4 de Abril de 2025
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Colección: INTERAMER
Número: 50
Autor: Inés Azar, Ed.
Título: El puente de las palabras. Homenaje a David Lagmanovich

SIMBOLISMO FÓNICO
EN UN POEMA DE CÉSAR VALLEJO

Jorge M. Guitart
State University of New York, Buffalo

Introducción

Trataré de demostrar aquí el papel fundamental que el llamado simbolismo fónico (también denominado simbolismo fonético o simbolismo fonológico) juega en uno de los poemas más conocidos de Vallejo, el numerado III del libro Trilce, que comienza “Las personas mayores / ¿a qué hora volverán?”. Efectuaré una lectura “semio-fónica” del poema en que se verá cómo los valores simbólicos de los sonidos en sí están muchas veces en consonancia con el decir en el plano referencial, y cómo en el logro de esa consonancia ciertos sonidos aparecen con una frecuencia mayor a la que tienen en el lenguaje ordinario.

Del simbolismo fónico y el papel de los rasgos fónicos

Es un lugar común en la lingüística que los rasgos distintivos de carácter fónico, o sea aquellos que sirven para distinguir un segmento fónico, o sonido del habla, de otro, no tienen valor referencial sino únicamente diferencial. Por ejemplo, las valencias del rasgo [sonoro], esto es, [+sonoro] y [-sonoro], no significan ninguna de las dos nada de por sí, pero la presencia o ausencia de sonoridad (esto es, de vibración de las cuerdas vocales) puede diferenciar entre referentes, y por tanto entre mensajes, como en el contraste entre dame un beso y dame un peso, donde el primer enunciado contiene [b], [+sonoro], y el segundo [p], [-sonoro] (o sea “sordo” en la terminología tradicional). Desde el punto de vista semiótico las valencias de rasgos son únicamente componentes de signos pero no son signos en sí.

Ahora bien, el negar carácter de signo a los rasgos distintivos desestima la evidencia acumulada a lo largo de los años en numerosos experimentos psicolingüísticos de que los sonidos, desde el punto de vista de su constitución física, divorciados o no sémicamente de los elementos léxicos de los cuales son parte, son capaces de representar, esto es, de simbolizar, ideas, conceptos y relaciones. Es a este fenómeno al que se da el nombre de simbolismo fónico.

Sirva de ilustración el hecho comprobado reiteradamente de que un oyente que tiene total desconocimiento de cierta lengua L, no relacionada genéticamente con la suya (es decir, no perteneciente a la misma familia de lenguas, p.ej., su lengua materna y L no son las dos indoeuropeas o las dos finoúgricas, etc.) es capaz de adivinar, con un índice de probabilidad que sobrepasa al mero azar, cuál es el significado de pares de antónimos cuya traducción se le da, en base únicamente al contenido fónico de esos antónimos, es decir a “lo que suenan”. Por ejemplo, anglohablantes que desconocen el chino, enfrentados con las palabras fei y chung de esa lengua, aciertan en más del 60% de los casos que fei significa “flaco” y chung significa “gordo” a pesar de que en inglés la palabra para “gordo”, fat, empieza con el mismo sonido que fei (v. Brown 1958, 125). Y es que se ha demostrado empíricamente que hablantes de diversas lenguas asocian psíquicamente los segmentos vocálicos posteriores (es decir aquellos producidos con mayor o menor retracción de la lengua hacia la región velar de la cavidad bucal) como [u] y [o] con la noción de “gran tamaño” y los sonidos vocálicos anteriores (es decir aquellos en cuya producción la lengua no se retrae y permanece con mayor o menor adelanto en la región palatal de la cavidad bucal) como [i] y [e] con la noción de “pequeño tamaño” (v. Sapir 1929). Debe subrayarse que lo que tiene valor simbólico no son los segmentos como entes unitarios (los “fonemas” tradicionales) sino las valencias de rasgos que los componen, como paso a demostrar.

