Colección: INTERAMER
Número: 50
Autor: Inés Azar, Ed.
Título: El puente de las palabras. Homenaje a David Lagmanovich
AMÉRICA LADINA, PATRIA DE LA IRONÍA
Juan Gustavo Cobo Borda
Embajada de Colombia, Madrid
Nuestro mundo ha
descubierto otro ... Tantas
ciudades arrasadas, tantas naciones exterminadas ...
para el negocio de las perlas y la pimienta ...
¿Quién puso jamás tan alto precio al servicio
del comercio y el tráfico de mercancías?
Victorias mecánicas.
Montaigne
Las utopías implican la
persistencia de ciertas
aspiraciones que siempre han estado vivas entre
los hombres: la solidaridad, la igualdad,
la independencia. Si esas aspiraciones desaparecieran,
con ellas lo haría lo mejor del marxismo,
lo mejor del liberalismo, lo mejor del protestantismo.
Lo que hoy está en juego es encontrar una filosofía
política que digiera la terrible experiencia del siglo XX.
Octavio Paz
La poesía es la salud espiritual de los pueblos.
29 mayo 92, Madrid, ABC, p.59.
Para llegar al nuevo mundo
Antes que los barcos, arribaron las imágenes. Son los sueños de Platón y Séneca, la Atlántida y el Mar Tenebroso, las sagas de los vikingos o las fantasías chinas de Marco Polo, las que fueron redondeando el perfil imaginario de esa utopía que con el tiempo terminó por llamarse América. Así la fijó, estrecha y alargada, bien al Sur, el mapamundi grabado en madera por Martin Waldseemüller en 1507, dándose a entender, por su carencia de mayores precisiones, que Vespucci había llegado a un continente virgen, desconocido del todo por Europa.
Podía ser desconocido, en los hechos, pero la imaginación lo había poblado, como se dice, con pelos y señales. Con una fauna inverosímil y unos singulares habitantes, desde gigantes hasta pigmeos con el ombligo convertido en un ojo, que la realidad terminaría por superar con creces.
Doce mil años antes de Colón los primeros habitantes de América ya habían alcanzado este hemisferio y por ello las blancas ciudades geométricas que dibujaban los pintores renacentistas, al inventar la perspectiva se verían confrontados, desde esta orilla americana, por la Tenochtitlán azteca, más grande que cualquiera de las ciudades europeas de la época, en cuyo rojo cielo más de cien dioses se disputaban, en el sacrificio ritual de la guerra florida, los largos ciclos de su lucha cósmica.
Allí donde la sangre bañaba los escalones de las pirámides y se convertía en motor de la historia. También nuestros antepasados tristemente consideraban la sangre motor de la historia.
Pero el hervor bullicioso de los mercados aztecas, pletóricos de animales y frutos, tan desconocidos algunos como el tomate o el maíz, el tabaco o el chocolate,1 tal como los inmortalizó Diego Rivera en los muros del Palacio Nacional de México, serían el punto de partida de una nueva visión de América tan irrefutable e intensa como la que experimentaron las tropas de Cortés, al contemplarlos por vez primera:
Y entre nosotros hubo soldados que habían estado en muchas partes del mundo, y en Constantinopla, y en toda Italia y Roma, y dijeron que plaza tan compasada y con tanto concierto y tamaño y llena de tanta gente no la habían visto.
Como lo reconoció Bernal Díaz del Castillo en su Historia verdadera. Imaginación, primero, historia, luego. Y arte, finalmente, en la escritura de Bernal Díaz del Castillo o en la pintura de Diego Rivera, englobándolas a las dos primeras en una tercera instancia que las sostiene, inmóviles y a la vez abiertas, de modo concreto y perdurable.
Si lo anterior no fuera suficiente, allí estaba el Imperio Inca que en 1492 era la más vasta organización política de las Américas, y abarcaba más de 4.000 kilómetros a lo largo de la cordillera de los Andes. Sólo que se trataba de imperios jóvenes y frágiles, llenos de enemigos internos, que los españoles aprovecharían para apoderarse de ellos en poco tiempo.
