<<Biblioteca Digital del Portal<<INTERAMER<<Serie Educativa<<Educación para un futuro sostenible en América Latina y el Caribe
Colección: INTERAMER
Número: 67
Año: 1999
Autor: Eloísa Trellez Solís y Gustavo Wilches Chaux
Título: Educación para un futuro sostenible en América Latina y el Caribe
Participación y acción
La participación fue el eje temático del Informe sobre el Desarrollo
Humano del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) en
1993. Este documento se centró en la existencia de los siguientes cinco
nuevos pilares para un orden mundial centrado en el pueblo :
1. Nuevos conceptos de seguridad humana que hagan hincapié en la
seguridad de la gente y no solo de las Naciones.
2. Nuevas estrategias de desarrollo humano sostenible que centren
el desarrollo en la gente y no a la gente en torno al desarrollo.
3. Nuevas relaciones entre el Estado y los mercados, a fin de combinar
la eficiencia del mercado con la solidaridad social.
4. Nuevas pautas de gobierno a niveles nacional y mundial.
5. Nuevas formas de cooperación internacional, a fin de centrar
la ayuda directamente en las necesidades de la gente, y no en las preferencias
de los gobiernos.24
Estas intenciones traen a la mente la declaración que se hizo un año antes
en la Cumbre de Río. El Principio 10 de la Declaración allí suscrita
afirma:
El mejor modo de tratar las cuestiones ambientales es mediante la participación de todos los ciudadanos interesados, en el nivel que corresponda. En el plano nacional, toda persona deberá tener acceso adecuado a la información sobre el medio ambiente de que dispongan las autoridades públicas, incluida la información sobe los materiales y las actividades que ofrecen peligro en sus comunidades, así como la oportunidad de participar en los procesos de adopción de decisiones. Los Estados deberán facilitar y fomentar la sensibilización y la participación del público poniendo la información a disposición de todos.
Los principios 20 y 21 del mismo documento incorporan la necesidad de participación
de la mujer y de los jóvenes en los procesos tendientes a construir el desarrollo
sostenible.
Parece haber consenso en el sentido de que todos debemos participar como
un requisito de la sostenibilidad. Más aún, si se observan las acciones propuestas
en la Agenda 21, la cual hace énfasis en una amplia y variada participación
en la toma de decisiones. Pero la pregunta es: ¿Cómo podemos participar?
Los hechos nos conducen de nuevo a preguntas: ¿A quiénes se convoca a participar?
¿Para qué, cómo, cuándo y a través de qué mecanismos?
Estudiando los hechos también encontramos que en muchas ocasiones se invita
a la población a participar (o a hacer acto de presencia) cuando ya no es posible
modificar las decisiones ni el curso de los procesos dentro de los cuales éstas
se adoptan. A veces se usa como pretexto la falta de educación y de información
para negar a las comunidades la posibilidad de participar en los procesos de
toma de decisiones. Sin embargo el conocimiento que posee la población de sus
propias realidades es precisamente lo que la capacita para participar en estos
procesos. El fortalecimiento de la educación de la comunidad se puede y se debe
dar durante el proceso participativo. Así mismo, y con mayor razón, quienes
hoy tienen en sus manos la responsabilidad de tomar las decisiones deben ser
conscientes de la necesidad de revisar los criterios con que planifican, ejecutan
y evalúan el desarrollo, y de prepararse para manejar, en la teoría y en la
práctica, los conceptos que sustentan el desarrollo sostenible.
Así, la participación para la acción y la educación ambiental hacia el desarrollo
sostenible son dos procesos que deben estar articulados. Para ello, se precisa
de una verdadera voluntad política que abra espacios participativos a los diversos
actores y sectores de la sociedad, y que conciba la democracia en su perfil
real, sustentada en procesos provenientes de la misma comunidad. Además, la
participación debe estar expresada explícitamente en mecanismos y vías concretas
que legitimen sus resultados en los procesos sin perder su autenticidad.
Como ejemplos de avances hacia una verdadera participación de las comunidades
en los procesos de toma de decisiones podemos recordar el trabajo preparatorio
y la Ley sobre Participación Popular, expedida por el gobierno boliviano
en 1994, y apoyada en el marco de una política general del Estado hacia el desarrollo
sostenible, que anteriormente ya había sido expresada a través de la creación
del Ministerio de Desarrollo Sostenible y Medio Ambiente en 1992;
así como también la formulación de una política sobre Promoción de la
participación de la sociedad civil en Colombia.25
Los conceptos de comunidad y de participación característicos de América
Latina y el Caribe provienen de la herencia cultural de la región, manifestada
en los escritos del Popol Vuh (o Libro Maya de la Comunidad), en
las tradicionales minkas andinas y en otros muchos ejemplos del pensamiento
comunitario indígena, donde el trabajo y la participación para el avance de
todos se constituyen en propósito y eje de la acción colectiva.
En Norte América, de forma similar, la práctica de democracia política y
cultura participativa tiene profundas raíces en la tradición indígena. Thomas
Jefferson, quien redactó la Declaración de Independencia de los Estados Unidos
y fue uno de los creadores de la Constitución del país, tomó de manera liberal
ideas de la Federación Iroquesa en su búsqueda de inspiración para un nuevo
sistema político. Tanto Jefferson como Benjamín Franklin, otro de los creadores
de la Constitución, estudiaron las prácticas políticas de la Federación y finalmente
incorporaron muchas de ellas en los documentos básicos para el gobierno de los
Estados Unidos tales como estipulaciones para denuncias, referéndum, destitución,
libertades personales, libertad de expresión y de religión, el principio de
igualdad, división del poder y gobierno popular.26 Aún más, el preámbulo
a la Constitución de las Naciones Unidas se debe la Gran Ley de Paz
(Great Law of Peace), la cual gobernó la Confederación Iroquesa en el siglo
XVIII.27
En la reorientación de la educación hacia la sostenibilidad en nuestro hemisferio
es importante entender que las poblaciones indígenas de las Américas mantuvieron
civilizaciones viables por miles de años guiándose en los principios de equidad
intergeneracional y balance ecológico. Los miembros de la Confederación Iroquesa
Norteamericana vivieron bajo el principio de responsabilidad para con las próximas
siete generaciones por la condición de las tierras y los recursos que estas
generaciones futuras heredarían.
Es interesante notar que estos principios no estuvieron enraizados en elaborados
sistemas educativos, tales como aquellos con los que contamos hoy. Por el contrario,
estos principios estuvieron profundamente originados en la cultura y, por lo
tanto, fueron observados y practicados por cada miembro de la sociedad desde
temprana edad. Desde padres hasta ancianos y hasta héroes legendarios, todos
miembros respetados de una comunidad, vivieron en armonía con estos principios,
los cuales fueron incorporados a la religión, decisiones políticas, producción
alimentaria, cosechas y sistemas de administración de tierras. Esta práctica
del pasado demuestra que la reorientación de la educación formal sin una transformación
general del contexto cultural no será suficiente para efectuar un cambio en
nuestra perspectiva del ambiente. No obstante, la reorientación de la educación
es un importante punto de partida.
Reto para el futuro
- Crear espacios reales y mecanismos de participación para todos los sectores de la comunidad partiendo de la base de realidades, costumbres y tradiciones locales; articular y respaldar estos procesos a través de un aproximación a la educación ambiental que fomente la participación hacia el logro del desarrollo sostenible.