Considérese primeramente que [i] y [u] —en español, como en otras lenguas— se diferencian tanto en el rasgo de posterioridad (retracción) como en el de redondeamiento (abocinamiento de los labios) del modo siguiente:

[i] [u]
posterior - +
Redondeado - +

Ahora bien, la valencia [+Redondeado] no parece estar relacionada de por sí con “gran tamaño”. En lenguas que tienen segmentos vocálicos anteriores redondeados —por ejemplo [ü] del francés como en el pronombre personal tu— dichos segmentos se asocian psíquicamente con “pequeño tamaño”. De modo que lo que cuenta para el tamaño es el rasgo [posterior]. En resumen, se dan las correlaciones siguientes:

[+posterior] = gran tamaño

[ - posterior] = pequeño tamaño

Debe apuntarse que el sonido vocálico [a], que se asocia también con gran tamaño, se clasifica en la fonología contemporánea como [+posterior], por producirse con retracción de la lengua, que es el gesto articulatorio definitorio de la valencia fónica [+posterior]. (Algunos prefieren referirse al mismo rasgo como [retraído], con lo que los sonidos posteriores son [+retraídos]. D’Introno, Guitart y Zamora 1988, 108).

En cuanto a los sonidos consonánticos, los informantes han demostrado las siguientes correlaciones:

[+sonoro] = gran tamaño

[ - sonoro] = pequeño tamaño

Por ejemplo, si se les pregunta a hablantes de inglés que de las dos sílabas [pék] y [géb] —que no significan nada en esa lengua— cuál de las dos simboliza el objeto más grande, los informantes declaran, en un número de casos que sobrepasa al mero azar, que geb denota un objeto más grande que el que denota pek (Newman 1933).

Otras correlaciones que nos interesan aquí y que se dan con respecto a la categoría perceptual de “grado de iluminación” son como sigue:

[ - posterior] = “claro”

[+posterior] = “oscuro”

[+sonoro] = “claro”

[ - sonoro] = “oscuro”

(Jakobson y Waugh 1979, 185).

Del simbolismo fónico en poesía

Si las correlaciones expuestas en la sección anterior son de algún modo naturales y no convencionales, claramente no es convencional entonces que por ejemplo -it sea sufijo de diminutivo en español, ya que su segmento vocálico es [-posterior] y su segmento consonántico es [+sonoro], valencias ambas que son simbólicas de pequeñez; ni que -ón sea sufijo de aumentativo, ya que su segmento vocálico es [+posterior] y su segmento consonántico [-sonoro], valencias ambas simbólicas de gran tamaño.

Ahora bien, el carácter simbólico de una valencia determinada puede estar en disonancia con la convencionalidad del referente. Por ejemplo en la palabra luz, ya se pronuncie [lús] como en el español americano o con “zeta castellana” (que es segmento interdental fricativo sordo) hay predominio de valencias oscuras, porque [u] es [+posterior] y el segmento consonántico final no es sonoro; y en la palabra átomo todos los segmentos menos uno contienen valencias que simbolizan gran tamaño. Lo normal en esos casos es que se imponga la convencionalidad del referente: no nos choca que luz y átomo tengan el sentido que tienen. Unicamente a un hablante de una lengua que no contuviera la raíz de origen griego atom- con el significado que tiene se le ocurriría pensar, llevándose por la composición fónica de ese vocablo, que el mismo denota un objeto de gran tamaño.

