4 de Abril de 2025
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Colección: INTERAMER
Número: 50
Autor: Inés Azar, Ed.
Título: El puente de las palabras. Homenaje a David Lagmanovich

LOS NAUFRAGIOS DE
ALVAR NÚÑEZ CABEZA DE VACA:
GLOSA SOBRE LA CONSTRUCCIÓN
EVASIVA DEL TEXTO

Enrique Pupo-Walker
Vanderbilt University

Si puede señalarse un acontecer sorpresivo en las investigaciones que se han llevado a cabo en las letras americanas, durante las dos últimas décadas, inevitablemente tendremos que referirnos al creciente interés que la crítica ha mostrado por los textos virreinales. Sería por lo menos ingenuo pensar que ese impresionante régimen de pesquisas emana de la dinámica celebratoria y equívoca que hoy se asocia con el quinto centenario de los descubrimientos americanos. Los que hayan seguido el proceso de relecturas que se ha concentrado, sobre todo, en las narraciones historiográficas, sabrán que los hallazgos logrados en esos comentarios y glosas preceden, con toda claridad, al trajín festivo y polémico que en el último lustro se ha fomentado en torno a los descubrimientos. En todo caso, si nos interesa identificar los posibles incentivos de las investigaciones a que he aludido, sería mucho más exacto decir que la reevaluación de nuestro trasunto histórico se ha llevado a cabo espléndidamente en la ficción americana producida a partir, digamos, de 1950. En obras tan importantes como lo son Los pasos perdidos (1953) y Concierto barroco (1974) de Alejo Carpentier, (1967) Cien años de soledad de Gabriel García Márquez, Terra nostra (1975) de Carlos Fuentes y El mar de las lentejas (1984) de Antonio Benítez Rojo, entre muchas otras, encontraremos las reflexiones más deslumbrantes que hasta hoy poseemos sobre nuestro complejo avatar histórico. Creo que es en esas páginas ya célebres donde reconoceremos las más sugestivas aproximaciones entre la reconstrucción fáctica del pasado y la urdimbre evasiva de la ficción. La que he querido resaltar es la convergencia secreta que más de una vez nos ha proyectado hacia la analogía, siempre aventurada, que vincula al testimonio histórico con la creación narrativa; y si persistiéramos en esa ruta posiblemente convendríamos en que los Naufragios (1542) de Alvar Núñez Cabeza de Vaca, figura como hito singularizado de esas proyecciones analógicas.1 Sin embargo, es poco lo que suele decirse sobre la peculiar hechura de esa controvertida relación.2 Son precisamente omisiones de esa índole las que quisiera atenuar mediante los apuntes reunidos en esta páginas.

El diseño de la relación, como tipología diferenciada, de las artes notariales del medioevo, conserva, en parte, su estirpe epistolar que de hecho nos remite a las cartas reales y de provisión. Aquéllos eran documentos severos que resumían las comunicaciones oficiales entre funcionarios e instituciones de la Corona. En lo que se refería a las Indias, específicamente durante las primeras décadas de la conquista, los funcionarios recibirían, al partir, instrucciones precisas en las que se indicaba lo que debían informar a la Corona y cómo hacerlo. Tal es el caso de Alvar Núñez cuando éste asume sus funciones como tesorero y alguacil mayor en la expedición de Narváez. Esos documentos derivados en parte de los edictos imperiales romanos y de las Instituciones de Justiniano no sólo especificaban las responsabilidades de funcionarios supervisores, sino que además señalaban cómo debían desempeñarse los cargos tanto en el ámbito de las prerrogativas oficiales como en un plano individualizado. Se trataba de disposiciones de gobernación emanadas del poder real en el ejercicio de sus funciones rectoras; funciones que siempre fueron vigiladas con especial esmero en Indias, según lo verifican innumerables cédulas reales y todo el vasto aparato del Derecho Indiano. Así, las relaciones que derivan de tales medidas de gobierno eran leídas, con sumo cuidado, por los funcionarios del Consejo de Indias, por cronistas imperiales y con anterioridad por autoridades virreinales.

