4 de Abril de 2025
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Colección: INTERAMER
Número: 62
Año: 1997
Autor: Emilio Carilla
Título: Pedro Henríquez Ureña. Signo de América

C.  LAS “OBRAS COMPLETAS”
DE PEDRO HENRÍQUEZ UREÑA

Las “Obras completas” de Pedro Henríquez Ureña (aun con la libertad que cabe siempre a un título como éste) pudieron haberse publicado en la Argentina. Hubiera sido una excelente ocasión para que nuestro país testimoniara lo mucho que le debe, al mismo tiempo que ratificación de lo que la bibliografía del maestro muestra. Es decir, el caudal de una obra realizada en su mayor parte entre nosotros, y en su época de plenitud.

Ahora bien, si esta aspiración aparece justificada, también se justifica que las Obras completas de Pedro Henríquez Ureña (una edición de sus obras completas) aparezca en República Dominicana, su patria. Se podrá argüir que en el caso de nuestro hombre (como en el caso de Rubén Darío y tantos otros) no resulta tan sencillo adscribir la “nacionalidad” del autor a su lugar de origen. Con todo, no podemos menos que reconocer los derechos especiales de Santo Domingo (o, mejor, la República Dominicana) para reclamar prioridades y pertenencias.

Hay numerosas razones que sostienen esos derechos. Y, sobre todo, el reconocimiento del propio Pedro Henríquez Ureña, que, si vivió gran parte de su vida fuera de la patria, estuvo siempre dentro de ella en sus afectos y en su recuerdo continuado. (Creo que, en buena medida, pueden aplicarse a Pedro Henríquez Ureña las tocantes palabras que Alberdi escribió en su obra Palabras de un ausente, aún admitiendo que no aspiro a la equivalencia de la situación). Sirvan, por una lado, las obras fundamentales que, desde la Argentina, dedicó a Santo Domingo, su nostalgia de la Isla, los intentos, ligados más bien a solicitudes, para volver a su país (cuajados, finalmente, en los años 1933-1934)... En fin, los muchos amigos que siempre tuvo allí. Precisamente, esto nos lleva a darle el significado que realmente tiene el hecho de que Pedro Henríquez Ureña entregara a Emilio Rodríguez Demorizi el archivo de su valioso epistolario.

Por su parte, Santo Domingo no sólo ha rescatado hace poco los restos de su hijo, sino que lo ha convertido, como corresponde, en su paradigma cultural. Así entendemos, entre otras cosas, el nombre de “Universidad Nacional Pedro Henríquez Ureña” dado a su principal centro de enseñanza.

Muchos otros homenajes pueden indicarse, homenajes en los cuales compiten destacados compatriotas del maestro. Precisamente, es justo mencionar aquí, en primera fila, a Juan Jacobo de Lara, que, desde hace años, ha hecho de Pedro Henríquez Ureña el tema fundamental de su vida. A él le dedicó su tesis doctoral, sobre él publica un “Boletín” de estudios y, creo no equivocarme al afirmar que su dedicación culmina con la reciente serie de las Obras completas de Pedro Henríquez Ureña, en diez tomos, así como en la edición del muy importante Epistolario íntimo cambiado entre Pedro Henríquez Ureña y Alfonso Reyes, en tres tomos.

Las “Obras completas”

Las Obras completas de Pedro Henríquez Ureña, publicadas por la Universidad Nacional Pedro Henríquez Ureña de Santo Domingo, al cuidado de Juan Jacobo de Lara, en diez tomos (Santo Domingo, 1976-1980) constituye hasta hoy la única edición que aparece con dicho título. Un esquema general de la obra, con los datos principales, nos descubre asimismo el siguiente contenido seleccionado:

  • Tomo I (1899-1909) (Ed. de Santo Domingo, 1976). Incluye, entre otras obras, Poesías, El nacimiento de Dionisos, epistolario a Max Henríquez Ureña.
  • Tomo II (1909-1914) (Ed. de Santo Domingo, 1977). Incluye, entre otras obras Cuestiones métricas. El verso endecasílabo, Tablas cronológicas de la literatura española, Don Juan Ruiz de Alarcón, epistolario.
  • Tomo III (1914-1920) (Ed. de Santo Domingo, 1977). Incluye El nacimiento de Dionisos (sic), Antología de la versificación rítmica.
  • Tomo IV (1920) (Ed. de Santo Domingo, 1978). Incluye, entre otras obras, La versificación irregular en la poesía castellana.
  • Tomo V (1921-1925) (Ed. Santo Domingo, 1978). Incluye entre otras obras, las Observaciones sobre el español en América, Los cuentos de la Nana Lupe, La utopía de América, epistolario (a J. García Monge, a Alfonso Reyes).
  • Tomo VI (1926-1934) (Ed. Santo Domingo, 1979). Incluye, entre otras obras, Estudios y figuras, Apuntaciones sobre la novela en América, Observaciones sobre el español en América (II y III), Varia, epistolario.
  • Tomo VII (1935-1937) (Ed. Santo Domingo, 1979). Incluye, entre otras obras, La América española y su originalidad, La cultura y las letras coloniales en Santo Domingo, epistolario (a Emilio Rodríguez Demorizi).
  • Tomo VIII (1938-1940) (Ed. Santo Domingo, 1979). Incluye, entre otras obras, Ello, Barroco de América, epistolario (a Alfonso Reyes, a Emilio Rodríguez Demorizi).
  • Tomo IX (1940-1944) (Ed. Santo Domingo, 1980). Incluye, entre otras obras, El español en Santo Domingo, Literatura de América Central, epistolario (a Flérida de Nolasco, a Emilio Rodríguez Demorizi, a Alfonso Reyes).
  • Tomo X (1945-1946...) (Ed. Santo Domingo, 1980). Incluye, entre otras obras, Las corrientes literarias en la América Hispánica, la Historia de la cultura en la América Hispánica, epistolario (a Emilio Rodríguez Demorizi, a Pericles Franco Ornes).

En el primer tomo de las Obras, Juan Jacobo de Lara nos anticipa la disposición que tendrán los materiales reunidos: el orden cronológico (ya anticipado en los subtítulos de los tomos), con preferencia —dice— al orden en que aparecieron primitivamente. Con otras palabras: atendiendo a la publicación anticipada en revistas (cuando se da esa situación, y es corriente), antes que a la reunión de muchos de esos artículos en los libros.

Una particularidad digna de señalarse es la que se vincula al “Epistolario”. Apoyándose en el rico archivo donado por Pedro Henríquez Ureña a su amigo Emilio Rodríguez Demorizi,1 Lara dispone también, al final de cada tomo, una serie de cartas, en explicable paralelismo cronológico.

Cada tomo es precedido por un Prólogo, en el que Lara describe brevemente el material que incluye a continuación. Y cada obra publicada lleva en nota a pie de página la indicación bibliográfica correspondiente.2

Debemos agradecer a Juan Jacobo de Lara (conjuntamente con la Universidad Nacional de Santo Domingo) el esfuerzo realizado. Por primera vez, a casi cuarenta años de la muerte de Don Pedro, contamos ahora con una recopilación bastante “completa” de sus obras. (Ya conocemos el valor convencional que suele tener este título general).

En fin, para medir el mérito de estas “obras completas” hay que tener en cuenta la dispersión de los materiales en los distintos lugares en que nuestro autor vivió, así como lo extendido de su trayectoria. También, las dificultades que derivan de su carácter erudito o ensayístico, y el no fácil acceso a muchas de las publicaciones periódicas donde Pedro Henríquez Ureña publicó abundantes artículos no reunidos después en libros. Y no entro a considerar aquí problemas particulares que acompañan a algunas de las obras.