Por otra parte hay fuertes indicios empíricos de que la consonancia entre el simbolismo fónico y el convencional —simbolismos que pueden verse como polos opuestos en una escala de naturalidad o de convencionalidad— es mayor en el lenguaje poético que en el ordinario, como ha demostrado, entre otros, Fonagy (1961). Ello no debe extrañar a nadie: la poesía es fundamentalmente sonido estructurado, con un amplio margen de selección por parte del creador. Debe aclararse que en la poesía (y tal vez también en el lenguaje ordinario) el simbolismo fónico no se limita a la consonancia entre sonido y sentido dentro de un elemento léxico (palabra o morfema) determinado, sino que para subrayar tal consonancia la misma valencia fónica puede presentarse en más de una palabra dentro de un mismo verso o estrofa o poema, o reiterarse un mismo sonido que tenga esa valencia. Por ejemplo un poema que describa un paraje oscuro puede contener, como factor comunicativo, un predominio de segmentos vocálicos posteriores, o de segmentos consonánticos sordos, o de ambos, y presentar repetidos en rima interna o aliteración determinados segmentos que posean esas valencias. Con referencia a estas repeticiones, lo tradicional ha sido denominarlas “recursos estilísticos”, implicándose que se trata de algo ornamental. Propongo aquí en cambio que el simbolismo fónico estructura un subtexto —de fabricación mayormente inconsciente— que es parte inseparable del mensaje poético. Con esa propuesta en mano quiero analizar el subtexto “semio-fónico” del mencionado poema de César Vallejo, artista en cuya obra hay amplias muestras de que el sonido en sí de los vocablos tenía para él una importancia capital.

Breve lectura temática de Trilce  III

A continuación reproduzco el poema en su totalidad según la edición Losada (1961, 9):

1 Las personas mayores
2 ¿a qué hora volverán?
3 Da las seis el ciego Santiago
4 y ya está muy oscuro.
5 Madre dijo que no demoraría.
6 Aguedita, Nativa, Miguel,
7 cuidado con ir por ahí, por donde
8 acaban de pasar gangueando sus memorias
9 dobladoras penas,
10 hacia el silencioso corral, y por donde
11 las gallinas que se están acostando todavía,
12 se han espantado tanto.
13 Mejor estemos aquí no más.
14 Madre dijo que no demoraría.
15 Ya no tengamos pena. Vamos viendo
16 los barcos ¡el mío es el más bonito de todos!
17 con los cuales jugamos todo el santo día,
18 sin pelearnos, como debe ser;
19 han quedado en el pozo de agua, listos,
20 fletados de dulces para mañana.
21 Aguardemos así, obedientes y sin más
22 remedio, la vuelta, el desagravio
23 de los mayores siempre delanteros
24 dejándonos en casa a los pequeños,
25 como si también nosotros
26 no pudiésemos partir.
27 Aguedita, Nativa, Miguel?
28 Llamo, busco al tanteo en la oscuridad.
29 No me vayan a ver dejado solo,
30 y el único recluso sea yo.

De los poemas de Trilce es uno de los menos herméticos. La voz que dice el poema es la de un adulto que rememora el doble miedo infantil a la oscuridad y a la ausencia de los mayores, principalmente de la madre. El narrador fue niño con los otros y sintió ese miedo, y parece sentirlo ahora de adulto en el presente, donde se ha quedado solo. Una constante del poema es la falta de luz: ya a las seis de la tarde ha anochecido, y al final vemos que el que habla debe tantear en la oscuridad. Dos veces el narrador, colocándose en el pasado, declara “Madre dijo que no demoraría”, tal vez como un paliativo al miedo propio y al de los otros niños, probablemente menores que él. La primera vez lo dice inmediatamente al anochecer; la segunda, después de advertir a los otros niños que no salgan y de hablar de “las memorias que pasan gangueando”. Ganguear en el habla de la sierra Norte del Perú es “tartamudear”, y en el folclor de esa región los aparecidos tartamudean. (Debo esta información a Félix Quesada y Castillo.) Se trata pues de algo aterrador, y es necesario contrarrestarlo con la promesa de la madre. En la estrofa que empieza en el verso 15, “Ya no tengamos pena. Vamos viendo/los barcos . . .”, se produce una digresión, con una temática completamente distinta a la del resto del poema; en ella a los comentarios infantiles sobre los barcos de juguete se mezclan expresiones del lenguaje de los adultos (“todo el santo día”, “como debe ser”). Dentro de la estrofa siguiente, precisamente en el penúltimo verso, se produce una transición, del pasado en que el narrador se colocaba junto a los niños, al presente en que declara, “como si también nosotros no pudiésemos partir”; él, como adulto, ahora en el presente, sí podría partir. Vemos sin embargo en la última estrofa que él es el único que no ha podido partir. Todos los demás han partido: ¿han muerto? Al poner los nombres de los tres niños en forma de interrogación —“Aguedita, Nativa, Miguel?”— Vallejo quiere evocar tal vez el tono de voz con que se repite un llamado a alguien que sospechamos ya no está.

