, cabe distinguir las que sólo ponen en juego el código de la lengua natural (sistema modelador primario) de aquellas que se constituyen en base a sistemas modeladores secundarios. Lotman define estos últimos como “sistemas semióticos construidos sobre la base de una lengua natural, aunque poseedores de una estructura más compleja. Los sistemas modeladores secundarios incluyen el rito, todos los agregados de comunicaciones socio-ideológicas mediante signos, y el arte; todo lo cual converge hacia una compleja totalidad semiótica singular: una cultura” (19).2 Como sistema modelador segundo, el texto literario se precisa (Della Volpe 120-126 y 216-218) por ser polisentido o multívoco, constituye su pluralidad significativa en un locus semántico orgánico-contextual, es decir, producido por el texto mismo a través de sus mecanismos de autorreferencia verbal.

Lo arriba explicitado permite encuadrar con mayor rigor y claridad la afirmación de que los textos “originales” que integran un sistema cultural (tales como los textos artísticos o literarios) no se limitan a re-presentar un complejo de significaciones trascendentes a dichos sistemas, sino que producen tales significaciones precisamente en la dinamicidad contradictoria de la semántica socio-cultural. Se puede definir así toda configuración de valores de sentido como construcción elaborada en y por una práctica social significativa. Como producciones —es decir, como resultados de actividades humanas concretas en el espesor del sistema-cultura, con todas las contradicciones que le son inherentes—, los valores que circulan en las diversas prácticas discursivas (incluyendo la práctica de la escritura) no son “neutrales” ni unilateralmente “universales”. Antes al contrario: están marcados por una parcialidad concretamente determinada, orientándose según unas u otras tendencias opuestas en la conflictualidad sociocultural de la historia.

Contra el fondo de estas determinaciones, puede constatarse el intento reiterado —dentro de un particular sistema de articulaciones de poder— por naturalizar la parcialidad real de las configuraciones codificadas en el espacio de los signos, orientando la práctica discursiva hacia la reproducción ideológica de la forma del tejido de actividades que funda y posibilita el ejercicio de tal control. En los últimos años, los centros del poder de la llamada civilización occidental han conducido las actividades naturalizantes del dominio ideológico a terrenos inéditos. Aquí los discursos del poder transponen la construcción ejercida por la práctica de significación al nivel de la significancia misma, proponiendo estructuraciones cuyo “centro” se supone no estructurado, trascendente a las codificaciones que desde él se ordenan.

En cuanto ideologema, el “centro” se proyecta como sitio fundacional de la forma de la estructura: omnipresente, “universal”, punto cero de todo juicio, enunciado o texto generado por el sistema; y al mismo tiempo ausente, impersonal, no inscrito, disipado. En el dominio de los signos, este tipo de “enmascaramiento” ha llegado a ser formulado como dualismo privilegiante del significado implícitamente escindido (o escindible) del significante: lo que, en una perspectiva filosófica, se ha llamado “logocentrismo” (Derrida 11-27).

En términos de las estrategias ideológicas globales, hay que tener en cuenta que se trata de un discurso cuyo efecto concreto se ejerce en el dominio del lenguaje y redunda en la modelación de un orden que busca articular y legitimar el “mundo”, vale decir, su “mundo”. Este orden reduce los dominios irreductibles del mundo y del lenguaje por su propia forma de operación. Como fue apuntado más arriba, sin embargo, la “socialidad” (Kristeva) que aquí entra implícitamente en juego no tiene necesariamente que ser reducida a uno de los órdenes que intentan hegemonizar su campo específico. La socialidad puede ser conceptuada como una red histórica de prácticas heterogéneas y conflictivas.

III

Si hay un discurso “centrado” y “construccionista”, ese discurso impondrá sus paradigmas reductivistas en un dominio concreto de representaciones de lenguaje. Es en ese dominio que podrá ejercerse una escritura “des-construccionista” y “descentrante”. Esta escritura puede definirse como un proyecto crítico orientado a manifestar el proceso de estructuración del “centro”, desarticulando los mecanismos de “ocultamiento” o naturalización y reinscribiendo los enunciados en el sistema de condiciones de posibilidad de la enunciación —es decir, en el dominio de una práctica concreta de significación, en una práctica de escritura. No podemos dejar de evocar aquí “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius”, esa ficción borgeana cuyo autor ficticio desmonta meticulosamente el discurso en el que el ficticio Tlön ha sido minuciosamente construido a imagen (invertida) y semejanza (por oposición) de “nuestra” cultura, es decir, la así llamada cultura occidental, euro-céntrica y judeocristiana. Qué mejor ejemplo que un texto literario como éste para desplegar la gestión “des-centradora” en el dominio de la literatura: acción que articula el nivel de los signos —esfera de la representación, de la figuración tempoespacial— en función del de la escritura como producción de sentido, es decir, en cuanto actividad que retrabaja el lenguaje como cuerpo de toda manifestación cultural en la historia.