Pero las maquiavélicas artes de unir rivales en contra del enemigo pasarán a la historia, mientras que pequeñas, casi insignificantes figurillas, vencen al tiempo y sugieren otro espacio: pendientes taironas, pectorales sinus, dorado vuelo de los chamanes del Cauca, delicada filigrana de los hombrecitos muisca, o tesoro quimbaya ... Tal como lo registró una exposición como Circa 1942, inaugurada el 12 de octubre de 1991 en la Galería Nacional de Arte de Washington, dándonos a entender la cabal complejidad de un mundo donde el cruce de culturas ya era, desde el renacimiento, desde el comienzo de la vida misma, el signo clave. Diálogo e intercambio. Coexistencia de tiempos diversos en un espacio común.
Por ello Leonardo convive con el Bosco, cabezas nigerianas en madera con rollos de pintura china o japonesa. Lo islámico y mozárabe con el Atlas Catalán, de 1375, o los libros de horas, donde oficiaba el cardenal Cisneros. En ese cruce se inserta América, y comienza a escribir su texto: los códices aztecas, las geométricas telas incas, la orfebrería colombiana.
Todo es signo. Todo nos habla. Desde las runas nórdicas, talladas en libros de gruesas hojas de madera hasta el Japón Muromachi donde poetas y clérigos ejercían una o más de las tres artes de la pluma poesía, caligrafía y pintura la imagen que debemos tener presente, al visualizar una fecha como 1492, es la de esa larga secuencia de escrituras de todo tipo.
Lenta caligrafía de la historia, que bien puede ir desde la docena de sellos con que se refrenda el amarillo pergamino de elevación al trono de un rey de Portugal hasta las capitulaciones de Colón y su Diario de navegación. Desde los Cronistas de Indias hasta Borges y García Márquez. Es la escritura la que nos constituye, aljamiada en las espadas árabes o judaizante en los procesos de la Inquisición. Como lo ha escrito Carlos Fuentes en Valiente Mundo Nuevo (1990):
El pasado no ha concluido, el pasado tiene que ser reinventado a cada momento para que no se nos fosilice entre las manos.
Imaginar el pasado: recordar el futuro. Tal nuestro incómodo destino. Nos tocaron, como a todos los hombres, malos tiempos. Vidas a pedazos, de utopías inconclusas. Es sobre ellas que debemos escribir.
Borrando la utopía
¿Con qué utopía puede soñar un colombiano de finales del siglo XX? Quizás con modestas, pragmáticas y muy concretas utopías: que vuelva la luz, que disminuya la violencia, que se llegue a un acuerdo para el cese de fuego con la guerrilla, que el café eleve su precio en el mercado internacional, que los países vecinos mantengan una continuidad democrática. Pero esto, se argüirá, no es una utopía: es una coyuntura. De acuerdo. Pero sucede que también nosotros nos hemos cansado de las utopías, al ver como ellas no funcionaban o concluían, perversas en debacles como el nazismo. También el nazismo fue una utopía: un mundo mejor, que corregía el existente, la defectuosa realidad de siempre, y que terminaba, como toda utopía, en una liberación sangrienta.
Pero no hay que ir tan lejos: aquí tenemos, a mano, Sendero Luminoso en el Perú, haciendo del maoismo razón para el exterminio. O al cura Pérez, español de Aragón que rige el más virulento de los grupos guerrilleros colombianos, no salvando almas, sino volando oleoductos. Afán redentorista que concluye con la eliminación del otro. Verdad foránea aplicada a la fuerza: lo que no cabe, se corta y cercena.