Lectura “semio-fónica” de Trilce  III

Veamos ahora cómo en el plano fónico, las valencias simbólicas están en consonancia con el significado trasmitido en el plano referencial. Primeramente en los versos 1 y 2: “Las personas mayores / ¿a qué hora volverán?” en que el tópico son los adultos, se registra mayoría de segmentos [+posteriores], simbólicos de gran tamaño. De los 14 segmentos vocálicos presentes, 10, o el 71%, son [+posteriores], y únicamente cuatro, o el 29% son [-posteriores]. Esto contrasta con la proporción de posteriores que se registra en el lenguaje ordinario, según los datos de Navarro Tomás (1946, 15-30). En el lenguaje ordinario se da la siguiente proporción: vocales posteriores, 45%; no posteriores, 55%. En los dos versos siguientes, relativos a lo que hace el ciego llamado Santiago, hay igual proporción de vocales anteriores y posteriores, lo que sigue siendo distinto a lo que se da en el lenguaje ordinario, pero además curiosamente aparece el segmento [s], que es [-sonoro] y por tanto simbólico de oscuridad, seis veces. Véase (en transcripción semifonética):

da las [s]ei [s] el [s]iego [s]antiago, y ya e [s]tá muy o [s]curo.
1 2 3 4 5 6

¿Es mera coincidencia que el número de eses coincida con el número de la hora? Lo que sí parece premeditado es que el principio de la oscuridad lo marque un ciego; se subraya así la ausencia de luz. Por añadidura, premeditadamente o no, el nombre del ciego empieza con un sonido “oscuro”, y el propio vocablo ciego igualmente empieza con el mismo sonido. En esos dos versos además la proporción de segmentos consonánticos sordos es mayor que en el lenguaje ordinario, donde los sonoros son más frecuentes. Compárese:

versos 3 y 4 lenguaje ordinario
sordos 53% 43%
sonoros 47% 57%

El predominio de segmentos consonánticos sordos en esos versos contrasta con lo que sucede en el verso 5, que es el único verso de la estrofa siguiente. Ahí se introduce tal vez una nota de esperanza: “Madre dijo que no demoraría”. En este verso lo que predomina son los segmentos consonánticos sonoros —simbólicos de claridad pero también de gran tamaño (=¿adultos?)— y en una proporción mucho mayor que en el lenguaje ordinario. Véase:

verso 5 lenguaje ordinario
sordos (=pequeñez) 19% 43%
sonoros (=gran tamaño) 81% 57%

Pasemos al verso seis, donde se apostrofa por primera vez a los niños. Vemos que en el plano referencial se encuentra en el primer nombre, Aguedita, el diminutivo -it, cuya vocal y consonante son ambos simbólicos de pequeño tamaño. En el segundo nombre, Nativa aparecen [i] y [t] de nuevo, aunque invertidos. El último nombre, Miguel, contiene únicamente segmentos vocálicos asociados con pequeñez. Nótese además que los tres nombres contienen [i] —tres “íes”, tres niños. Es curioso además que el número de sílabas de los nombres disminuya gradualmente: Aguedita tiene cuatro sílabas, Nativa, tres; Miguel, únicamente dos; como si la progresiva cortedad reprodujera el nombrar a los niños de mayor a menor.