Reconociendo, en primer término, todos estos méritos, no creo que sea desmedro apuntar ciertas limitaciones que se observan en estas Obras completas. Así, noto la ausencia de determinados artículos que me parecen importantes. Por otra parte, advierto que Juan Jacobo de Lara no siempre ha tenido acceso a diversos textos originales de Pedro Henríquez Ureña, y se ha remitido a recopilaciones posteriores, no siempre recomendables. Sospecho que Lara ha podido manejar mejor los materiales importantes para una primera y extendida etapa) publicados en las regiones de las Antillas, México, los Estados Unidos, etc. Y, no tan fácilmente, los materiales que ubicamos en la segunda y extendida etapa que señalé. Es decir, la etapa de Buenos Aires que, como sabemos, nos da la plenitud del maestro. Con todo, debo declarar que no establezco aquí una separación de etapas absolutas. Y que, por el contrario, es justo decir que Lara ha utilizado un caudal de materiales impresionantes, y que con su reproducción ha rendido un alto homenaje al escritor dominicano.

Hay finalmente un aspecto que me interesa puntualizar, y no como rasgo positivo. Tiene que ver con la inserción de algunos estudios de Pedro Henríquez Ureña que, sobre todo a través de la edición de Emma Susana Speratti Piñero, se han publicado “actualizados” después, de la muerte de Don Pedro. Hace tiempo se señaló lo peligroso del procedimiento.3 De ahí nuestra sorpresa al notar que Lara copia dichos textos, que, aunque pocos, desmerecen el rigor del crítico. (Y esta es también una prueba —nueva prueba, como dije— de que Lara ha recurrido en ocasiones a textos dudosos, y no a los textos auténticos de Pedro Henríquez Ureña).

Hacia unas nuevas “Obras completas” de Pedro Henríquez Ureña

Después de lo dicho, y más allá de los reparos, no fundamentales, que he hecho a la edición de Juan Jacobo de Lara, creo que parece redundante insistir en los especiales méritos de su tarea.

Hecha esta salvedad —pero sobre la base de lo mucho que representa precisamente esta edición— me parece que puede entenderse mejor mi deseo de aspirar a unas nuevas “Obras completas” del maestro dominicano. Edición que no sólo corrija las limitaciones que señalo, sino que, al mismo tiempo, ofrezca una estructura diferente. Opino que ésta es también una manera de variar disposiciones, y no insistir machaconamente con un mismo esquema.

Al respecto, y sin considerar que se trata de un modelo ineludible, entiendo que en el seno de Pedro Henríquez Ureña podría hacerse un intento semejante al de la última y reciente edición caraqueña de las Obras completas de Andrés Bello, aún no terminada pero a punto de terminar.4 Con acopio notable de materiales, con distribución de los tomos por materias, y como labor de diversos especialistas, afines a las disciplinas o temas incluidos.

De este modo se evitarán —creo— las anomalías o defectos que vemos en distintas ediciones (selecciones) que se han publicado después de la muerte de Pedro Henríquez Ureña. Como, por ejemplo, el de elegir a Borges como autor del prólogo que lleva la Obra crítica editada en México, en 1960.5 O, sin salir de esta misma edición, el intento de “poner al día”, con el agregado de unas notas, estudios del maestro dominicano, con notas que, por lo común, revelan más audacia que cabal conocimiento.

En razón de las disciplinas que cultivó con preferencia Pedro Henríquez Ureña es indudable que algo ha envejecido, o ha sido superado o corregido. Nuestro hombre no es ni puede ser excepción a una especie de “ley” adscripta a tratados y ensayos. Pero esto, de más está decirlo, no constituye un desmedro para una obra nutrida que se mantiene en gran parte vigorosa. Mejor aún: que sirve a menudo como puntos de partida a los nuevos investigadores. Por eso —insisto— yo creo que en lugar de agregar tímidas notas referidas a trabajos posteriores, lo más indicado es elaborar nuevos estudios con las correcciones pertinentes. Esto es lo que el respeto a su obra merece, y lo que Pedro Henríquez Ureña hubiera aprobado...

