<<Biblioteca Digital del Portal<<INTERAMER<<Serie Educativa<<Educación para un futuro sostenible en América Latina y el Caribe
Colección: INTERAMER
Número: 67
Año: 1999
Autor: Eloísa Trellez Solís y Gustavo Wilches Chaux
Título: Educación para un futuro sostenible en América Latina y el Caribe
De lo universal a lo local y viceversa
Para bien o para mal el concepto de “aldea global” está adquiriendo
inequívocas connotaciones cotidianas. La interconexión entre procesos sociales
y naturales en un planeta cada vez más “pequeño” se hace crecientemente
evidente. En términos ecológicos, fenómenos como el del Niño (o Fenómeno del
Pacífico), y en general la creciente incapacidad de auto-organización de la
biosfera (o mejor, la falta de coherencia entre el desarrollo de las comunidades
humanas y la capacidad de auto-organización de la biosfera) nos recuerdan
que nuestra propia calidad de vida está inevitablemente ligada a los procesos
naturales de la Tierra, un principio del que en alguna manera nos hemos olvidado.
Durante los últimos doscientos años hemos estado construyendo el desarrollo
de espaldas a los ciclos del planeta.
En términos económicos y sociales, la globalización implica que tanto la
calidad de vida al igual que las más elementales posibilidades de supervivencia
para la mayor parte de los seres humanos estén condicionadas por los intereses
de un número limitado de personas, que en el mejor de los casos no sobrepasan
el 20 por ciento de la población mundial. Según el PNUD, la quinta parte de
la población acumula el 87 por ciento de todos los ingresos en el planeta.
Lo cual quiere decir que si la Tierra solamente tuviera cien habitantes, 87
de cada cien dólares se repartirían, de manera desigual, entre veinte personas,
mientras los 13 dólares restantes se repartirían, también desigualmente, entre
las ochenta personas restantes.
El impacto de las opiniones y de las decisiones de estas élites internacionales
es sentido mundialmente en una forma particularmente intensa. El concepto
de noosfera (“atmósfera de pensamiento” que envuelve a nuestro
planeta y conecta a todos los seres humanos, saltando por encima de particularidades
regionales) creado por Theilard de Chardin, se ha convertido en una realidad
innegable en términos culturales. Mientras esta red de pensamiento global
ofrece la fascinante y relativamente democrática posibilidad de acceder a
una enorme cantidad de información a través de la infosfera, al mismo tiempo
la globalización de la cultura, a través de los medios de comunicación masivos,
incrementa el peligro del empobrecimiento de la diversidad cultural. Tal empobrecimiento
equivale a la erosión genética de la biodiversidad de la cual depende nuestra
propia existencia. Organizaciones como el World Resources Institute (WRI),
la Unión Internacional para la conservación de la Naturaleza (UICN) y el Programa
de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA) advierten que casi la
mitad de los seis mil idiomas existentes en el mundo pueden desaparecer en
los próximos cien años. Basta con ojear cualquiera de los libros ilustrados
sobre etnias y culturas humanas que se publicaron durante la primera mitad
del siglo XX para darse cuenta que hoy la mayor parte son culturas extinguidas,
que sólo sobreviven en los museos o en las páginas impresas.
El peligro de la globalización también se extiende al tema de la seguridad
alimentaria. En la actualidad menos de 20 especies suministran el 90 por ciento
de la alimentación mundial (en un planeta que en los próximos setenta años
—cuando nuestros hijos tengan nietos— llegará a diez mil millones
de habitantes), y de ese porcentaje más de la mitad está representada por
sólo tres especies: maíz, arroz y trigo. Así, el consumo se encuentra extremadamente
concentrado, pese a que se conocen cerca de 80 mil especies potencialmente
comestibles, y a que el ser humano ha utilizado unas tres mil como alimento
a lo largo de su historia, de las cuales solamente ha cultivado unas 150 especies
de manera sistemática.22 Además, continua disminuyéndose el número
de especies actualmente cultivadas a larga escala.
Paradójicamente este auge de la globalización coincide con la creciente
convicción de que un requisito indispensable de la sostenibilidad es el fortalecimiento
de la capacidad de gestión de los niveles locales, tema al cual las declaraciones
y documentos internacionales sobre desarrollo sostenible le otorgan capítulos
especiales. A primera vista parece difícil reconciliar estos dos aparentemente
contradictorios fenómenos: ¿Cómo extender mediante la educación la práctica
del postulado ambientalista según el cual es necesario pensar globalmente
y actuar localmente? ¿Hasta qué punto será posible conservar la diversidad
en y entre los escenarios locales, su riqueza y particularidades ecológicas,
étnicas y culturales? ¿Podremos evitar la erosión de la diversidad humana
y el empobrecimiento de la variedad de la que depende la sostenibilidad de
nuestra especie?
El biólogo inglés Richard Dawkins forjó el concepto de meme, como
equivalente al de gene, pero en términos de pensamiento y cultura. Una idea
determinada, contenida en un meme, es capaz de difundirse a toda una población
humana a travéz del contacto. La educación en todas sus formas y los medios
de comunicación (desde la red global hasta el chisme de barrio) constituyen
canales privilegiados para la transmisión de los memes.
Reto para el futuro
- Constituir la educación en su sentido más amplio como columna vertebral del desarrollo sostenible. Convertirla en el mecanismo para transmitir el valor de la diversidad y del conocimiento del concepto de sostenibilidad a todos los sectores, tanto a nivel nacional como internacional.