En los versos 7 a 12, en que después de advertir a los niños que no salgan, se establece una atmósfera de aterrante oscuridad con una presencia incorpórea (¿fantasmal?) pero a toda luces adulta, se registra en el plano fónico una gran preponderancia de sonidos posteriores —simbólicos al mismo tiempo de oscuridad y gran tamaño, alterándose con mucho la proporción que se da en el lenguaje ordinario:

versos 7 a 12 lenguaje ordinario
posteriores (oscuridad) 75% 55%
no posteriores (claridad) 25% 45%

En la estrofa que comienza en el verso 15, “Ya no tengamos pena [etc.]”, y en que se hace referencia a los barcos de juguete de los niños, vuelve a haber predominio de segmentos consonánticos sonoros. La “claridad” de este pasaje en el plano fónico contrasta con la “oscuridad” de los versos 7 a 12, reflejándose en el plano fónico el cambio anímico que se registra en el plano referencial. Me parece interesante apuntar que en las dos primeras oraciones sobre los barcos aparece el fonema /b/ (ya como su alófono oclusivo en posición inicial de enunciado, ya como su alófono fricativo en las demás posiciones) cuatro veces:

/b/amos /b/iendo
los /b/arcos ¡el mío es más /b/onito ...

Hay cuatro niños: los tres nombrados y el narrador. ¿Un barco para cada niño y un segmento /b/ para cada barco?

Los versos 19 y 20 rezuman ironía. Los barcos, nos cuenta el narrador “han quedado en el pozo de agua, listos/fletados de dulces para mañana”. Pero un pozo no es lugar para poner a navegar barcos de juguete. Es un lugar oscuro y la superficie del agua es relativamente pequeña. Por otra parte en profundidad un pozo es grande. La composición fónica de la palabra pozo presenta dos vocales posteriores y dos consonantes sordas; todos los segmentos son símbolos de oscuridad, pero los consonánticos denotan pequeño tamaño (¿la estrechez del pozo?) y los vocálicos gran tamaño (¿su profundidad?).

En la siguiente estrofa: “Aguardemos así, obedientes...”, en el plano referencial dominan los mayores, “siempre delanteros”, dice el narrador, y en el plano fónico dominan los segmentos cuyos rasgos simbolizan gran tamaño, tanto las vocales posteriores, que constituyen el 66% de las vocales de esa estrofa, pero son sólo el 45% de las vocales del lenguaje ordinario, como las consonantes sonoras, que constituyen el 62% de las consonantes de la estrofa, por debajo de su proporción en el lenguaje ordinario, que es del 57%.

Por último, en los tres versos finales, se da igualmente predominio de segmentos vocálicos posteriores con una frecuencia mayor a la ordinaria (71% vs. 55%), lo que está en consonancia con la ausencia de luz que se registra en el plano referencial: el narrador tantea en la oscuridad. Por otra parte la preponderancia de segmentos consonánticos sonoros, simbólicos de claridad, está en disonancia con el tema a nivel referencial. Ahora bien, en los mismos versos, los segmentos consonánticos posteriores sordos, que son [k] y [x], aparecen con una frecuencia que es más del doble de la que tienen en el lenguaje ordinario (14% vs. 5%), y el segmento vocálico [u], que tiene el grado de posterioridad más grande, aparece con una frecuencia del 11% que sobrepasa bastante a la del 4% que tiene en el habla ordinaria.

 

BIBLIOGRAFÍA

Brown, Roger W. 1958. Words and Things. New York: The Free Press.

D’Introno, Francesco, Jorge Guitart, y Juan Zamora. 1988. Fundamentos de lingüística hispánica. Madrid: Editorial Playor.

Fonagy, Ivan. 1961. “Communication in Poetry.” Word 17: 194-218.

Jakobson, Roman, y Linda R. Waugh. 1979. The Sound Shape of Language. Sussex: The Harvester Press.

Navarro Tomás, Tomás. 1946. Estudios de fonología española. Syracuse, NY: Syracuse University Press.

Newman, S. S. 1933. “Further Experiments in Phonetic Symbolism.” American Journal of Psychology 45: 53-75.

Sapir, Edward. 1929. “A Study in Phonetic Symbolism.” Journal of Experimental Psychology 12: 225-239.

Vallejo, César. 1961. Trilce. 3ra edición. Buenos Aires: Editorial Losada.