Hay otro sector en el que quiero detenerme, dentro o fuera del título de Obras completas. Me refiero a los trabajos de “divulgación” y material didáctico, importante grupo de obras a las cuales no siempre se ha prestado la atención debida. Reconozco, sí, los altibajos, así como la necesidad, hoy, de establecer una compulsa rigurosa, con un sentido de selección que no siempre se ha seguido. Pienso, como ejemplo, en los tomos publicados en los últimos años por la Editorial Losada, de Buenos Aires.6 (Editorial —sabemos— a la que Pedro Henríquez Ureña perteneció desde sus orígenes y a la cual dedicó una intensa actividad en este rubro).

Vuelvo a retomar el hilo principal de estos párrafos. Es decir, a la posibilidad de unas nuevas Obras completas, con las características señaladas, donde se armonicen, en lo que cabe, disciplinas, formas genéricas y temas, por un lado, y orden cronológico, por otro. Es sobre esta base que propongo la división siguiente (demás está decir que los números indican partes y no tomos):

1) Obra lírica, obras dramáticas, cuentos

Se trata, casi siempre, de obras juveniles. El valor es desigual, pero no puede omitirse. Su lírica muestra asunto y acento modernista, en consonancia con la época en que nació. No impresiona por su altura y el propio autor no sintió mayor estimación por ella, ni insistió en el género.

Mayor ambición muestra su obra dramática El nacimiento de Dionisos, “ensayo de tragedia antigua”, publicada en 1916. Eso sí, tampoco aparece como obra recordable. Por su parte, los cuentos (casi todos, cuentos infantiles) publicados primero sin firma en El Mundo, de México (septiembre-noviembre de 1923), y reunidos después de su muerte con el título de Los cuentos de la Nana Lupe, en 1966, tienen algún mérito.7 Responden a un impulso que poco después se cortó. Sin duda, como se cortó tempranamente su obra lírica y su vocación teatral. En síntesis, una introducción no muy brillante, pero es, de todos modos, el obligado punto de partida de su obra.

2) Estudios filosóficos, estéticos y sociológicos

Estas disciplinas aparecen con fuerza en sus primeros ensayos. Sin que el estudio signifique necesariamente adhesión a las ideas que expone, desarrolla temas como el positivismo (de manera especial, la repercusión del positivismo en México, y, sobre todo, en Antonio Caso), Nietzsche, el pragmatismo, la filosofía de Henri Bergson.

De la misma manera, sus ensayos sociológicos ofrecen, por un lado, referencias a la teoría, y, por otro, sus repercusiones americanas. Como ocurre cuando subraya los méritos de sendos tratados debidos a las plumas de Eugenio María de Hostos y Enrique Lluria.

Sin pretender que las páginas filosóficas, de estética pura y sociológicas ocupan el lugar importante que concedemos a los temas literarios en general, admitimos su presencia visible dentro del cuerpo de sus primeros ensayos. Ensayos que posteriormente toman direcciones más definidas en relación a las líneas absorbentes que marcan literatura y lingüística (y aun otras manifestaciones “culturales”). Esto no significa, por supuesto, un silencio total: lo atestigua, entre otros, el estudio que dedica a un libro de Aníbal Sánchez Reulet.

Entre los diversos comentarios que este sector determina, reparo, por ejemplo, en el hecho de que Pedro Henríquez Ureña fue de los primeros, si no el primero, que, en el mundo hispánico destacó las excelencias del norteamericano-hispano Santayana.8 Y, en fin, que sin necesidad de establecer divisiones muy tajantes, filosofía, estética y sociología quedaron en él como respaldo firme de los panoramas culturales, obras orgánicas y ensayos que fue elaborando hasta el final de su vida.