¿Acaso fueron mejores los inventos locales? La unión de los dos partidos tradicionales, liberal y conservador, para el manejo compartido del poder dentro del Frente Nacional, fue en su momento una utopía: parecía imposible eliminar una sangría de 200.000 muertos entre los años de 1940 y 1960. Sólo que esa utopía, que civilizó nuestras luchas políticas, dio paso a la disidencia de los que no fueron incluidos en el pacto. Nueva utopía: la revolución armada. La guerrilla de inspiración cubana.
Así nuestros modelos utópicos parecen fórmulas para manejar el poder y no distancias críticas entre el ser y el deber ser. Por ello si la utopía es la descripción de un mundo alternativo, enumerado hasta su último detalle, la utopía revolucionaria de aquellos años quedó reducida al estereotipo. Crear dos, tres, infinitos Vietnams.
De ahí que espacios virtuales para que la imaginación ejercite sus poderes se conviertan, de modo insensible, en regímenes que ordenan, decretan, reprimen y persiguen. Si la verdad no es la mía, no será la de ninguno.
¿Pero pueden los colombianos,
y ampliando el campo, los hispanoamericanos, soportar más utopías? El huracán
socialista en el Caribe ha quedado congelado, entre el bloqueo norteamericano y la
dependencia soviética. Cierre de una expectativa abierta en los 60, no parece poder
exportar más milicianos a Angola ni Quijotes a Bolivia. Pero su utopía no fue posible
porque careciese del respaldo ilusionado de tantos jóvenes, o la sangre de tantas
víctimas, conscientes o ilusas, que consideraban al Che algo más que un afiche.
Fracasó porque no supo rehacerse a sí misma, desde dentro, oxigenando su dogmática
estructura monolítica. Sólo una voz:ïãŒ`4¤a¦kÂã]´Æ¸´àA<x3=;)øäÉ'¥$ÀpÀïB¥¡ö‹³-C@ÖIu,-!ƒy°€çföCƒK>þ×í^¹«é8S+0=;d<ïÀfí½u²)vf;ñ•¡Èæ°¸,,3þzV[Oz°±Êf(¢$„$N,ñ¼á…¨ØêðVM-UÕatze¬ß®<³9Y
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Ir y venir de utopías, en el comienzo mismo radica un mito fascinante. Lo que Ernst Bloch llamó en El principio esperanza las utopías geográficas, esa mezcla ambigua de la búsqueda de oro como metal y de la Edad de Oro como paraíso perdido.
Felipe von Hutten, Alfinger y Federman la buscaron a partir de la región del Tocuyo en Venezuela, recorriendo en círculos, durante años, los llanos inundados, en pos de la fabulosa Manoa. Cuando Humboldt, nuestro segundo descubridor, llegó al lago Parime y constató que sólo el sol, reflejándose en el fondo de rocas micaceas, era el que edificaba ciudades fantásticas, se cancelaba así la búsqueda del oasis dorado para dar paso a la absorbente ilusión romántica. La que convirtió al afrancesado y roussoniano Bolívar en el pragmático general de la guerra a muerte en contra del reconquistador español.
Pero lo épico no siempre es el mejor consejero para constituir la más ardua y difícil de las utopías: la de la vida cotidiana. Instituciones precarias, democracias frágiles, justicia sin recursos, petición perenne de ayudas. Todos vivimos atrapados entre imágenes falsas. Los 33 millones de colombianos no pueden verse reducidos a los 700.000 indígenas ni a los 8.000 guerrilleros que la óptica europea considera como los únicos grupos dignos de tomarse en cuenta. Del mismo modo América tampoco puede verse reducida a una sola de las venas que nutrieron su origen.