En esas relaciones se procuraba con especial celo la información solicitada, que a su vez respondía a las exigencias de la Copulata de leyes de Indias. Estos datos, resumidos en extremo, documentan la minuciosidad con que se administró el Derecho Indiano y el rigor con que la Corona vigiló sus asuntos legales —por leves que éstos fuesen—, sobre todo si lo escrito estaba vinculado a procesos de gobernación y recaudaciones. En la práctica, la que he descrito era una tradición originada en las legislaciones romanas, pero que se vería incrementada, con mucho, por la notable tensión litigante que se había desarrollado en todo el medioevo castellano, y que cobra aun mayor ímpetu al iniciarse la colonización del Nuevo Mundo. Con el tiempo, al amplio séquito de letrados y leguleyos también se incorporaría Alvar Núñez al ocupar los cargos que la Corona le asignó en la expedición de Narváez. Recordemos que es él quien, con mentalidad de funcionario fiscalizador, informará desde Cuba —quizá prematuramente— sobre la marcha infortunada de una expedición que aún no había alcanzado su destino. Algún tiempo después, ya en la Florida, al suscitarse el primer desacuerdo entre Narváez y Cabeza de Vaca, este último se comportará según los formulismos legales que se convocaban para resolver desavenencias y porfías entre funcionarios con responsabilidades disímiles.

El gouernador —nos dice Núñez— siguió su parescer y lo que los otros le consejauan; yo, vista su determinación, requerile de parte de Vuestra Magestad que no dexasse los nauíos sin que quedassen en puerto y seguros, y ansí lo pedí por testimonio al escriuano que allí teníamos. El respondió que, pues él se conformaua con el parescer de los más de los otros officiales y comissario, que yo no era parte para hazerle estos requerimientos, y pidió al escriuano le diesse por testimonio como por no auer en aquella tierra mantenimientos para poder poblar, ni puerto para los nauíos, leuantaua el pueblo que allí auía assentado e yua con él en busca del puerto y de tierra que fuesse mejor (cap. 4).3

Al evaluar la peculiar envergadura constitutiva de los Naufragios, es imprescindible que comprendamos, ante todo, las razones concretas que motivaron la gestación de esos escritos, así como las directrices institucionales que regían su preparación son precisiones de esa índole las que nos permitirán reconocer el formato básico que sirvió como punto de partida a las relaciones de Indias en los siglos XVI y XVII. Las distinciones que propongo a continuación son aun más pertinentes cuando advertimos que los documentos informativos, preparados por funcionarios, conquistadores y clérigos, al pasar los años se convertirían en un estrato fundamental del discurso histórico y cultural que produjo el descubrimiento y colonización del Nuevo Mundo. Hay que tener en cuenta, desde el principio, que el estrecho formato de la relación inevitablemente sufrirá alteraciones considerables ante las novedosas exigencias colectivas y personales que se afrontaron en las Indias. Puede inferirse que las fórmulas y giros canonizados de la retórica forense sirvieron para otorgar un barniz de autoridad y verosimilitud al contenido, a veces descomunal, que exhibían aquellos documentos. Pero, como era de esperar, el registro de esos herméticos convencionalismos expositivos y los latiguillos propios de un discurso de leguleyos pronto se vio desbordado por proyectos narrativos que iban mucho más allá de la habitual constatación de los hechos.4 El registro descriptivo de los Naufragios confirma, en varios planos, ese proceso de desbordamiento que trasciende al inventario fáctico propio de las relaciones.

