Colección: INTERAMER
Número: 62
Año: 1997
Autor: Emilio Carilla
Título: Pedro Henríquez Ureña. Signo de América
EN BUSCA DE NUESTRA EXPRESIÓN
Dentro de la variedad genérica que caracteriza a la obra de Pedro Henríquez Ureña, no cabe ninguna duda de que la crítica en general, la obra didáctica y el ensayo, con límites no siempre precisos, constituyen las formas predominantes.
Asimismo, hay que admitir que el libro de Pedro Henríquez Ureña que ha tenido mayor difusión es el titulado Seis ensayos en busca de nuestra expresión, publicado en 1928. Con la particularidad de que no reviste un llamativo éxito editorial, por otra parte difícil de darse en las disciplinas cultivadas por nuestro autor, y, menos aún, por la sobria exposición que lo caracteriza. En todo caso, habría que hacer hincapié en los ensayos iniciales del libro que, conocidos en esta colección, bien pronto se desgajaron de él y llegaron a tener vida propia a través de antologías, estudios y citas reiteradas.
Con respecto a la composición de este libro, Pedro Henríquez Ureña nos ha dado en sus Palabras finales los datos imprescindibles. Sabemos, así, que fue Samuel Glusberg, director de la colección, el que propuso el título, y que el material escogido comprende, en realidad, nueve ensayos: conferencias o artículos ya publicados, pero que se reproducen a veces con variantes y modificaciones. Aparte, el enlace o unidad que los temas incluidos determinan.1
Conviene aclarar que la elección del número seis obedece exactamente a los primeros ensayos (tres con el título de Orientaciones, y tres con el título de Figuras) que son los que mejor responden a la búsqueda de nuestra expresión. Y, por otro lado, admitimos que Samuel Glusberg ha captado bien el complemento del título, porque éste constituye algo así como el leit motiv de los ensayos (aun sin necesidad de acudir a la condensación de las Palabras finales).
Es importante reparar en el año 1928, año de este libro fundamental en la bibliografía de Pedro Henríquez Ureña, y que, desde nuestra perspectiva, aparece como centro irradiador, hacia atrás y hacia adelante. Hacia atrás, por lo que recoge de una línea que comienza casi con sus primeros escritos. Y, hacia adelante, por el hecho de que las ideas que se exponen en los Seis ensayos permanecerán como gérmenes fecundos en importantes obras de Henríquez Ureña posteriores a 1928. Y aclaro que no me refiero exclusivamente a sus grandes síntesis (las Corrientes literarias..., la Historia de la cultura...), sino también a estudios más breves, pero no por eso menos significativos. Como los artículos titulados La América española y su originalidad y Barroco de América, o las palabras pronunciadas en la reunión del Pen Club, de 1937...
Todo esto resulta más conocido. Por eso, en la etapa previa, la búsqueda puede resultar no menos justificada, si tenemos en cuenta que allí se dan desde temprano algunas de las ideas que finalmente cuajarán en los Seis ensayos.
Volviendo a las Palabras finales es justo decir que en ellas Pedro Henríquez Ureña habla de los quince años que el tema ha persistido en su obra. Se ve que piensa, como fecha extrema, en la fecha de elaboración de su conferencia sobre Juan Ruiz de Alarcón, que nos da precisamente ese lapso. Sin embargo, no me parece descaminado rastrear, como he dicho, precedentes parciales más antiguos. Así, creo, tienen especial validez estos párrafos que desgajo de un ensayo sobre el Ariel de Rodó:
...justo es interrogar, con el ilustrado cubano Sanguily: ¿Cuáles son los ideales cuya conservación debemos principalmente atender? Somos españoles, pero antes americanos, y juntos con la herencia insustituible de la tradición gloriosa hemos de mantener la idea fundamental, no heredada, de nuestra constitución, la que alienta aún en nuestras más decaídas repúblicas: la concepción moderna de la democracia, base de las evoluciones del futuro.