3) Obras didácticas, antologías, prólogos

Entre este grupo hay que distinguir las obras escritas en colaboración (con Amado Alonso, Narciso Binayán, Jorge Luis Borges, Jorge Bogliano, etc.) y las obras que preparó solo. (Un ejemplo, juvenil y típico: sus Tablas cronológicas de la literatura española, 1a. ed., México, 1913; 2a., Boston-N.York, 1920; sobre el modelo de las tablas del manual de Gustave Lanson). En otra perspectiva, las diversas antologías y los prólogos (más las notas y demás materiales) que acompañan sus ediciones. Pienso, de manera especial, en la serie que dirigió hacia el final de su vida, y que no alcanzó a terminar, de las “Cien obras maestras de la literatura y del pensamiento universal”).

Aunque este sector (como otros) muestra tramos que han envejecido, es justo agregar de inmediato que tal signo no es general. Así, hay prólogos (para referirme a la parte más visible) que pueden leerse hoy con la misma utilidad que tuvieron cuando se publicaron. Y esta sensación es la que experimentamos ante algunas reediciones de los últimos años. (Insisto: algunas, no todas).

Al margen de la mayor o menor vitalidad de este grupo, me parece justo encomiar el espíritu que movió a Pedro Henríquez Ureña, casi desde sus primeras obras, para ofrendar a niveles populares la riqueza del acervo literario universal (y, dentro de él, con su inclinación hacia lo americano). Este esfuerzo debe apreciarse, de manera especial en nuestro país, donde el terreno suele escindirse tajantemente entre el erudito de obra ambiciosa, por un lado, y, por otro, la labor del divulgador más o menos preparado para su menester.

Comparativamente, y en relación a estas dos secciones nítidas, la tarea de Pedro Henríquez Ureña aparece aquí como el intento meritorio de llevar aportes de sus investigaciones y estudios de mayor nivel a un público no especializado, ávido de iniciaciones. Admito que hay ocasiones en que no se da esta relación (quiero decir que Pedro Henríquez Ureña no cumple con la doble cara que señalo). Así y todo, subrayo el valor ejemplar que tiene una gran parte de las obras que incluyo en este grupo, así como la noble intención que lo mueve.

4) Ensayos y artículos de crítica literaria

Esta parte constituye el núcleo más difundido y, al mismo tiempo, el punto básico en lo que toca al prestigio literario de nuestro hombre. Se trata de una producción muy nutrida, publicada primero en revistas y periódicos y con posterioridad reunida —casi siempre— en libros. Mejor dicho: determinados conjuntos de artículos alcanzaron la forma del libro. Con esto quiero señalar, en fin, que un apreciable caudal de ensayos debemos recogerlos aún en las publicaciones periódicas. Y, por descontado, muchos de ellos no son inferiores a los que, por diferentes motivos, leemos en sus libros.

Repito que se trata del principal apoyo del prestigio de Pedro Henríquez Ureña. Un ejemplo típico que sostiene lo que digo lo constituye su obra Seis ensayos en busca de nuestra expresión (Buenos Aires, 1928), sin ninguna duda la obra más famosa que lleva su nombre. Este libro comprende en realidad nueve ensayos, pero el título se aclara cuando conocemos que los “seis ensayos” son no sólo los primeros sino aquellos en que el maestro dominicano asienta su teoría de “americanismo literario”.

En otra perspectiva —y siguiendo las divisiones más corrientes en las revistas filológicas— sería igualmente exacto afirmar que este sector de la bibliografía de Pedro Henríquez Ureña abarca artículos, notas y reseñas. Con el agregado de que la simple distinción externa de “notas y reseñas” se ve muchas veces sobrepasada por el valor que impone su contenido.

5) Estudios sobre métrica

Desde temprano mostró Pedro Henríquez Ureña particular inclinación por el estudio de la métrica española. En atención a las dimensiones y ambición de la obra, suele destacarse, como punto culminante, su trabajo sobre La versificación irregular en la poesía castellana (cito por el título de la 1a. ed., Madrid, 1920). Este tema fue primero su tesis de doctorado en la Universidad de Minnesota, y, años después, mejorada, uno de los primeros volúmenes publicados por el Centro de Estudios Históricos de la Universidad de Madrid. La obra lleva un prólogo de Menéndez Pidal. Hacia el final de su vida preparaba Pedro Henríquez Ureña una nueva edición, con nuevo título y agregados, que salió finalmente después de su muerte.