Análogamente puede decirse que la relación, como modalidad expositiva, se dilató de modo tan considerable que numerosos relatores cultos y de indiscutible relevancia histórica llegan a considerarla, por extensión, como equivalente de las narraciones históricas propiamente dichas. Para el Inca Garcilaso, Cieza de León y Bernal Díaz, “hacer relación” será, en muchos trances, tarea muy similar a la reconstrucción de un complejo proceso histórico. En otros órdenes, es igualmente cierto que la relación novomundista, al diversificar sus objetivos, superará el programa narrativo de la crónica medieval así como las codificaciones de la historiografía clásica, que tantas veces sería modelo para múltiples narraciones sobre las Indias elaboradas por cronistas y funcionarios.5 Pero veremos que no es ése el caso de los Naufragios. No hay pruebas corroborables de que Núñez estuviese familiarizado con las formas de realización histórica que instituyó la tradición greco-romana. Por el contrario, lo que le distingue no es la presencia de conceptualizaciones historiográficas, sino más bien un crudo exceso de literalidad así como el afán por ensayar formulaciones testimoniales que se aproximan notablemente al diario; es decir: una redacción que pretende circunscribirse a la vivencia inmediata, pero que muchas veces también será, irónicamente, la glosa desesperada que elucida la voz narrativa que la impele.

estos nos lleuaron a sus casas, que estauan hasta media legua de allí, en las quales hallamos gran cantidad de maíz que estaua ya para cogerse, y dimos infinitas gracias a nuestro Señor por auernos socorrido en tan gran necessidad [...] y a tercero día que allí llegamos nos juntamos el contador y veedor y comissario e yo, y rogamos al gouernador que embiasse a buscar la mar, por ver si hallaríamos puerto, porque los indios dezían que la mar no estaua muy lexos de allí. El nos respondió que no curássemos de hablar en aquello [...] y como yo era el que más le importunaua, díxome que me fuesse yo a descubrirla [...] y ansí otro día yo me partí con el capitán Alonso del Castillo (cap.5).

Dixímosles que nos lleuasen hazia el norte; respondieron de la misma manera, diziendo que por allí no auía gente, sino muy lexos, e que no auía que comer, ni se hallaua agua. Y con todo esto nosotros porfiamos y diximos que por allí queríamos yr, y ellos todavía se escusauan de la mejor manera que podían, y, por esto, nos enojamos e yo me salí vna noche a dormir en el campo, apartado dellos; mas luego fueron donde yo estaua y toda la noche estuuieron sin dormir y con mucho miedo y hablándome [...] (cap. 30).

Después que ouimos embiado a los indios en paz y regraciándoles el trabajo que con nosotros auían passado, los christianos embiaron, debaxo de cautela, a vn Zebreros, alcalde, y con él otros dos. Los quales nos lleuaron por los montes e despoblados por apartarnos de la conuersación de los indios y porque no viéssemos ni entendiéssemos lo que de hecho hizieron, donde paresce quanto se engañan los pensamientos de los hombres, que nosotros endávamos a les buscar libertad y quando pensáuamos que la teníamos sucedió tan al contrario, porque tenían acordado de yr a dar en los indios que embiáuamos assegurados y de paz (cap. 34).

Advertiremos en seguida el destacado protagonismo que asume Cabeza de Vaca como relator principal. El no solamente cuestiona el liderazgo que la expedición padece sino que en los últimos capítulos aparecerá, además, como referente central en las posibles elucubraciones de los indígenas, y también como emisor de reflexiones que abarcan un amplio contenido ético. Se produce así una sutil construcción narrativa en la que las variantes del testimonio histórico gradualmente incorporan el contenido imaginativo que es propio del enunciado autobiográfico.6

Al proponer una caracterización global de los Naufragios, en esos términos, es necesario recordar que en este texto, como en todo relato que asume parcialmente un cariz autobiográfico, el enunciado no sólo constata los hechos sino que además describe directa e implícitamente la producción misma de lo narrado; hecho que, una vez más, pone en evidencia la latente autorreferencialidad de la escritura en los Naufragios; y en el contexto de estas últimas precisiones es útil recalcar que la narración de Alvar Núñez se configuró en una serie de reescrituras sucesivas —que se inician en 1527 y concluyen hacia 1554— relaciones esas en las que la última remite tanto a la configuración del texto anterior como a la secuencia de acontecimientos evocados. Constatamos entonces un proceso que, por necesidad, instituye una gradual e inevitable dispersión de significados, propia, en todo caso, de elaboraciones textuales que representan un proceso de amplificación narrativa. Además, en ese quehacer, bien lo sabemos, no siempre quedarán resueltos los espacios que delimitan los argumentos, la estructuración de lo relatado y lo que en definitiva se narra.