La cualidades inherentes a nuestro genio personal no menos reales porque aún no se hayan fijado en un todo homogéneo no desaparecerán con la juiciosa y mesurada adaptación de nuestras sociedades a la forma del progreso, hoy momentáneamente teutónica... (Ariel. La obra de José Enrique Rodó. Artículo fechado el 31 de diciembre de 1904).2
Y muchos años después, en 1923, vemos su reacción cuando el crítico cubano Fernández de Castro no lo incluye3 entre los escritores propagandistas del americanismo. Sin duda, Pedro Henríquez Ureña pensaba ya en el libro que iba a condensar sus conceptos sobre el tema, o, sin libro, se consideraba con méritos más que suficientes como para figurar en la lista, por encima de los equívocos que parecían haber determinado algunos trabajos recientes suyos. Así, escribe a Félix Lizaso:
No me creo dice Henríquez Ureña uno de ellos; no creo haber hecho bastante para que se me recuerde en esos casos, y creo que Ud. me conoce lo suficiente para creer que no reclamo por vanidad; pero como veo, por ejemplo, el nombre de Caso, que en realidad es algo escéptico sobre americanismo, quiero apuntar esta sospecha que acaso sea infundada: ¿cree Fernández de Castro que no soy americanista porque soy hispanista?...4
Todos estos datos, y algún otro que puede agregarse, son válidos para mostrar una continuidad de pensamiento. Sin embargo, no está de más recordar que la mayor parte de los Seis ensayos fueron escritos (sin olvidar por ello sus precedentes) en los comienzos de su fecunda etapa argentina. Y que, asimismo, era una prestigiosa editorial argentina la que le abría las puertas para que expusiera su importante prédica. Ya Pedro Henríquez Ureña era conocido, quizás más que por los títulos publicados en el extranjero y que registraba su libro, por las colaboraciones en revistas y diarios argentinos (Valoraciones, Nosotros, La Nación...) Pero los Seis ensayos fueron realmente los que afirmaron el prestigio literario de Pedro Henríquez Ureña entre nosotros.
Cuando en 1928 Pedro Henríquez Ureña publica su libro el tema del americanismo literario (o, mejor, hispanoamericanismo literario) tenía ya una larga tradición. El propio Henríquez Ureña fijaba en la Alocución a la poesía de Andrés Bello el punto de partida del tópico, en consonancia con la nueva etapa político-cultural que se abría en aquellos años. Claro que pueden buscarse en la época colonial vagos precedentes, aunque es explicable que lo que realmente se encuentra no es tanto una defensa del americanismo como una reacción contra el desconocimiento o las tachas negativas que venían de Europa.
Así pues, resulta natural que el verdadero planteo teórico del americanismo literario nazca como una consecuencia de las revoluciones de comienzos del siglo XIX. Y es más natural aún que fueran los románticos los que desarrollaran este tema: derivación de la independencia política que buscaba los más sutiles y complejos hilos de la independencia intelectual. Al mismo tiempo, deseo de sentar bases para las obras que querían ser aplicación de aquellos principios.
En general, los abundantes planteos que encontramos en el siglo XIX no ofrecen mayor variedad. Lo que prevalece de manera casi total es un americanismo de tipo paisajista, costumbrista o histórico. Su reflejo en las manifestaciones literarias de la época es evidente. En cambio, el siglo XX, sin cortar del todo con los planteos típicos del siglo anterior, se caracteriza, con tanta o aún mayor abundancia, por la diversidad de los planteos. Diversidad que es, casi siempre, punto de partida o raíz social. Aparecen así el americanismo paisajista (a veces, con agregados), el indigenista, el del mestizaje cultural, el hispánico y el criollista.5 Pero no cabe dudas de que el que ofrece mayor novedad es el americanismo expresivo que identificamos con el nombre de Pedro Henríquez Ureña.