Aceptando el lugar de privilegio que ocupa este libro en su bibliografía, no podemos olvidar otros estudios suyos sobre métrica. Como la Antología de la versificación rítmica (San José de Costa Rica), 1918), más modesta; como los varios trabajos dedicados al verso endecasílabo, al eneasílabo, etc. En lugar aparte hay que colocar sus comentarios vinculados a los intentos de adaptar la versificación clásica a la versificación moderna, así como sus cotejos entre el verso español y el verso de otras lenguas.

Pedro Henríquez Ureña encaró sus estudios sobre versificación procurando superar el criterio descriptivo o estadístico que caracterizaba a muchos trabajos de su tiempo. Recordemos, entre otras cosas, que Tomás Navarro no había publicado aún su Métrica española (Syracuse, 1956), y aun la subtitulada “Reseña histórica y descriptiva”... Por eso el nombre de Pedro Henríquez Ureña figura con cierta frecuencia en las bibliografías sobre métrica escritas en nuestro siglo. Con la ventaja que también supone el registro de los reiterados enlaces entre la métrica peninsular y la métrica hispanoamericana.

6) Estudios lingüísticos

Sin discusión, otra de las partes fundamentales en la bibliografía de Pedro Henríquez Ureña. Como ya indiqué, no se trata de una manifestación juvenil, y explicar el por qué no resulta difícil. Su presencia se advierte, con claridad, a partir del momento, en cierto modo como escindidor, que marca el año 1920. O, si preferimos, en la segunda y final etapa que representa, de manera casi total, el magisterio ríoplatense o argentino de Pedro Henríquez Ureña.

Como ocurre con las otras disciplinas que asociamos en su nombre —aquí con el refuerzo de su trascendencia— una variada gama de tributos lo identifica: libros, artículos, notas, reseñas... El primer título de relieve que aparece en su bibliografía especial es el que, simbólicamente, señala la dirección de esos trabajos. Me refiero a la primera parte de las Observaciones sobre el español en América (publicada en la Revista de Filología Española, de Madrid, en 1921). En efecto, el español de América fue el tema esencial de sus estudios, si bien y con mayor precisión, habría que decir que los trabajos más ambiciosos de Pedro Henríquez Ureña son los que se centran, explicablemente, en el español de Santo Domingo y en el español de México (predomimio que no borra el reconocimiento de sus vastos conocimientos generales).

A su vez, este predominio no oculta otros temas. Como los estudios particulares acerca de la historia de diversos indigenismos (como parte de un plan más vasto). O como el problema, que tanto lo preocupó, de los orígenes del español americano. Problema, por otra parte, con mucho de polémico, a partir, precisamente, de la negativa de Pedro Henríquez Ureña de aceptar la tesis del andalucismo.

7) Historia y obras “orgánicas”

Con este título abarco, sobre todo, una breve serie de libros que no nacieron como reunión de artículos o ensayos individuales que, en un momento dado y por motivos varios, toma la forma del libro.

Una obra como La cultura y las letras coloniales en Santo Domingo es, en realidad, ilustración o complemento a su estudio sobre La Lengua en Santo Domingo. Sería, así, elemento de enlace con los estudios lingüísticos o, en todo caso, de situación intermedia.

Con mayor propiedad, el casillero que propongo incluye, en especial, dos de las obras más difundidas de Pedro Henríquez Ureña. Y, no casualmente, dos obras que pertenecen a los últimos años del maestro dominicano. De más está decir que esas dos obras son las tituladas Literary Currents in Hispanic America (1a. ed., Cambridge, Mass., 1945; poco después traducida como Las corrientes literarias en la América Hispánica (1a. ed., México, 1949) y la Historia de la cultura en la América Hispánica (obra póstuma, México, 1947).