Polifacetismo americano
Españoles de las infinitas españas, sí, pero también diversidad indígena, negros de Africa, judíos sefarditas, rusos y yugoslavos escapados de la barbarie europea, griegos o galeses, alemanes, franceses o irlandeses, japoneses, como los que llegaron al Valle del Cauca de Colombia, atraídos ya en nuestro siglo, por las descripciones idílicas de Jorge Isaacs en su novela María, son los que han hecho América. También los sirios, uno de cuyos descendientes es el actual Presidente argentino, Carlos Saúl Menem, o árabes, como los personajes de Crónica de una muerte anunciada, la novela de Gabriel García Márquez. O los 2.168.000 escandinavos, que emigraron entre 1840 y 1914 o los 1.136.744 italianos que lo hicieron entre 1902 y 1914. Bendita diversidad que enriquece a América y multiplica sus potencialidades de diálogo.5
Lo mejor de este 1992 es que terminará pronto. Los europeos podrán dedicarse a pensar porque sus viejos conflictos, mal nacidos en el Tratado de Versalles, no se resuelven en 80 años, sino que saltan feroces, como en Yugoslavia, desbaratando países y anulando fronteras étnicas y religiosas, con nuevos baños de sangre. De 1914 a 1992 Sarajevo le recuerda a Europa sus dilemas no resueltos.
Parece inconcebible, para un liberal malicioso, seguir considerando a Europa, como en los viejos tiempos, baluarte occidental que emprende cruzadas contra la media luna, cada cierto tiempo, combatiendo el fundamentalismo islámico. Pero los sueños utópicos, de integración y diálogo, también son arduos, pero factibles a largo plazo, cuando dejan de ser utopías. Así lo demuestra la Comunidad Europea.6 Así deberían abordarlos los mecanismos de una Comunidad Hispanoamericana.
Pero mientras los Presidentes, efímeros, propugnan la integración, y las burocracias, eternas, llenan el camino de obstáculos, el tiempo no da tregua y acumula sus cifras. Veamos algunas:
Informes de la Comisión Económica para América Latina (CEPAL), de Naciones Unidas y del Banco Interamericano de Desarrollo (BID), señalan que el Producto Interior Bruto (PIB) regional creció un 2.7%, que la inflación, aunque aún elevada, se redujo, y que retornaron las inversiones extranjeras a la región. La CEPAL también indica que el número de personas que viven en condiciones de pobreza extrema aumentó en 47 millones (35%), desde 1980 hasta hoy. Esto eleva la cifra de pobres a 183 millones de personas, es decir, más del 40% de toda la población de América Latina, con un mayor crecimiento de la categoría de nuevos pobres, lo que refleja el impacto social del éxito de las actuales políticas ortodoxamente liberales.7
Abel Posse ha hablado de Iberoamérica como de una cultura, que sin lugar a dudas existe, a la espera de su política. ¿Con qué política podemos llenar esa cultura? ¿Con una simple actitud anti-yanqui, ya ni siquiera seguida por México, que siempre puso énfasis en su política internacional de izquierda para de este modo poder negociar, económicamente, con mayor peso? ¿México, que ahora a través del Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos ha decidido, motu-propio, compartir la cama con un elefante? Lo representativo de la cumbre de Guadalajara, como actitud, se prolonga en la Cumbre de Madrid (julio 1992) donde, por cierto, los proyectos culturales, educativos y el del Fondo Indígena tienen visos de convertirse en los únicos viables ante lo prioritario de la convergencia española hacia Europa.
La utopía se desencanta de sus pretensiones. Los sueños caen a tierra, contaminados. Llenos de pequeñas causas civiles derechos humanos, indigenismo, feminismo, ecología la utopía se hace humana. Es decir: a veces inconsistente y mediocre, en otras irreversible y lograda. Por ella debemos trabajar, desde la soledad de América, tan persistente en su capacidad de asimilación creativa como de diálogo vivo con el otro y consigo misma. Dado que en definitiva ha sido la cultura la única que subsiste, dándole sentido incluso a esa profunda ironía de la historia americana de amarrarse siempre a modas penúltimas o proyectarse ilusa a utopías no sólo imposibles. El presente, en cambio, brilla por su ausencia. Es sobre él que debemos trabajar, con mirada Ladina. La sesgada, perspicaz, astuta mirada del mestizo, que desconfía tanto de los doctores como de los redentores. Que mira con cruda certeza y con incurable ironía. La ciega mirada de Borges abriéndose al mundo.