Se impone, a modo de conclusión, la definición de la escritura. Actividad verbal productiva; actividad concreta (es decir, individualizada) y específica (es decir, concebible sólo en un juego primario de relaciones diferenciales); práctica discursiva de producción de la enunciación del enunciado. Entiendo por escritura la actividad verbal que se pone en juego y se arriesga en el sitio donde inciden las demarcaciones discursivas del sistema de ideación propio de una formación cultural. Práctica que involucra un modelo de las categorías de sujeto, discurso y sentido; de sociedad, representación e historia. Actividad que, por ello mismo, está a la vez vinculada y enfrentada a los supuestos consolidados del logos, de la unidad y de la identidad de la obra, del libro y del sujeto. Actividad a la vez vinculada y enfrentada también a esa otra supuesta subordinación ontológica de toda codificación a cierto círculo de motivaciones primarias preexistentes, sean ellas de índole ética, moral, social, religiosa o existencial. Entiendo aquí la escritura, entonces, como práctica específica que constituye, organiza, sistematiza y despliega una modelación sui generis de lo “imaginario” y lo “real”, de lo “privado” y lo “público”, y de lo “individual” y lo “social” en el espacio del discurso.

Recojo y me hago cargo, entonces, de toda una compleja serie de prácticas críticas hispánicas y no-hispánicas que —a partir de diversas tendencias, perspectivas y puntos de vista a veces opuestos— han buscado y buscan desatar (y des-aprender) los supuestos ideológicos reificantes de toda una “tradición” consagrada, logocéntrica y monológica. Todos sabemos que en América Latina y desde comienzos de la década del setenta —para no ir más lejos ni más atrás—, la escritura ha tenido que enfrentarse a diversas y recalcitrantes expresiones de un monologismo dogmático y excluyente, buscando darse su lugar frente al mismo. Pero su necesidad de negatividad —es decir, de descentramiento, transgresión, subversión y desborde— se ha encontrado condicionada por un hecho fundamental: el del dominio de un orden discursivo interiorizado, es decir, el de la hegemonía extensiva e intensiva de un sistema de discurso “consagrado” cuyas estrategias inconscientes de inseminación hace ineluctable, forzosa, y hasta en cierto sentido “natural”, la asunción generalizada de su lenguaje (al menos en una primera instancia de la práctica de escritura).

El discurso “autoritario” es el discurso autorizado: justamente el que (nos) dice lo que somos y (nos) lo dice desde las bases y supuestos consolidados, sustentados y avalados por una tradición cuyas formas y substancias es precisamente la misión de dicho discurso asegurar y re-producir. Pero el “mundo” no es reductible a tal lenguaje ni a ningún otro, y esta revelación es tal vez la más insidiosa operación inherente a toda pulsión crítica corporizada en la práctica de una escritura.

 

NOTAS

1. Ver Cavallari 1983 para un análisis y discusión crítica de las categorías pertinentes a lo discursivo.

2. La cultura, conjunto global de todas las actividades humanas productoras de sentido, queda definida así como una especie de super-texto: realidad intertextual complejamente articulada y mediada por las categorías estructurales antes descritas; contexto máximo de toda configuración semiótica en el espesor de una formación social histórica concreta.

 

BIBLIOGRAFÍA

Cavallari, Héctor Mario. “Semiótica del confinamiento: Para una epistemología de la locura/cordura”. Ideologies and Literatures IV.17 (septiembre-octubre 1893) 181-205.

Della Volpe, Galvano. Crítica del gusto. Trad. Manuel Sacristán. Barcelona: Seix-Barral, 1966.

Derrida, Jacques. Sémiologie et grammatologie. Information sur les Sciences Sociales 8.3 (1968): 11-27.

Foucault, Michel. L’Ordre du discours. Paris: Éditions Gallimard, 1973.

Kristeva, Julia. Sémeiotikè. Recherches pour une sémanalyse. Paris: Seuil, 1979.

_____. “The System and the Speaking Subject.” Times Literary Supplement 3736 (October 12, 1973): 1249-1250.

Lecourt, Dominique. Pour une critique de l’épistémologie. Paris: François Maspero, 1972.

Lotman, Juri. Analysis of the Poetic Text. Trad. D. Barton Johnson. Ann Arbor, Michigan: Ardis, 1976.