6 de Abril de 2025
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INTERAMER
Número: 67
Año: 1999
Autor: Eloísa Trellez Solís y Gustavo Wilches Chaux
Título: Educación para un futuro sostenible en América Latina y el Caribe

De lo universal a lo local y viceversa

Para bien o para mal el concepto de “aldea global” está adquiriendo inequívocas connotaciones cotidianas. La interconexión entre procesos sociales y naturales en un planeta cada vez más “pequeño” se hace crecientemente evidente. En términos ecológicos, fenómenos como el del Niño (o Fenómeno del Pacífico), y en general la creciente incapacidad de auto-organización de la biosfera (o mejor, la falta de coherencia entre el desarrollo de las comunidades humanas y la capacidad de auto-organización de la biosfera) nos recuerdan que nuestra propia calidad de vida está inevitablemente ligada a los procesos naturales de la Tierra, un principio del que en alguna manera nos hemos olvidado. Durante los últimos doscientos años hemos estado construyendo el desarrollo de espaldas a los ciclos del planeta.

En términos económicos y sociales, la globalización implica que tanto la calidad de vida al igual que las más elementales posibilidades de supervivencia para la mayor parte de los seres humanos estén condicionadas por los intereses de un número limitado de personas, que en el mejor de los casos no sobrepasan el 20 por ciento de la población mundial. Según el PNUD, la quinta parte de la población acumula el 87 por ciento de todos los ingresos en el planeta. Lo cual quiere decir que si la Tierra solamente tuviera cien habitantes, 87 de cada cien dólares se repartirían, de manera desigual, entre veinte personas, mientras los 13 dólares restantes se repartirían, también desigualmente, entre las ochenta personas restantes.

El impacto de las opiniones y de las decisiones de estas élites internacionales es sentido mundialmente en una forma particularmente intensa. El concepto de noosfera (“atmósfera de pensamiento” que envuelve a nuestro planeta y conecta a todos los seres humanos, saltando por encima de particularidades regionales) creado por Theilard de Chardin, se ha convertido en una realidad innegable en términos culturales. Mientras esta red de pensamiento global ofrece la fascinante y relativamente democrática posibilidad de acceder a una enorme cantidad de información a través de la infosfera, al mismo tiempo la globalización de la cultura, a través de los medios de comunicación masivos, incrementa el peligro del empobrecimiento de la diversidad cultural. Tal empobrecimiento equivale a la erosión genética de la biodiversidad de la cual depende nuestra propia existencia. Organizaciones como el World Resources Institute (WRI), la Unión Internacional para la conservación de la Naturaleza (UICN) y el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA) advierten que casi la mitad de los seis mil idiomas existentes en el mundo pueden desaparecer en los próximos cien años. Basta con ojear cualquiera de los libros ilustrados sobre etnias y culturas humanas que se publicaron durante la primera mitad del siglo XX para darse cuenta que hoy la mayor parte son culturas extinguidas, que sólo sobreviven en los museos o en las páginas impresas.

El peligro de la globalización también se extiende al tema de la seguridad alimentaria. En la actualidad menos de 20 especies suministran el 90 por ciento de la alimentación mundial (en un planeta que en los próximos setenta años —cuando nuestros hijos tengan nietos— llegará a diez mil millones de habitantes), y de ese porcentaje más de la mitad está representada por sólo tres especies: maíz, arroz y trigo. Así, el consumo se encuentra extremadamente concentrado, pese a que se conocen cerca de 80 mil especies potencialmente comestibles, y a que el ser humano ha utilizado unas tres mil como alimento a lo largo de su historia, de las cuales solamente ha cultivado unas 150 especies de manera sistemática.22 Además, continua disminuyéndose el número de especies actualmente cultivadas a larga escala.

Paradójicamente este auge de la globalización coincide con la creciente convicción de que un requisito indispensable de la sostenibilidad es el fortalecimiento de la capacidad de gestión de los niveles locales, tema al cual las declaraciones y documentos internacionales sobre desarrollo sostenible le otorgan capítulos especiales. A primera vista parece difícil reconciliar estos dos aparentemente contradictorios fenómenos: ¿Cómo extender mediante la educación la práctica del postulado ambientalista según el cual es necesario pensar globalmente y actuar localmente? ¿Hasta qué punto será posible conservar la diversidad en y entre los escenarios locales, su riqueza y particularidades ecológicas, étnicas y culturales? ¿Podremos evitar la erosión de la diversidad humana y el empobrecimiento de la variedad de la que depende la sostenibilidad de nuestra especie?

El biólogo inglés Richard Dawkins forjó el concepto de meme, como equivalente al de gene, pero en términos de pensamiento y cultura. Una idea determinada, contenida en un meme, es capaz de difundirse a toda una población humana a travéz del contacto. La educación en todas sus formas y los medios de comunicación (desde la red global hasta el chisme de barrio) constituyen canales privilegiados para la transmisión de los memes.

Reto para el futuro
  • Constituir la educación en su sentido más amplio como columna vertebral del desarrollo sostenible. Convertirla en el mecanismo para transmitir el valor de la diversidad y del conocimiento del concepto de sostenibilidad a todos los sectores, tanto a nivel nacional como internacional.