NOTAS
1. Diálogos de naturalezas que se ignoraban, De Europa a América, fueron: trigo, vid, olivo, caña de azúcar, café, plátano, arroz, cítricos, vacunos, ovinos, caprinos, porcinos, gallinas, manzanas, peras, lentejas, ajos. De América a Europa: patata, maíz, tomate, alubia, pimiento, guindilla, cacao, girasol, piña tropical, aguacate, fresón, vainilla, tabaco, pavo, cacahuete, chirimoya. Ver Ismael Díaz Yubero, La revolución de los alimentos, El País (Madrid, Babelia) 23 mayo 1992, 24.
2. Arthur Schlesinger Jr., Diario de La Habana, Nexos (México) 174 (junio 1992): 63-74, donde dice: Fidel sigue siendo un enigma un tirano y un golpeador capaz de regocijarse de enviar a la cárcel a antiguos camaradas, y a pesar de todo, también un dirigente capaz de humor, encanto y energía ilimitada. La cuestión es si este hombre elocuente, mordaz e inteligente, que en otro tiempo parecía el más flexible y elástico de los dirigentes comunistas del mundo, acabará, junto con Kim Il Sung, como el último de los dinosaurios neoestalinistas. Ver también América 92 (Madrid) 11 (septiembre-octubre 1991), con diversos artículos sobre Cuba; y Carmelo Mesa Lago, La crisis del socialismo real en Cuba, Revista de Occidente (Madrid) 131 (abril 1992): 101-121.
3. Eduardo José Míguez, Capitalismo y migraciones en la formación de las sociedades iberoamericanas, Revista de Occidente, (Madrid) 131 (abril 1992): 41.
4. Míguez 46.
5. Las cifras han sido tomadas del útil volumen La emigración europea a la América Latina: Fuentes y estado de investigación (Berlín: Colloquium Verlag, 1979). Biblioteca Ibero-Americana Band 26.
6. Los sueños de Jean Monet, después de la segunda guerra mundial, de Alcide de Gasperi, y de Gaulle, comenzarían a concretarse el 9 de mayo de 1950 en una declaración solemne de Robert Schumann, traducida el 18 de abril de 1951 en la Comunidad Europea del Carbón y el Acero. 25 de marzo de 1957: Tratado de Roma, que vinculaba a seis países: Francia, Alemania, Italia, Holanda, Bélgica y Luxemburgo. Habrá que esperar a 1973 para que el Reino Unido, Irlanda y Dinamarca firmen el tratado de Roma. En 1981 le tocó el turno a Grecia. En 1986 Portugal y España se unían a los socios del Tratado para formar la Comunidad Europea de los Doce. Mientras tanto esta Comunidad se había dotado en 1974 de un Consejo Europeo, que reunía a los Jefes de Estado y de Gobierno; en 1976, de un Parlamento Europeo elegido por sufragio universal y en 1979, de un Sistema Monetario Europeo. En 1985 Jacques Delors propuso el Acta Unica, que debía entrar en vigor dos años después y que sugería la creación para el 31 de diciembre de 1992, de un espacio sin fronteras interiores en el que estaría asegurada la libre circulación de personas, de mercancías, de servicios y capitales. A partir de allí se estudiará y definirá la idea de Unión Europea, a partir del proyecto de Tratado de Maastricht, proyecto firmado el 11 de diciembre de 1990 y cuyo texto completo fue rubricado, en Maastricht también, el 7 de febrero de 1992. Lenta marcha de la utopía... Ver Jean Daniel, Dos o tres cosas sobre Europa, El País (Madrid) 14 junio 1992, 11.
7. Jorge Fonseca, Espíritus del pasado, El País (Madrid) 11 abril 1992, 13. Ver también Germán Arciniegas, América es otra cosa (Bogotá: Intermedio Editores, 1992) 245.