Para no juzgarle arbitrariamente, hay que insistir en que el célebre texto de Alvar Núñez ilustra una laboriosa secuencia de reescrituras que al parecer no alcanzaron formulación definitiva. Dicho de otro modo, los Naufragios han retenido una condición provisional, casi de borrador, que paradójicamente nos acerca a su intimidad constitutiva. Expresado metafóricamente, es en su hechura problematizada e inconclusa —y no en el azar marítimo— donde acaso residen las instancias más punzantes de zozobra que el texto puede ofrecernos. Al caracterizarlo de ese modo, me parece razonable subrayar que los dos últimos capítulos, matizados por la aparición de piratas y por la profecía insólita de una nigromántica de Hornachos, sólo pueden justificarse como el resultado de una relectura desde la que se le quiso dar al texto una mayor latitud imaginativa; sobre todo al vincularlo con tópicos que entonces disfrutaban una obvia vigencia literaria en la narrativa mediterránea. Por último, también valdría la pena recordar que el que comentamos aquí es un enunciado que con frecuencia emprende la acción primigenia de nombrar lo desconocido. Es acaso esa precursora acción nominalista la que puede aproximar la Relación de Cabeza de Vaca tanto a las entelequias primarias del mito como a poderosas fabulaciones que en nuestra tradición cultural estarían idealmente representadas por Cien Años de Soledad y por otros textos que ya he citado.7 Pero al suscitar consideraciones analógicas de ese cariz no pretendo insinuar que los Naufragios deban verse como una tipología primaria de la ficción americana tal y como hoy entenderíamos esos vocablos. En su realidad constitutiva —y como tantas otras narraciones de los siglos virreinales— el texto de Cabeza de Vaca exhibe una rica hibridez de composición que se corrobora en lecturas recientes e informadas de los Naufragios. Pienso que es esa fecundante pluralidad de sus componentes lo que ha permitido que hoy podamos asumir el texto de Núñez como factor seminal del discurso cultural hispanoamericano.

 

NOTAS

1. Un ejemplo lúcido de esas asociaciones aparece en el ensayo de David Lagmanovich titulado “Los Naufragios de Alvar Núñez como construcción narrativa”, Kentucky Romance Quarterly XXV (1978): 27-38.

2. Recordemos que el texto se publicó como La relación que dio Alvar nunez cabeça de vaca de lo acaecido en las Indias en la armada donde yua por gouernador Pamphilo de narbaez desde el año veinte y siete hasta el año de trynta y seis que boluio con tres de su compañía. Zamora, 1542. Ese texto acompañado de los Comentarios, y en edición mucho más cuidada aparecerá en Valladolid en 1555.

3. Cito por mi edición crítica del texto que en breve publicará la Editorial Castalia en Madrid. En las citas todas las cursivas son mías.

4. Los Naufragios, la Historia verdadera..., Bernal Díaz del Castillo y las relaciones sobre las acciones de Aguirre en Sudamérica son ejemplos vívidos de ese proceso de amplificación narrativa. Estos últimos y curiosos textos son asequibles en Lope de Aguirre: Crónicas 1559-1561, eds. Elena Mampel González y Neus Escandell Tur (Barcelona: Universidad de Barcelona, 1981).

5. Sobre el vasto legado de la historiografía clásica, véase: John H. Elliott, El Viejo y el Nuevo Mundo: 1492-1650 (Madrid: Alianza Editorial, 1970) 9-41; y mi Vocación literaria del pensamiento histórico en América (Madrid: Gredos, 1982) 15-95.

6. Para una elucidación más extensa de la proyección autobiográfica véase mi estudio, “Notas para la caracterización de un texto seminal: Los Naufragios de Alvar Núñez Cabeza de Vaca,” N.R.F.H. XXXVIII.1 (1990): 163-196.

7. Véase David Bost, “The Naufragios of Alvar Núñez Cabeza de Vaca: A Case of Historical Romance”, South Eastern Latinamericanist 2 (1983): 3-12.