Como he dicho, la obra básica en que el maestro dominicano expone sus ideas sobre el tema es su libro de 1928: los Seis ensayos en busca de nuestra expresión. Ya conocemos la composición general del libro, que tiene, en realidad, nueve ensayos. Pero fácilmente advertimos que el título apunta a los seis primeros. Y, en una tarea de eliminación, esto ya como tarea del lector, que son los dos primeros ensayos (El descontento y la promesa, y Caminos de nuestra historia literaria) los que proponen en esencia su fórmula de americanismo. Como correspondencia, Pedro Henríquez Ureña reconoce primero las tesis defendidas por otros críticos (la paisajista, la indigenista, la criollista, la hispanista). En rigor, lo que pretende es avanzar algo más en este transitado camino. Todas esas fórmulas, dice, son válidas: o, con más exactitud, todos los temas se justifican en la medida que alcanzan, en momentos felices, la expresión vívida que perseguimos, ya que la verdadera originalidad depende menos de los temas que de su fondo espiritual. O, con sus palabras: El carácter original de los pueblos viene de su fondo espiritual, de su energía nativa, savia extraída de la tierra propia.
Entrando en el debatido problema entre lo propio y lo ajeno, Pedro Henríquez Ureña fustiga a los europeizantes que no tienen ojos sino para lo que viene de afuera, pero igualmente fustiga el orgullo aislador, el criollismo cerrado, el nacionalismo a todo trapo. Tenemos derecho agrega a tomar de Europa todo lo que nos plazca, siempre que esto no estorbe el aflorar de la energía nativa ni el ansia de perfección.
A través de lo expuesto, bien se ve que lo que propone Henríquez Ureña (y su enunciado no hace más que subrayarlo) es un americanismo expresivo. Y, con respecto al instrumento esencial del idioma, señala que no debe ser un elemento impersonal, sino la espuela que nos aguijonee en la búsqueda del acento propio. Así, escribió:
No hemos renunciado a escribir en español, y nuestro problema de la expresión original propia comienza ahí. Cada idioma es una cristalización de modos de pensar y de sentir, y cuando en él se escribe se baña con el color de su cristal. Nuestra expresión necesitará doble vigor para imponer su tonalidad sobre el rojo y el gualda.
La meta perseguida agrega no es fácil. Enemigos importantes aguardan en el camino: la falta de esfuerzo y la falta de disciplina, son los mayores. (No tanto, la exhuberancia y énfasis, defectos que han puntualizado tantos críticos extranjeros).
Estas páginas recordables se cierran con una doble visión; teñida una de un aparente pesimismo, y la otra de un realzador optimismo. Pesimismo, a través de lo que Don Pedro considera sello característico de la literatura hispanoamericana de esos días (diversión inteligente, pirotecnia del ingenio). Tinte borrado de inmediato, porque ni puede pensar en un ocaso, ni dejar de reconocer que hay otras fuerzas que pujan con vigor. Por eso también las palabras finales se levantan augurando para América, en un futuro cercano, el eje espiritual del mundo hispánico.6
Muchas de las páginas escritas por Pedro Henríquez Ureña después de los Seis ensayos son ratificación o amplificación de las ideas expuestas en el libro de 1928. Entre otras, la que procura corporizarse en la serie de los Clásicos de América, con el itinerario que marca el proyecto no realizado de la CIAP, el tímido comienzo de la editorial Losada y, finalmente, la concreción, que él no alcanzó a ver, de la Biblioteca Americana... En forma paralela, sus estudios sobre los Clásicos de América, a través de la breve serie de nombre que iba trazando.
En el caso de las Corrientes literarias..., el propio Don Pedro nos dice en su prólogo que las conferencias de Harvard se anunciaron con el título de En busca de nuestra expresión, claro enlace con su libro de 1928.7 Los años que median entre 1928 y 1940 son por supuesto, de ahondamiento en el problema, y hoy podemos afirmar que ya en 1928, y aun antes, alentaba en él la idea de obras como Las corrientes literarias y la Historia de la cultura, obras que llegaron finalmente, en momentos de sedimentada plenitud. La diferencia mayor se marca entre la comprimida brevedad del ensayo (teoría, bosquejo, ensayo propiamente dicho) y el trabajo orgánico, medular, abarcador, que, al cabo de los años, aparece como concreción y desarrollo de aquellas reflexiones certeras que dan el perfil recordable de los Seis ensayos, a su manera verdadero Clásico de América.