8) Estudios sobre música, artes plásticas. Miscelánea

Llama la atención las tempranas aficiones de Pedro Henríquez Ureña por la ópera y la música clásica. Tan temprana, que la recortamos casi en sus años de adolescencia, en Nueva York. Por eso, no nos asombra que este tema aparezca en sus primeros artículos y en sus primeros libros.

Después, se repliega y hasta da la sensación de borrarse, frente al predominio cada vez más creciente de los estudios literarios y lingüísticos. Sin embargo, y aún aceptando la falta de continuidad de esta disciplina entre las obras de Pedro Henríquez Ureña, es justo destacar, en un momento avanzado, un trabajo de la importancia como el que escribió sobre la Música popular de América (La Plata, 1930).

Si no a la altura de la música, no pasa inadvertida, dentro de la variedad de conocimientos de Pedro Henríquez Ureña, su dominio de las artes plásticas. Se refleja en multitud de lecturas que, a su vez, le permiten abundancia de relaciones. Particularmente en sus trabajos de crítica literaria. En lugar aparte, algunos ceñidos cuadros de épocas culturales. Y, en esta dirección, el más directo y amplio resumen que corresponde al título de Historia de la cultura en la América Hispánica, ya visto en el sitio que le corresponde.

9) Epistolario

La base principal del rico epistolario de Pedro Henríquez Ureña es la colección que éste entregó a su amigo y compatriota Emilio Rodríguez Demorizi, colección que ha permitido el conocimiento de un material realmente valioso.

En consonancia con el saber y las disciplinas cultivadas por Pedro Henríquez Ureña la mayor parte de los corresponsales guardan afinidad con sus mismas inclinaciones. Su cartas sirven muchas veces como anticipo o complemento de sus estudios. Lo que conviene subrayar, en este especial sector, es el mérito notable que concedemos a ese epistolario, con pocos equivalentes en las letras hispanoamericanas de nuestro siglo.

Además, una inteligente colaboración (y la labor de Juan Jacobo de Lara) ha permitido hace poco reunir el epistolario cambiado entre Pedro Henríquez Ureña y Alfonso Reyes. Ya de por sí, esto constituye un capítulo especial, puesto que aparte de confirmar una amistad de cuarenta años, reviste la categoría de excepcional.

Fuera de este testimonio, a cierta distancia de él, pueden mencionarse las cartas de Pedro Henríquez Ureña a diversos corresponsales: a su hermano Max, a Emilio Rodríguez Demorizi, a Félix Lizaso, a J. García Monge, a Rafael Alberto Arrieta, y tantos otros. En lugar restringido, pero no menos importante, registramos sus cartas a Menéndez y Pelayo, José Enrique Rodó, Menéndez Pidal...

En fin, no cabe duda de que el epistolario de Pedro Henríquez Ureña guarda no sólo estrecha relación con su obra impresa más conocida, sino que también ratifica las especiales virtudes (morales, intelectuales, etc.) de su autor.

Conclusión

A manera de párrafos finales, me complace reiterar que, de ninguna manera, el proyecto que ofrezco aquí pretende desmerecer el esfuerzo que representa la reciente edición de las Obras completas publicadas por la Universidad Nacional Pedro Henríquez Ureña, de Santo Domingo, cuidada por Juan Jacobo de Lara. Precisamente, lo que yo pretendo es aceptarla como una de las bases, y, sobre ella y otros materiales, ensayar una diferente estructura, con la posibilidad, también, de mayores ahondamientos. Asimismo, si aspiro, por ejemplo, a un trabajo en equipo, no por eso descarto un autor individual (eso sí, no fácil de lograr) que se acerque a los conocimientos que singularizan el mucho saber de Pedro Henríquez Ureña.

Mientras tanto —repito—, sin olvidarme de algunas meritorias antologías y ediciones parciales de Pedro Henríquez Ureña que se publicaron después de su muerte (y es un lapso apreciable...) concedemos a las Obras completas dominicanas el primer lugar en la serie de tributos que nuestro autor ha merecido.